Rebeldes, soñadores y fugitivos, Osvaldo Soriano

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Soriano
Soriano
Esta es una recopilación de textos sin un género preciso: hay cuentos, hay reportajes que giran en torno a la figura de una personalidad (ya sea política, literaria o deportiva), hay crónicas e investigaciones y hasta semblanzas y apuntes costumbristas. Incluso sostener que en estas páginas coexisten la ficción y la no ficción es un problema, porque los cuentos que ocupan el principio del libro están asimismo teñidos por circunstancias de la experiencia vital de su autor, tal como lo asume el propio Soriano en los prefacios que acompañan a cada texto. Por lo tanto, podría pensarse que aquí el género es Soriano mismo, ya que se aprecia en cada ejemplo una dicción particular o un tono plenamente reconocible, un tono que más que de Soriano es del “Gordo” Soriano, o sea: una capacidad empática como pocos autores generaron por estas latitudes.
Los cuentos (salvo por la intercalación de una crónica periodística: “La leyenda de la rusa María”) son la apertura de este libro, y principalmente aquellos que tienen, al menos en su superficie, al fútbol como tema. Se sabe que en su juventud Osvaldo Soriano fue un centrodelantero, un nueve grande de área, como los que parecería que hoy fueran relegados. Las anécdotas grotescas y de un realismo delirado de las que parten los relatos “El Míster Peregrino Fernández” o “Gallardo Pérez, referí”, son intercambiables por varios de tantos sucesos que el Soriano jugador protagonizó. (Muchos de ellos muestran una época ya romántica de un fútbol salvaje, una era previa al influjo de las multinacionales y las teconologías, de la que todavía podría haber algún resabio hoy día en el interior tanto de Argentina como de Uruguay.) De todos ellos, quizás el más elaborado y hasta entrañable, el que trasciende más una anécdota de juego que ya de por sí es muy buena, es “El penal más largo del mundo”.
Luego vendría, a golpe de vista, la sección de los grandes personajes, semblanzas de artistas cuya influencia es inocultable para el escritor: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Carlos Gardel, Stanley Laurel, Oliver Hardy, Erskine Caldwell… En algunos casos, como en los textos dedicados a Gardel, Cortázar o Borges (así como un poco atrás en uno que se ocupaba de Diego Maradona), Soriano realiza retratos sentidos, pero a la vez poco alejados de un aire condescendiente, que a su vez refracta algún que otro lugar común del ‘ser argentino’. (Antes, sin embargo, está la vertiginosa investigación sobre la historia de la Coca-Cola, un texto tan bueno que hace que uno se quede pensando qué habría hecho con dicha materia un escritor como David Foster Wallace, a la luz de lo que había realizado a partir de McDonald’s en “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”.) El libro levanta sobre el final con la serie de textos vinculados con los procesos revolucionarios y con los dictatoriales en América Latina, como “Nicaragua, la revolución más vigilada del mundo” y, principalmente, de un modo conmovedor y en el que se revela la agudeza visual de Soriano, en las descripciones del Buenos Aires de la dictadura que hay tanto en “Buenos Aires después del largo insomnio” como en “Recuerdos de los años de plomo”.
Al final de “Rebeldes, soñadores y fugitivos”, con las últimas páginas dedicadas a la política y en las que el presidente Alfonsín pasa a ser el centro, comienza a formarse como una cierta nube de desencanto en las reflexiones de Soriano. La reapertura democrática no es suficiente; y aun cuando resta hacer justicia con los crímenes de la dictadura, la Argentina que se ve en el horizonte es menos auspiciosa. Un atisbo de tono profético parece advertir la llegada de un problema de difícil resolución, tanto como la controvertida o fatal estabilidad del gobierno de Menem en la que Soriano vio irse sus últimos días de vida.

