Herodes, Damián González Bertolino

Damián González Bertolino
Herodes

Jorge Montiel es un millonario empresario argentino quien vive recluído en una finca en las afueras de Punta del Este. Vive tan sólo en compañía de Pía, su hija de diez años, lisiada de la cintura para abajo luego de un accidente en el que -se nos confirmará más adelante pero puede adivinarse desde el principio- perdiera la vida Mariana, su madre. Montiel no hace nada, aparentemente, y no tiene necesidad de hacer tampoco. Ha generado suficiente dinero y poder como para pasar varias vidas en la reflexiva inmovilidad en la que lo acompañaremos durante algo más de trescientas páginas. Porque la novela es ni más ni menos que eso: la construcción de Montiel, del alma de Montiel. Ladrillo por ladrillo, iremos descubriendo quién es Montiel, de donde viene, su relación con sus padres -comparte con su hija el haber perdido a su madre a temprana edad- su matrimonio anterior, su duelo constante que lo atormenta desde la muerte de Mariana, lo mucho que le dificulta generar vínculos con Pía o con cualquier otra persona, etc. Con una narrativa desordenadamente temporalmente -la mente de Montiel vaga para adelante y para atrás en el tiempo, despertada por activadores casuales de anécdotas- Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) se propone el difícil desafío de una novela que no es no sólo líneal, sino que no sigue las coordenadas tradicionales a la hora de contar una historia.

De hecho, no es exactamente eso lo que se propone. Por el contrario, no pasa nada en la novela que se adecúe a lo que tradicionalmente entendemos por “una historia”. Una vez presentada la situación de Montiel -ese rey tiránico que se sugiere desde el mismo título del libro- no hay realmente nada que cambie en su vida, o en sus relaciones. Incluso, al recorrer algunos tramos de su vida pre accidente -donde podríamos suponer todo cambió para mal y lo transformó en este ser introspectivo y meditabundo- encontramos que siempre fue así, que las raíces de su manera de ser corren más profundo -y desde hace más tiempo- de lo que uno quisiera creer.

¿Y quién es Jorge Montiel? Esa no es una pregunta fácil de responder y González Bertolino se propone que su novela esté a la altura de la respuesta. Así, cada descripción, cada accionar de Montiel, cada situación en la que se encuentre inmiscuido, será un exhaustivo viaje al interior del hombre, de sus sentires, de sus anhelos, de su personalidad. Las cosas más nimias -el viento en los eucaliptus del terreno, el crujido de los escalones de la escalera, extender un mantel en el césped- dispararán detalladas descripciones del ambiente y su interacción con el hombre. Por su parte, situaciones algo más importantes -la primera menstruación de la niña, un recorrido de Montiel niño acompañando a su padre en un juego de golf (una constante este deporte en la literatura de González Bertolino), la posibilidad de un intruso en la finca- se tornarán linderas al género de horror, disparando verdaderos climas agobiantes y opresivos.

Al igual que en la recientemente reseñada “Casa en ninguna parte” de Horacio Cavallo -con la que comparte algunos aspectos, entre ellos la marcada tendencia en la literatura uruguaya hacia la tragedia- González Bertolino se propone un giro dentro de su propia obra. Luego de la aclamada “El increíble Springer”, “El Fondo” o la policial “Los trabajos del amor” (que sigue siendo su mejor novela), ahora el autor fernandido apuesta por algo a las claras más difícil: una prosa grandilocuente (esto dicho sin ningún tono peyorativo) y detallada, una agobiante descripción de espacios, momentos y personajes (muy a la usanza del argentino Juan José Saer), una desafiante propuesta hacia el lector, a quién no le hace favores nunca sino que por el contrario le exige, pide que responda y esté a la altura. La construcción de un hombre. La construcción de Jorge Montiel. Una novela en la que no hay trama, en el concepto clásico que se entiende por trama. Lo que sí hay, fuera de cualquier duda, es un dominio extraordinario del lenguaje que hace de la lectura de esta novela toda una experiencia.

