La muerte de Pan, Alicia Escardó Végh

Alicia Escardó Végh
La muerte de Pan

El gran dios Pan ha muerto. Su tan repentino como sorpresivo fallecimiento pone al Olimpo de cabeza. Si acaso su muerte es angustiante, preocupante, aquello que haya podido causarla es sin dudas el mayor motivo de inquietud. Porque, se sabe, sólo un dios podría haber matado a otro.

Primero, ¿quién es Pan? Uno de los dioses “menores” de la mitología griega, en apariencia inofensivo cuidador de pastores y rebaños -y muy alejado a aquella terrorífica encarnación de dios pagano que reinventaba el gran Arthur Machen en “El gran Dios Pan”- al que, por principio, nadie querría ver muerto. Pero el aviso ha llegado y no aparece por ningún lado, de modo que Zeus pone en funcionamiento su particular mise en place, un Olimpo que se transforma en tribunal, con los doce principales dioses configurando a los atestiguantes (y, pronto, a los acusados), un jurado compuesto por faunos y ninfas (propicios ellos a Pan por las características del propio Dios) y una corte integrada tan sólo por dos mortales: Herodoto, el historiador más grande de toda Grecia, y Tiresias, su mayor profeta y adivino. Todos ellos, deberán descubrir qué se esconde tras la muerte de Pan.

Alicia Escardó Végh es tanto escritora como gestora cultural. Como lo primero, tiene una larga bibliografía dedicada a la literatura juvenil y, como lo segundo, es la principal factotum de la Semana Negra de Montevideo -el mayor evento sobre literatura y cultura policial en Uruguay- desde hace ya varios años. En cierta medida, “La muerte de Pan” combina ambas inquietudes, a la par de una muy saludable reinvención -y difusión, porqué no- de los Mitos Griegos. Me atrevería a decir que con “Las tres manzanas de oro” de Nathaniel Hawthorne como faro -donde ya el autor de “La letra escarlata” se proponía (y lograba) adaptar los antiguos relatos de dioses y diosas griegos a su actualidad- Escardó reconstruye para su conveniencia algunas de las leyendas más antiguas de la humanidad. Y la combinación del relato tradicional con el invento puntal -es decir, la leyenda tal y cómo la conocemos pero combinada con aspectos puntuales que se resignifican para la narración que aquí nos importa, esto es, la muerte de Pan y qué se esconde detrás- está especialmente bien lograda. No hay diferencia alguna entre las viejas tradiciones orales recogidas durante siglos -y que tantas reescrituras han tenido, desde la propia mitología, pasando por el teatro, el ya mencionado Hawthorne o la más cercana (en tiempo y geografía) formidable escritora argentina Liliana Cinetto- y el relato puntual que compone para su conveniencia (y nuestra) Escardó.

No en vano se suele considerar a Edipo Rey como la primera estructura policial de la historia y algo de aquella tragedia se respira en la situación que se va desarrollando en este Olimpo reconvertido en tribunal -la propia participación de Tiresias, quien revelaba a aquel Rey investigador como asesino, refuerza esta conexión- uno donde pronto se asume un particular clima de whodunit (tal y como se conoce a los “¿quién lo hizo?”, tradicional esquema de la literatura policial más clásica) a medida que los dioses van declarando, opinando y acusándose unos a los otros (porque las rencillas son antiguas y muchas). Y para cuando se revela el misterio, se lo hace con propiedad, aunque sí acaso Escardó prefiere abrazar una solución más filosófica que policial (imposible ponerse a explicar aquí en que se aleja “La muerte de Pan” de las reglas del género en cuanto a policial clásico sin develar parte importante de la resolución, por lo que evitaremos incurrir en el pecado mortal del spoiler) que tiene todo el sentido del mundo y sin dudas que sorprende, aunque no faltará quien la cuestione.

Como sea, “La muerte de Pan” es un valioso aporte y rescate de muchos de los mitos griegos, de sus personajes, de sus relatos clásicos, llevados a un esquema diferente y pasados por el tamiz de una prosa ágil y contundente. Para jóvenes, recomendable sin duda.