Esa misma noche, un Renault 12 toma la avenida Corrientes a contramano: tres muchachos bajan del auto, empujan a cuatro paseantes contra la vitrina de un negocio y enseguida, de casi todos los bares, salen otros hombres armados para participar del operativo. Todo es muy lento: uno de los tipos del Renault cruza la calle, entra en el bar donde estamos nosotros y va hacia el mostrador rascándose la nariz con el caño de la pistola. Pide el teléfono y hace un par de llamadas mientras recorre el salón con una mirada insolente.
En esos pocos minutos se puede escuchar hasta el vuelo de una mosca; los clientes han interrumpido sus conversaciones y desvían las miradas hacia el pocillo del café. Hacía mucho que yo no escuchaba un silencio tan cargado de temor, de rencor. Al fin el hombre sale del bar y vuelve a atravesar la calle. Entonces las conversaciones se reanudan en voz baja, con un tono de impotencia y de culpa. “Llegaste justo”, me dice uno de mis amigos, “hace un año que ya no se veían estas cosas.” Más tarde, en el taxi, comenta en voz baja: “Lo que más miedo me da no es la cana, sino nuestro silencio”.
Dos días más tarde viajo a Mar del Plata. Regreso al amanecer, bajo una llovizna terca. A la altura de Quilmes, en medio de la ruta desierta, hay un Ford Falcon parado, con las luces prendidas. Tres hombres se empapan, ametralladora en mano, vigilantes, mientras el otro trata de cambiar una goma pinchada. El tipo, gordo y pelado, se ha quitado el saco: de su cuello cuelga un chaleco antibalas amarillo con el cinturón desatado.
Ver un grupo de paramilitares sudando en una tarea tan poco heroica es un espectáculo que vale la pena. Nuestro coche aminora la velocidad con prudencia y observamos a los tres hombres que acompañan nuestro paso con los caños de las metralletas. De pronto se los ve como deben ser en los momentos más insignificantes de sus vidas: tienen un aire de impotencia, miedo de estar allí, a la intemperie, fuera del auto que ha sembrado el miedo durante tantos años. No olvidaré nunca esta breve imagen de una Argentina en la que hasta los criminales pueden sufrir un percance.

(de “Buenos Aires después del largo insomnio”)

Calificación: Bueno.
Editorial: Seix Barral, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-950-731-630-2

No habrá más penas ni olvido, Osvaldo Soriano

Soriano
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El título proviene de aquel célebre tango de Carlos Gardel, “Mi Buenos Aires querido”, y ya los primeros versos de la canción en el epígrafe de la primera parte son un modo de anunciar el deseo por definir los rasgos de la argentinidad durante el segundo gobierno de Perón; un deseo que, al margen de las circunstancias históricas específicas del libro, todavía se siente reinante en el imaginario colectivo de la otra orilla.
Una simple línea de diálogo introduce intempestivamente el problema, como si un disparo resonara en los ojos del lector apenas abierto el libro: Ignacio Fuentes, delegado municipal de Colonia Vela, un pequeño pueblo de provincia, es acusado de ser un “infiltrado”; término que acuñó el mismísimo Perón para designar a muchos viejos peronistas proclives al comunismo. Pero Fuentes no es de arriar con las riendas, y pronto se hace de algunos aliados para dar batalla y no permitir semejante injusticia. Aunque nunca se sepa la razón o el origen de estos rumores, el antagonismo de Fuentes y Suprino, el normalizador, queda instalado en cuestión de minutos y a partir de allí la novela se precipita en una concatenación creciente de disparates, donde el diálogo y el humor pautan las variaciones del latido. Basta que un dedo empuje la primera ficha del dominó… Y se me ocurre que a la luz de esta maniobra que parece estructurar el relato en base a una noción de presente perpetuo e inusitado, habría que pensar en la influencia tutelar de Soriano sobre narradores coterráneos tan dispares como, por ejemplo, César Aira.
La segunda parte abandona un tanto ese tono paródico, y se propone demostrar cómo un enfrentamiento en apariencia absurdo e infundamentado deviene en una guerra y, por añadidura, en la sangre, la muerte, la traición y la ley del más fuerte. Aunque ambos bandos se declaren fieles seguidores de Perón, la idea de Soriano es demostrar precisamente el desmoronamiento del Peronismo; haciendo ostensible esa tirante coexistencia entre la facción de izquierda y la facción derechista del movimiento.
Se confirma, además, que Soriano no sólo era un maestro del humor, sino un gestor exquisito de atmósferas y personajes. A través de circunstancias paralelas al enfrentamiento central entre Fuentes y Suprino, logra fácilmente ese clima de caos y alternancia que hace a toda revolución; y quizá también le sea absolutamente fiel a aquella idea de que toda revolución, lejos de obedecer al movimiento de una masa, es consecuencia del magnetismo y caudillaje de unos pocos.
Personajes como Cerviño, el aviador que riega la calle con estiércol, el Sargento García o el mismo Ignacio Fuentes, son tratados con tanta humanidad y ternura que dejan una huella imborrable.
Decía Aldous Huxley que la caricatura y la parodia son, ante todo, las formas más punzantes y agudas de la crítica. Tenía razón.