Primero oyó el golpe repetido sobre el vidrio hasta que los pequeños fragmentos se desperdigaron en el interior con un ruido preciso y breve. Luego sintió como le abrían los labios, forcejeaban entre sus dientes y entonces un líquido caliente pasaba por encima de su lengua y esta se despertaba lentamente, se arqueaba con torpezay empujaba el líquido a la garganta. En el recuerdo, la sensación de Montiel era que el líquido volvía a colocar en el mundo todo lo que tocaba. La garganta primero se contrajo y después expulsó aquello que la anegaba. El calor, o era algo que lo evocaba, se extendió por las comisuras de los labios y el medio del mentón. En la siguiente oportunidad, el líquido continuó su recorrido al interior de Montiel. Todavía en ese punto tuvo un principio de preocupación por Pía y Mariana, pero el sentimiento no llegaba a formarse. Montiel no sabía si él era la persona en particular que debía sobrellevar o desarrollar dicho sentimiento. Ni siquiera comprendía dónde debía hallarse su propio cuerpo. No podía abrir los ojos. Los párpados y las pestañas estaban pegados. Entonces dejaron de meterle el líquido y percibió durante un tiempo incalculable cómo un vago calor tomaba su rostro y el centro de su pecho. La impresión se iba y regresaba como si nunca hubiera alcanzado su inicio real.

Los trabajos del amor, Damián González Bertolino

González Bertolino
González Bertolino
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En su reseña de “Antichrista” de Amélie Nothomb, publicada en este mismo sitio web, Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) ha desarrollado una idea estética que ahora parece comprobarse con la publicación de “Los trabajos del amor”. La idea es la siguiente: que la calidad literaria, en algunos casos, se une indisociablemente a la cantidad. Los ejemplos del realismo abundan: las largas parrafadas descriptivas de autores como Stendhal o Tolstoi necesitan la extensión que tienen para alcanzar la calidad que buscan. Si la regla en la narrativa del siglo XX parece ser la economía narrativa, durante el siglo XIX se asoció la cantidad a la calidad del modo en que los asocia González Bertolino en el juicio susodicho.

De este modo, comprendemos que DGB haya necesitado casi 300 páginas (podemos considerarla una novela “larga” en relación a las producciones de sus congéneres) para desarrollar esta nueva (¿nueva?) historia. Si tenemos en cuenta que el resto de su obra, es decir, los dos relatos de “El increíble Springer”, “El fondo”, “Los alienados”, “Standard” o “A quién le cantan las sirenas”, está conformada por libros breves (ninguno supera las 200 páginas y varios de ellos tienen menos de 100), podemos asegurar que, en términos de “calidad/cantidad”, está es la obra cumbre de DGB.

El argumento es sencillo y dista bastante de ser un argumento policial (tampoco puede decirse que sea una novela negra), a pesar de estar publicado en la colección “Cosecha roja” (a lo que voy: los puristas del género reprocharían varias cosas de esta obra).

La cosa viene así: el Toto y Morales, dos delincuentes bastante torpes como para haber sobrevivido tanto tiempo en ese ámbito, han sido conminados por don Gallet, un mafioso de traje y corbata, adinerado y manipulador, cuyo apodo es “Cara con semen”, para realizar un trabajo en apariencia sencillo, pero que oculta toda una serie de tensiones de poder (resumidas en don Gallet y sus satélites vs. Gurisito Macho y sus secuaces) que hará de nuestros dos protagonistas algo menos que marionetas cuya tragedia consiste en no poder verse los hilos, o verlos demasiado tarde. El trabajo consiste en llevar el cadáver del presunto amante de don Gallet desde el motel donde murió de forma misteriosa hasta su propio apartamento antes de que su mujer llegue de un viaje al exterior. El toto y Morales tienen toda la madrugada para realizar el trabajo, pero constantemente se verán en pugna el deber y el placer, la obligación y el sentimiento de libertad, y esa pugna los llevará a un final nefasto.

El barroco perfuma y ambienta toda la novela: el epígrafe de “Historia de la vida del buscón” de Quevedo ( bien pensada, “Los trabajos del amor” tiene algo de novela picaresca); la dupla de personajes en busca de aventuras, al mejor estilo cervantino (incluso las ropas “finas” que don Gallet obliga a vestir a Morales y el Toto nos hace acordar a las armaduras improvisadas de Don Quijote y Sancho, así como todo el juego contrastante de apariencia y realidad que esas vestimentas conllevan); el título que hace referencia a olvidadas comedias shakespeareanas (“Trabajos de amor perdidos” y “Trabajos de amor ganados”); la sangre del Toto que Morales no puede quitarse de las manos en cierto pasaje de la novela, notoriamente asociado a la culpa ladymacbethiana… y podríamos seguir…

Y es que el propio escenario maldonadense es barroco: Punta del Este y su condición de riqueza desmesurada y ostentativa, frente a Cerro Pelado, o al propio barrio Kennedy (barrio del autor), donde la necesidad arremete constantemente las puertas de todos los vecinos.