-Ya saben todos cuál es el tema de hoy. Lo anuncio con el mayor de los dolores. Nos ha llegado la noticia de que el dios Pan ha muerto.

Todos acusan recibo de esas palabras terribles. El rumor se había difundido por el palacio, pero todavía les resultaba difícil de asimilar. Los dioses del Olimpo son inmortales. Pan no quiso compartir con ellos la vida en el palacio, sino que eligió quedarse en Arcadia, pero era hermano adoptivo de Zeus. Disfrutaba del aire libre, y se dedicaba a cuidar manadas, rebaños y colmenas. Esta vida se adaptaba mejor a su condición, porque era tranquilo y perezoso, le gustaban las siestas y no toleraba que nadie le molestara. Si alguien lo hacía, le lanzaba un grito tan fuerte y sorpresivo que siempre asustaba al insensato que había interrumpido su descanso. Todos los que escuchaban aquel grito quedaban temblando en un ataque pánico.

Yugoslavia, Matías Núñez

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Matías Núñez nació en Venezuela en 1981. Dos años después, su familia se trasladó a Uruguay. Él ha vivido en Estados Unidos, España y China. Cuando Núñez habla de inmigración lo hace con conocimiento de causa. “Yugoslavia” se desarrolla en St. Louis (Missouri), en pleno midwest, y sigue los trayectos personales de tres uruguayos que se reparten las principalías: por un lado, la pareja de veinteañeros con visos adolescentes formada por Juana y Facundo; por otro, el incomodísimo e inasible Horacio. Al comienzo de la novela Juana trabaja en una lavandería industrial junto a muchas otras mujeres, casi todas ellas son inmigrantes latinas. Sus compañeras de trabajo creen que Juana es yugoslava: saben que no es yanqui porque su modo de hablar inglés es claramente no nativo, pero también es rubia y de piel blanca, lo que les impide pensar en ella como proveniente del Caribe o Sudamérica (en St. Louis, la comunidad bosnia es numerosa, y cualquier extranjero caucásico, en el imaginario popular, es homologado a alguien que se ha escapado del borbollón bélico de los Balcanes). Este error de denominación deja de ser un detalle al pasar cuando se convierte en el título de la novela y comienza a actuar como un símbolo de la descolocación doble que sufre Juana (y que se extiende a los demás): ya no solo ha llegado a un país ajeno, sino que no puede entrar a ningún otro grupo de pertenencia, como si hubiera caído en una especie de limbo de la identidad social, sin ningún vínculo posible de soporte o rescate.

La secuencia de apertura de la novela en la lavandería industrial termina con una pierna de Juana metida literalmente entre los rodillos y engranajes de una cinta transportadora. La poderosa intensidad de toda la escena la distancia (y la salva) del peso de su fuerza alegórica: los inmigrantes siempre son engranajes, siempre más cerca que todos los demás de la mugre, del peligro, del lado podrido de las cosas. Pero hay algo más: ¿cómo llegó Juana a quedar con la pierna destrozada por la máquina? Llegó allí por rechazar el acoso sexual-laboral de Robert, el encargado de personal de la lavandería. Para Juana, el precio de la dignidad es una pierna.

Facundo, en tanto, es un diseñador gráfico bastante pueril y egoísta que, a todas luces, no tiene madera para hacer frente a la situación que vive. La decisión de irse con su novia de la adolescencia a meterse de cabeza en un lugar como St. Louis, sin otro contacto que el de Horacio, un tipo al que ni siquiera conoce demasiado, parece una de esas estupideces de campeonato que podrían salir bien una de cada cien veces. Sin trabajo real ni otra idea de cómo conseguir algún ingreso, Facundo termina un día (un solo día) en un junker: un gigantesco desarmadero de automóviles que, en la descripción de Núñez, adquiere un aspecto post-apocalíptico. La sucesión de esa clase de escenarios, inmensos espacios industriales y decadentes, se convierte en una música de fondo para la novela, dotándola de una sordidez subyacente siempre a punto de eclosionar. Todo es soterradamente violento, quizá porque en esos ambientes no hay espacio para las relaciones humanas significativas. Los que padecen juntos esas condiciones ni siquiera tienen la capacidad de apoyarse unos a otros, de alivianar la carga colectiva, pues han sido reducidos a elementos aislados y funcionales.