-Tenés infiltrados –dijo el comisario.
-¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo y hace veinticuatro años que está en la delegación.
-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echalo porque va a haber lío.
-¿Quién va hacer lío? Yo soy el delegado y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?
-El normalizador.
-¿Quién?
-Suprino. Volvió de Tandil y trae la orden.
-Suprino es amigo, qué joder. Hace un mes que le vendí la camioneta y todavía me debe plata.
-Viene a normalizar.
-Normalizar qué. Estás leyendo muchos diarios vos.
-El Mateo es marxista comunista.
-¿Quién te metió eso en la cabeza? Mateo fue a la escuela con nosotros.

Calificación: Bueno.
Editorial: Sudamericana, Buenos Aires, 1993.
ISBN: 950-07-0409-9

Triste, solitario y final, Osvaldo Soriano

Osvaldo Soriano
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Va a ser mejor que empiece diciendo lo siguiente: voy a hacer un comentario con el corazón, sin tanta premeditación de especular acerca de logros técnicos o lo que sea. Esta vez no me interesa, o no puedo hacerlo del todo bien, para ser sincero.
Osvaldo Soriano fue el primer escritor que quise. El primer escritor vivo que yo admiré, y que quise imitar, para ser más preciso. Yo tenía 15 ó 16 años cuando leí sus primeros cuentos, cuando los escuché también leídos por Alejandro Apo en el programa “Todo con afecto”, de Radio Continental, de Buenos Aires, algunos de tantos sábados de tarde en que ese programa se fundía con la previa del partido del sábado de noche relatado por Victor Hugo Morales. A veces uno tenía suerte y podía escuchar al mismo Soriano entrevistado o consultado por Apo acerca de, entre otras cosas, su amor por San Lorenzo de Almagro. Pero había más cosas que me pasaban con el gordo Soriano. Él no había terminado la secundaria y desde chico había querido ser escritor. Yo no veía la hora de terminar el liceo. Tenía 16, había repetido 4º año y sencillamente no me parecía posible terminar un día el liceo. Quería ser escritor y también jugador de fútbol, delantero, como él había sido en partidos interminablemente bruscos e ignotos como los que yo terminé jugando en el Kennedy, donde te cagaban a patadas y era mejor que no chillaras. Antes de dedicarse al periodismo Soriano fue vigilante en una fábrica, por las noches, cuando aprovechaba para leer todo lo que le caía encima. Yo me pasaba las horas de todos aquellos veranos cuidando los automóviles del club de golf. Y como los autos demoraban horas en irse, leía. Leía y escuchaba fútbol. Y había días también en que pescaba en el club algún Página 12 en donde podía leer artículos de Soriano, o entrevistas que le hacían en las secciones de cultura o de deportes en Clarín. Tenía en mi cuarto un recorte de Clarín en el que Soriano sonreía a la cámara y decía que la gata de Cortázar había quedado a su cuidado cuando murió el autor de “Rayuela”. Muchas veces lo sacaba de una caja y lo releía. Sobre todo en el invierno. Una mañana de comienzos del ’97 llegaba al club para trabajar y vi la noticia de la muerte de Soriano en los titulares de La Nación y de Clarín. Fue un día muy triste. Y me sentí muy triste aún un mes y pico después cuando Víctor Hugo Morales le dedicó al gordo el relato del primer partido de San Lorenzo en el Clausura, una tarde ventosa y no muy cálida, pero con sol.