Cabe, además, en esta reseña, detenerse a pensar el proyecto narrativo de DGB, pues se trata de un caso tremendamente curioso: si bien el propio autor ha declarado públicamente que su proyecto se asocia al realismo, en su obra vemos constantemente acercamientos a los sueños o a las percepciones constructoras de un mundo puramente subjetivo, extraño, a veces fantástico, al modo de Felisberto Hernández (o al modo del surrealismo italiano, pues en varios momentos parecemos estar frente a la pantalla grande y es como si se estuviera proyectando “Roma” o “La strada” de Fellini), que nos hacen al menos poner en tela de juicio el paradigma realista en el que supuestamente se inscribe el escritor puntaesteño. Pero además de los sueños y de las percepciones distorsionadas de los personajes, en “Los trabajos del amor” DGB lleva al paroxismo un experimento discursivo que había comenzado, tímidamente, con ciertas parrafadas en cursiva en “Threesomes”. En la presente novela, se logra con sumo acierto el discurso monológico cuasi “interior” en el capítulo XII 1/8, subtítulos paródicos a la novela de caballería o a la barroca en el capítulo IX, el “Epílogo” desmesurado de risas y portador de un escenario ominoso, la imposibilidad de decidir si el capítulo XV (tal es la “vacilación” todoroviana en la que nos vemos al leerlo) forma parte de los “hechos” o de los “sueños”…

Resumiendo, quien lea “Los trabajos del amor” se encontrará frente a la novela más lograda, madura y poderosa de Damián González Bertolino. 

Se produjo un ánimo general de vigilancia. Don Gallet, el hombrecito y también los otros dos ayudantes miraban hacia la abertura del camión conteniendo la respiración. Morales vio cómo algo cobrizo vibraba en la penumbra y en seguida una mancha alargada en el mismo tono unió ese espacio con el interior del círculo. Tanto el hombrecito como los ayudantes habían dado un respingo, pero don Gallet siguió el desarrollo de la situación con ambas manos apoyadas en la cadera y una aparente autosuficiencia que parecía renovarse. Don Gallet se hacía más grande… El hombrecito, por su parte, había caminado hasta la cabina y se había puesto al volante. Hizo una seña rápida y los muchachos se separaron de don Gallet con diligencia. Cada uno de ellos se paró frente a una hoja del círculo. Cuando el camión avanzó un metro los muchachos empujaron las hojas con rapidez, pero no había ningún temor visible en ellos. En el centro exacto del círculo, Morales distinguió la nitidez pacífica de un león que se afirmaba en sus patas y elevaba también él su cabeza hacia lo alto del firmamento, apenas como si estuviera respondiendo a un llamado.

Calificación: excelente.

Estuario Editora, Montevideo, 2015.

ISBN: 978-9974-720-14-5

El fondo, Damián González Bertolino

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González Bertolino
González Bertolino

Si admitimos que todo texto literario se inscribe en una tradición, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo ubicar a “El fondo” en determinada tradición literaria uruguaya? Cabe tener en cuenta las propias declaraciones que hace el autor: al ser interrogado por autores que lo influenciaron en su labor literaria, González hace hincapié fundamentalmente en dos nombres: Felisberto Hernández y Juan José Morosoli. Aunque en la dupla parezca presentarse una dicotomía insalvable, el intento de conciliar estas dos estéticas se logra de una manera decorosa en la obra de González Bertolino.

Teniendo en cuenta que Hernández escribe cuentos de registro más bien urbano, y Morosoli decididamente de campo (salvo en contados casos, como en el relato “El disfraz”), podemos plantear que la narrativa de González Bertolino se desarrolla en un escenario intermedio: un pueblo a caballo entre el campo y la ciudad, notoriamente influido por el lugar de nacimiento del autor: el barrio Kennedy de Punta del Este, y que sería como un primer “justo medio” a tener en cuenta a la hora de conjugar estos dos autores uruguayos.