Horacio es el personaje más importante de la novela: se ha presentado como voluntario para que se prueben en él ciertas drogas experimentales. Necesita los quinientos dólares para salir del país antes de que lo atrapen, lo procesen y lo encierren. Horacio es un polvorín, un manojo de trastornos que mezclan una estructura afectiva seriamente dañada con una sexualidad torcida y estallidos de violencia incontrolable. Cada vez que Horacio entra en escena, uno sabe que todo se puede ir al carajo en cualquier momento. Estas son palabras de Matías Núñez: “Sólo quiero decir que esta novela tiene algo de la desmesura que significó para mí trabajar en un junker desarmando coches -y no imaginan lo agotadoramente liberador que es astillar un parabrisas con un martillo o deformar una carrocería hasta convertirla en un paisaje lunar-. Porque las consecuencias que me dejó a nivel personal la escritura de este libro son semejantes a las de aquellos divertimentos desaforados: una feliz extenuación…”. Hay algo de eso en Horacio, como si Horacio fuera una manifestación sobredimensionada, llevada más allá de sus últimas consecuencias, de esa desmesura que un ambiente excepcional no solamente permite, sino que requiere. El junker se convierte en una metáfora de un lugar en el que pueden ponerse en juego libremente y de forma catártica impulsos que no tendrían cabida en ningún otro ambiente, algo así como un espacio donde las estructuras normativas externas han sido abolidas y sustituidas por otras, quizá más salvajes, quizá más puras.

La novela intercala pasajes narrados en tercera persona por otros en los que tanto Juana como Facundo y Horacio toman la palabra directamente, ya sea en cartas dirigidas a diferentes destinatarios o en soliloquios íntimos. Quizá, en las cartas que Facundo les envía a su padre y a su hermana (páginas 100 a 115) esté lo más flojo del libro, porque, al fin y al cabo, Facundo es el personaje menos atractivo de los tres, y el cambio de tono y profundidad que le impone su voz a la novela socava, en parte, la solidez de la estructura. En la lista de puntos objetables, figura la inverosímil violación de Horacio a Juana y un desenlace que funciona como un corolario débil en comparación con los muchos puntos altos de la novela. Quizá este no sea un problema de la novela, sino de mi preferencia personal como lector, pero creo que el libro debería haber terminado en la página 156, luego del notable fragmento dedicado al refugio subterráneo anti-tornados, cuando, por fin, ante la inminencia del desastre natural, aparece un impulso de aproximación, de comunión, que suspende durante el tiempo de la emergencia, el quiebre.

La sirena de tornados tiene algo que hermana, algo de silbato para perros que pone en alerta a toda la jauría sin excepción: porque el sonido invasivo de la sirena irrumpe en las rutinas de las personas con una simultaneidad pavorosa, deteniéndoles masivamente los gestos y haciéndoles elevar las cabezas ante un mismo llamado como si en todas las radios comenzara a sonar Pink Floyd con alguna de sus canciones atmosféricas diseñadas para alterar la mecánica celeste.

Calificación: buena.
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2014.
Premio de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental” 2013.
ISBN: 978-9974-1-0881-3

