Maggi, Miguel Ángel Campodónico

Campodónico
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La biografía del reciente fallecido Carlos Maggi (uno de nuestros grandes dramaturgos, además de intelectual, historiador, ensayista, autor de canciones, abogado, periodista y varias cosas más), escrita por Miguel Ángel Campodónico, posee un estilo llano, de lectura ágil y divertida, debido al conjunto de anécdotas pintorescas que recopila el libro, no solo referidas al personaje principal sino también a las demás figuras que lo rodearon durante su larga y ajetreada vida (ganan el podio María Inés Silva Vila y Maneco Flores Mora). Pero quizá uno de los puntos inacabados, flojos, del libro sea justamente ese: termina por ser una mera recopilación de escenas de vida más o menos divertidas, más o menos sorprendentes, pero sin la búsqueda por parte de Campodónico de un desciframiento un poco más subjetivo, más comprometido, una postura, una hipótesis arriesgada: algo más, algo distinto a lo que hace: elevar durante todo el libro la figura de Maggi como si de un héroe se tratara. No solo considerarlo un héroe hace del libro una obra proselitista, panfletaria, sino también elevarlo a costas de subyugar a todos sus compañeros de generación. Al parecer, Maggi fue un “polifuncional del 45” y por ende un “rara avis”, mientras que entre los demás es imposible encontrar “a alguien que haya andado por tantos caminos distintos”. Pero al parecer, la superioridad de Maggi con respecto a los demás integrantes de la generación viene por el lado cuantitativo: fue quien hizo más “cosas” (sin importar demasiado si entre esas cosas se cuenta pescar, bailar, jugar al billar o formar una familia) y quien las hizo con más “éxito” (sí, al parecer ahora a los intelectuales se los debe medir con la vara empresarial). Con ese criterio, es válido sostener que el mejor de la generación fue Emir Rodríguez Monegal porque leía “un libro por día”, cosa que ni Maggi ni ningún otro hacía, confesión que el propio Maggi hace en su libro “La reforma inevitable”.

Y es curioso, porque en otro lado del libro Campodónico tuvo la clave para comprender y definir certeramente a la generación del 45; tuvo la clave para emparentar a Maggi con sus compañeros, no para distanciarlo buscando, como busca, convertirlo en un superhombre en medio de mediocres: la clave en la que Campodónico no hizo suficiente hincapié es la inscripción que le pusieron a la imprenta que funcionaba en la casa de José Pedro Díaz y con la cual crearon editoriales prácticamente de la nada: “ostinato rigore”. Si algo caracterizó a la generación crítica fue la exigencia, la búsqueda de la perfección, la idea de que el intelectual debe cambiar la realidad de su país y su región no solo mediante sus ideas o textos sino también mediante los innumerables emprendimientos culturales que todos ellos realizaron, no solamente Maggi.

Y, entonces sí: si medimos a los intelectuales por la calidad y el alcance de su pensamiento y de su obra, es indudable que Maggi no descolla frente a un concepto tan profundo y que haya influenciado tantos pensamientos venideros como el concepto de “ciudad letrada” de Ángel Rama, o como las mejores reflexiones de los eruditísimos libros de Carlos Real de Azúa.

Y ojo, que no se entienda mal: no me interesa la discusión de si Maggi era “peor” o “mejor” que Real de Azúa o que Rama (estaría cayendo en el mismo error que Campodónico, pero en sentido inverso): solo estoy esclareciendo qué tan inocuo y perjudicial es separar a un intelectual de su entorno histórico y vital, de sus condiciones de posibilidad, para ubicarlo por encima de las mismas.

Pero continuemos: estábamos en el hecho de que, básicamente, el libro de Campodónico es una colección de fragmentos de vida con muy pocas intervenciones críticas o intelectuales. Y cuando estas aparecen suelen fallar. Un ejemplo es cuando se cuenta que Maggi, al culminar de escribir una obra de teatro, se la envía a Ramón Gómez de la Serna para que el escritor español le propinara su juicio. Como la respuesta fue demasiado ambigua (“el autor logró lo que buscaba”, parece que respondió de la Serna), Maggi, “dominado por la rabia”, le puso a su perro “Ramón” de nombre. Pero dos párrafos más adelante se dice que “Maggi siempre quiso muchísimo a los perros […] se sentía muy a gusto con ellos”. ¿No hay una contradicción bastante clara? Podría haberle puesto “Ramón” a algo que realmente odiara, no a los animales que le gustaron tanto y lo acompañaron toda su vida. Otro error del autor, esta vez por una incomprensión de una ironía que utiliza Maggi, es cuando se dice que Maggi rechazaba la figura de Rodó entendida como “la manera oficial de ser culto”, y sin embargo admiraba a Vaz Ferreira, se entiende que porque su figura representa lo contrario. Campodónico en seguida agrega, a título personal (pues dice “anoto”) que la de Vaz Ferreira sería “la manera más oficial de ser filósofo”. Evidentemente, no entendió que “oficial”, en este caso, no era algo bueno.

Ejemplos de biografías con la necesaria cuota de objetividad, sentido crítico, distanciamiento considerable con respecto a la figura biografizada son “César Vallejo” de Juan Larrea y, en el ámbito nacional, el indispensable “La mejor de las fieras humanas” de Aldo Mazzucchelli, sobre Julio Herrera y Reissig. En ellas, y en tantas otras, podría haber encontrado Campodónico la sustancia que evidentemente le falta a “Maggi”. También es cierto que el libro fue escrito en menos de medio año porque, por alguna extraña razón, tenía que salir el mismo año del fallecimiento de Maggi. Cosa que, por otro lado, impidió la consulta más extensiva de fuentes que le permitieran al autor contextualizar mejor (hay una carencia constante de fechas, datos rigurosos, documentos, etc.) y lograr, sin duda, un resultado más acabado y que diera cuenta, sin zalamerías, de la importante figura del autor en cuestión. Cabe resaltar, por último, el casi invisible trabajo de edición y corrección de estilo que termina por permitir comas en lugar de puntos, o de punto y coma, ausencia de comillas en una cita (p.216) e incluso enunciados que realmente dificultan la comprensión de lo que se quiere comunicar, como en el primer párrafo de la página 156, donde el propio autor del libro se entrevera con los nombres del director de una película que aparentemente estuvo en discusión.

Cito, para culminar, uno de esos fragmentos en que se afirma tajantemente ciertos puntos a los que les faltaría más seriedad y documentación. Hablando de las reuniones del Café Metro, Campodónico escribe:

En esas reuniones se hablaba solamente de literatura; era el único tema que los ocupaba todos los días, nadie sabía, ni les importaba, por ejemplo, cuál era la preferencia política de cada uno. La política nunca estaba en el orden del día. Solamente literatura, y siempre literatura. Después, pasado el tiempo, llegarían a conocer las predilecciones partidarias de algunos de ellos, aunque esto continuó sin importarles.

Calificación: regular.

Editorial: Montevideo: Fin de Siglo, 2015.

ISBN: 978-9974-49-817-4