Por otro lado, el predominio de personajes infanto-adolescentes (presentes tanto en “El increíble Springer”, en “El fondo”, o en el cuento “Los Alienados”) también es moneda corriente en los autores mentados, sirviendo como ejemplo el maravilloso “Por los tiempos de Clemente Colling” o “La pelota” de Hernández, y “Perico” o “El cumpleaños” de Morosoli.

Además se vuelve insoslayable la ligazón de la literatura de González Bertolino con la narrativa de Giselda Zani. En su excelente cuento “Luz de limbo”, de 1956, Zani narra el proceso de fundación de un pueblo que, debido a las referencias dadas, bien puede ser Manantiales o José Ignacio, en el departamento de Maldonado. Teniendo en cuenta que “El Increíble Springer” está ambientado más o menos en la misma fecha, aludiendo a la transición de pueblo a ciudad de Punta del Este, y que ambos cuentos desarrollan una especie de vertiente fantástica, la vinculación se vuelve exigida.

Y hablando de filiaciones, las de Bertolino también apuntan a la literatura universal: el suceso y las descripciones de la ballena anclan en la historia de Jonás, en Pinocho o en Moby Dick; mientras que la enana parece salida de “El cerebro musical” de César Aira. También el modo de narrar del autor se asemeja al de Aira.

Por otra parte, no debemos evitar la mención de una característica, más bien de una inclinación, en que ha ido deviniendo la literatura de Bertolino. El autor ha dado un paso de la literatura fantástica, o al menos extraña, para ubicarse en una suerte de realismo introspectivo. Nótese que el hecho plenamente fantástico de “El increíble Springer” (el crecimiento desmesurado, de un momento al otro, del cuerpo de un personaje) en “El Fondo” se divide en pequeñas anécdotas increíbles que no exceden el plano intra-ficticio (ficciones, relatos del padre, dentro de la ficción misma que es la novela), de modo que a pesar de la ballena, la extraña tribu y los rusos, el realismo de “El fondo” permanece inmaculado. Podemos hacer una salvedad si tenemos en cuenta la extrañeza, la fantasía quizá, de establecer el hecho de la ingesta de veneno de ratas como causa de la enfermedad de la enana.

La narración de la historia se desarrolla de forma impecable (utiliza una delicada primera persona del plural que, si bien podría entenderse como simplificadora de la diversidad entre los niños, es un acierto que estos conformen un “personaje en bloque”, según la terminología de Forster), con pericia estilística, logrando la redondez necesaria para cerrar el libro, suspirar, tal vez un poco entristecidos, y decirnos que sí, que todo cerraba nomás.

–Coman –dijo papá de repente–. No se olviden de comer… Y nosotros hicimos caso. Hasta ese momento de nuestras vidas nunca se nos había ocurrido que aquella cantidad de comida existiera toda junta. Comimos hasta que no pudimos más. Luego de un rato, ya teníamos toda la ropa sucia de la comida y los refrescos que se nos habían volcado. Mamá continuaba bailando como una loca. Subía y bajaba los brazos, hacía con la cola para atrás y para adelante. Y la tía bailaba con ella y hacía lo mismo. Parecían dos novios bailando juntos. Más tarde se acercó a la mesa y nos miró de arriba abajo. Era esa mirada fulminante que nosotros ya conocíamos y que nos decía que nos aguantáramos hasta llegar a casa. La tregua nos daba un alivio; pero para papá era distinto, y ahí nomás discutieron un par de minutos. Antes de volver a bailar con la tía, mamá le preguntó si todavía tenía la llave. Papá le decía que sí, que la tenía, y se la mostró. Cuando mamá se entreveró con el resto de la gente, él se puso a comer. A cada rato levantaba la vista y nos recordaba que había que aprovechar esa comida.
–¿Ustedes qué saben cuándo van a volver a comer estas cosas en su vida?… Saquen hambre de cualquier lado y aprovechen… No sé qué más decirles… Hagan de cuenta que son un perro flaco que anda en la calle y encuentra una carnicería abierta y sin gente…

Calificación: muy bueno.
Editorial: Estuario, Montevideo, 2013.
ISBN: 978-9974-699-44-I

 

A quién le cantan las sirenas, Damián González Bertolino

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González Bertolino
González Bertolino