El hermano mayor, Daniel Mella

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El rayo es uno de los fenómenos climáticos y atmosféricos que más ha sido asociado a la idea de la divinidad a lo largo de la historia de las mitologías, ya sea como manifestación de la voluntad de Dios, como uno de sus atributos singulares o, incluso, como una personificación concreta de su esencia. En un mundo de personas que creen que una descarga colosal de electricidad estática es la manifestación pura de una voluntad divina, no existen la ideas de azar o caos. En última instancia, siempre hay un sentido. Ese sentido puede ser oscuro o misterioso, pero la fe salva la distancia y proporciona alivio. Ese ya no es el mundo de la familia del “Daniel Mella” (que oficia de narrador en primera persona de esta novela auto-ficcional), cuyos padres educaron a todos sus hijos en la fe del Libro del Mormón de Joseph Smith, una fe de la que cada uno huyó por su propio camino hace tiempo. De modo que, cuando en la madrugada del 9 de febrero de 2014, durante una gran tormenta, un rayo golpea la casilla del guardavidas en la Playa Grande de Santa Teresa, y mata a Alejandro, de 31 años, guardavidas, surfista, músico, su familia ya no tiene un sentido prefabricado al que recurrir. Todo es demasiado concreto ahora que se ha vaciado de la trascendencia espiritual de un tiempo más ingenuo. En cierta forma, este libro es un intento de construir sentido alrededor de la muerte, el dolor, el miedo y la pérdida. Si las respuestas ya no están en un libro sagrado, hay que escribir un libro que no desee ser sagrado, sino uno que desde cada línea intenta escabullirse a la tentación de engolar la voz, un libro que parece querer escapar, también, a su destino de literatura.

Así que Daniel Mella, narrador, construye este libro con un estilo que busca la transparencia, y lo hace al despreocuparse de la estructura o de la elegancia (incluso de la gramaticalidad) de la frase. En la página 92 hay un fragmento en el que se habla de la forma en que Alejandro tomaba las críticas y comentarios que Daniel hacía de sus canciones: “Las discutíamos, pero incluso cuando se trataba de un error gramatical él prefería dejarlas tal como estaban (…) Yo lo acusaba de terco, pero capaz que Ale realmente no sentía ninguna presión de conformar a nadie”. Bien, eso puede aplicarse al “modo de uso” del lenguaje de la propia novela, a su estilo que recurre a construcciones sintácticas provenientes de la oralidad y lo coloquial, y un registro que está muy conforme con sus muchos momentos fallidos (fallidos incluso al tomar en cuenta sus propios términos de juego). Un ejemplo, en la página 135: “Atendí en la cochera. Mi voz retumbaba. No quise hablar demasiado hasta que no hube salido a la calle”. Otro, en la página 9: “Esa noche iban a hacer pizzas en el horno de barro y, sabiendo cuánto le gustaban a Ale, lo llamaron para que se venga”.

La novela se mueve en un presente que se extiende desde el momento en que la familia se entera de la muerte de Alejandro hasta que dispersan sus cenizas en el mar, previo velorio y cremación. Mediante flashbacks, el narrador amplía el rango con pericia, dando saltos que van entrelazando la historia. El manejo de los tiempos verbales merece una mención especial. La elección inicial de establecer la muerte de Alejandro en futuro le otorga al hecho una fuerza casi mística: “Su muerte va a caer un 9 de febrero…”, dice Mella en el comienzo, y suena profético y terrible. La muerte se extiende por el pasado, el presente y el futuro en su inevitabilidad, porque cuando ocurre enloquece el tiempo. Sin embargo, el recurso se agota a sí mismo en la novela, que lo consume en el capricho o el desorden, hasta que llega a convencerse a sí misma de la necesidad de explicarlo, cuando Paco (uno de los hijos del narrador) pregunte, en la página 141: “¿Por qué hablás como si fuera todo en el futuro? –me preguntó-. Si todo eso ya pasó”. Y el narrador responda: “Pero siempre iba a pasar”. Es curioso que en una novela que parece querer ser tan simple, en su lenguaje y estructura, se sienta la necesidad de proporcionar estas interpretaciones a las que cualquier lector podía llegar por sus propios medios, sin mediaciones invasivas.

Hay que hablar del título. ¿Quién es el hermano mayor? Daniel. Si la muerte de Alejandro es la pedrada en la ventana, la ventana es Daniel y la novela es la descripción de las rajaduras en el vidrio. Pero, a su vez, la muerte, que ya había trastocado el tiempo, trastoca el orden y convierte a Alejandro en una nueva clase de hermano mayor: no el que nace primero, sino el que muere primero. Página 93: “Ahora el hermano menor se había convertido en el hermano mayor, y no había forma de revertirlo”. Entonces, ambos comparten el título: de formas diferentes, Daniel y Alejandro se amalgaman por momentos, o, al menos, hay un desplazamiento de Daniel hacia Alejandro, un desplazamiento que comienza con el símbolo evidente de los championes de Alejandro que Daniel empieza a usar casi de inmediato.