Diez años después leí en una clase de Literatura a mis estudiantes “El penal más largo del mundo”. Y descubrí mientras lo leía que me parecía un gran cuento, y que a los chicos los conmovía, más allá de la novedad de estar trabajando un cuento sobre fútbol. Los conmovía la errática vida del “Gato”, un golero viejo y olvidado de un pueblo remoto de provincia que no podía atajar la soledad más desgarradora. Soriano me sigue y se me aparece de vez en cuando y siempre me toca el alma. Como una noche de 2004 en que regresaba del liceo nocturno en Minas luego de la medianoche. En un televisor de un bar a pocas cuadras de mi casa estaba puesto T y C Sports. Tuve que parar porque allí estaba Soriano charlando con Fontanarrosa. Y entré y me coloqué entre los pocos borrachos que quedaban y escuché lo que pude de la conversación. Y luego salí a la madrugada con ganas de seguir caminando por toda la ciudad…
Tenía que poner algunas palabras sobre “Triste, solitario y final”, que acabo de leer hace unas horas, y no hacer esta introducción tan larga mientras reviso fotos suyas en internet, en las que se parece a una mezcla entre el “Pampa” Biaggio y Orson Welles.
Terminé de leer, digo, “Triste, solitario y final” (su primera obra) y me quedé ensimismado, cismando, como dirían algunos. Aunque me pareció que la novela había arrancado muy bien y que después se caía un poco la tensión con un salto en el tiempo que me desacomodó bastante (cuando Stan Laurel ya está muerto y aparece el mismo Soriano mezclándose en el asunto con el propio Phillipe Marlowe), aunque la recursiva parodia y el constante homenaje del policial negro me hicieron leer cabriolas innecesarias en algunos diálogos y situaciones, aunque creo que a veces lo esperpéntico terminó por agotarme, tengo que reconocer algo: me ganó por puntos, como una pelea de boxeo donde existe eso que define muchas peleas largas por puntos: corazón. Cuando terminé las últimas páginas y cerré el libro, me quedé atrapado por un final que sí me gustó, que sí me conmovió, que me hizo sentir como en muchas de sus obras siguientes una piedad inmensa y (aunque suene raro) disfrutable por sus personajes.
“Triste, solitario y final” es la realización de las fantasías, de la formación y el placer del joven Soriano, el retablo de sus ambiciones y sus penas, el mundo de un escritor que estaba llegando.

Se sentó sobre el diván, la cara cubierta por las manos; el pelo estaba sucio y tenía el color del barro. Abrió los dedos y entre ellos sus ojos observaron al detective que estaba parado, inclinado hacia adelante. Oscilaba. A Soriano se le ocurrió que era un capricho de la luz.
-Está borracho -dijo en tono neutro.
-¡Levántese!
-¿Por qué no se da una ducha? Ya conectaron el gas.
-¡Le voy a romper la cara, gordo estúpido!
Escupió al suelo. El gato miró la saliva y bajó las orejas.
-No me provoque. Tiene una pistola y está borracho.
-¿Una pistola?
-En la cintura.
Marlowe bajó la vista. Tiró de la empuñadura y sacó la pistola.
-No es mía. La última vez que la vi, hace muchos años, la usaba un detective sobrio, que pagaba sus impuestos y tenía clientes importantes y enemigos que podían emboscarlo en un callejón.
-Un gran hombre.
-Un hombre, compañero. ¿Se burla?
-No me burlo.
-¿Va a pelear o no?
-No.
Hubo un silencio. Los dos hombres se miraron largamente. De los ojos de Marlowe saltaron dos lágrimas transparentes como gotas de agua, corrieron entre las arrugas de la cara y cayeron al suelo.

Calificación: Bueno.

Editorial: Hyspamérica, Buenos Aires, 1984. (La foto de la tapa es de otra edición, porque la de mi edición estaba borroneada y no encontré ninguna similar en la web… )
ISBN: 950-614-237-8