Entre lo que se puede distinguir como nueva joven narrativa uruguaya (si bien demarcar sus límites es por demás complejo), hay ciertas voces, a esta altura, más que atendibles. Y ya no son ni tan jóvenes ni tan nuevas.  Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) es una de esas voces. Y lo es por muchos aspectos. Entre ellos puede destacarse su versatilidad: si tuviéramos en cuenta la clasificación tripartita de Gabriel Lagos, en la narrativa de González Bertolino hay elementos de los tres subgrupos: las referencias al jazz, al fútbol, a la literatura y a ciertas calles y barrios maldonadenses lo emparentan con la cultura pop literaria; a la vez, su libro “El increíble Springer” (sobre todo el cuento homónimo) supo demostrar un interés por la parte “seria” o “formal” a la hora de estructurar un cuento. Y, aunque más heredada de Felisberto Hernández que de Mario Levrero, está muy presente la parte “intimista”; esto en un doble sentido: 1) predominio de narradores en primera persona; 2) introspección e investigación en la profundidad del alma humana, desde lo cotidiano hacia lo universal. El grupo sintáctico nominal, casi oximorónico, “pequeños milagros” (que aparece en uno de los textos del libro en cuestión) da cuenta de ese camino inductivo del que hablo en el segundo punto.

En el volumen que nos convoca se recopilan textos narrativos (tanto impresiones cuasi fotográficas del verano como reflexiones de voyeur) escritos en blogs o libretas personales del autor, entre 2008 y 2012.

Entre sus líneas nos internamos en el mundo de preferencias y costumbres del autor: qué es lo que lee, con quiénes disfruta pasar el día o ir a la playa, cómo ve y describe su entorno y, por consiguiente, el mundo.

En el texto homónimo, “¿A quién le cantan las sirenas?”, nacido de la conjunción de una pregunta de Eliot y un título de Highsmith, González Bertolino vuelve a introducir un escenario recurrente en sus escritos: el campo de golf que se ubica entre el barrio-asentamiento Kennedy y el lujurioso y excesivo Beverly Hills. Este contraste socio-cultural y económico, si bien origina más simbiosis que enfrentamiento, se hace notar si comparamos dos personajes: las sirenas y los caddies. Las sirenas son las mujeres de la piscina, esposas de los jugadores, que habitan una gran casa cercana al fairway del hoyo 5: tal vez sean turistas, indescifrables, de mirada perdida y voz alejada, cuyo mundo siempre es ajeno pero cuyo canto puede ser fatal. Los caddies son los transpirados, los que alcanzan los palos de golf a los pudientes jugadores, los que desearían poder sucumbir, inútilmente, ante el canto de las sirenas. En el cuento “Threesomes” se repite ese binomio contradictorio, encarnado en Morán y la señora Etchegoyen. Luego se pasa del plano del juego de golf, al plano donde el narrador, como otras tantas veces en el libro, se encuentra en la playa mirando a los demás, trazando sus descripciones fenomenológicas, explicando una nueva idea sobre los cuerpos en verano y las sirenas desde otra perspectiva.

En “Todos los pequeños milagros”, el autor constata, comparando el arribo accidental de un lobito de mar con el film “Ordet”, de Dreyer, que hay pequeñas cosas que uno debe saber apreciar y reconocer como pequeños milagros.

En los otros textos, aparecen más “personajes/personas” que integraban o integran la vida cotidiana del escritor: su padre, sus amigos, Franco, Victoria, Matilde.

En suma, el primer libro de narraciones autobiográficas de González Bertolino, que, a pesar de la brevedad que exige el sello editorial, deja un considerable número de breves relatos (8) para disfrutar leyendo bajo el sol playero del verano, levantar la vista y empezar a ver lo que nos rodea con nuevos ojos.

Íbamos esta tarde en la bicicleta con Matilde por el viejo camino de la perrera. Cruzábamos los campos aledaños al arroyo Maldonado en los que ella podía ver a sus adorados caballos desde el cuadro de la bicicleta. El recorrido era largo e incluía pasar luego por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. Del lado donde se hallan los restos de la goleta Muriel, aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. Matilde se quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca y eso me hizo perder un poco la noción de las proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante agregó:-       ¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto? (“Memoria”, 2009)

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Trópico Sur (colección Minilibros 50), Maldonado, 2013.
ISBN: 978-9974-8357-3-3