Un personaje importante para comprender “El hermano mayor” y, quizá, toda la producción literaria de Mella, es Ricardo (obviamente, Ricardo Henry), a quien Daniel parafrasea más de una vez a lo largo del libro, una de ella, en la página 124: “Él sabía que estaba endemoniado. Los artistas estaban endemoniados o enfermos y todas sus obras eran un revolcarse en su propia mierda o un exorcismo a medias”. Quizá de aquí surja cierto aire de exacerbación que puede percibirse en el libro, cierto enamoramiento de lo enfermo o lo endemoniado que lleva al narrador a declaraciones gratuitas, declaraciones que persiguen la única finalidad de afirmarse a sí mismas, bajo el lema de “cuanto peor, mejor”. Algo de eso parece confesarse en la página 95, cuando, refiriéndose al dolor de sus años adolescentes bajo la agobiante presencia de unos padres demasiado atentos, Daniel afirma: “Puede que haya tenido que inventarme una desdicha para dármelas de interesante, de escritor maldito. Puede que estuviera creando y empezando a creerme mi propia leyenda. Puede que esa desdicha haya sido mi primera invención”. Y es probable que en este libro, por debajo de la anécdota, cada tanto emerja ese artificio que acaba por funcionar como un corsé que le impide a Daniel explorar lo que no está enfermo ni endemoniado, pensando, quizá, que en esos territorios más iluminados no hay ninguna verdad posible.

Para terminar, diré algo sobre el trasfondo esotérico de la novela, que aparece aquí y allá, en la pluma negra sobre el cajón, en el sueño del padre de Alejandro de la choza ardiendo, en la visión de Agustina, la primera novia de Alejandro, de su fantasma junto a la cama. No hay certeza. Si se derrumbó la construcción anterior (el cielo mormón), ahora quedó un vacío que cada uno llena como puede.  Daniel tiene teorías. Una de sus teorías es la de que el miedo tiene un modo de acción subyacente en el Universo. Esta teoría cuaja definitivamente a raíz del episodio de Sandra, cuyo hijo de cuatro años muere en un accidente. Sandra temía, desde el nacimiento de su hijo, su muerte prematura, que al fin había ocurrido. Página 110: “Todos los miedos se iban cumpliendo. Lo dije pensando en Sandra. Verla como el arquitecto de la muerte de su hijito me va a parecer una idea rebuscada, una distorsión morbosa, pero en la lógica de la noche (…) no me cabrá ninguna duda de que el mundo se va a confabular siempre con nuestra parte secreta, disponiendo los materiales crudos para la representación de nuestras pesadillas más privadas”. Algo que ideológicamente no está tan lejos, y que es el reverso oscuro, de la célebre frase de Paulo Coelho: “Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño”.

Calificación: regular.
Casa Editorial HUM, Montevideo, 2016.
ISBN: 978-9974-720-61-9

 

Invención tardía, Horacio Cavallo

Cavallo
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Si hay un posible mascarón de proa de esa “generación” que algunos insisten en ver en la camada de escritores nacidos antes de 1980 y que han ido ganando espacios -tanto de publicación como de visibilidad- en los años recientes, este se trata sin dudas de Horacio Cavallo. Nacido en Montevideo, en 1977, Cavallo lleva poco más de diez años de publicación ininterrumpida alternando los libros de narrativa (tanto de cuentos como de novelas) con los de poesía, así como mantiene una sostenida publicación en materia de narrativa infantil-juvenil. Son de su autoría libros como “Oso de Trapo” (novela, Trilce, 2008), “Fabril” (novela, Trilce, 2009), “Descendencia” (poesía, Ediciones del Estómago Agujereado, 2012) y el imprescindible volumen de cuentos “El Silencio de los Pájaros” (Alter Ediciones, 2013). Avalado tanto por la crítica como por premios -ha sido merecedor del Anual de Literatura, el Municipal de la IMM y de los Fondos Concursables, por mencionar sólo algunos- Cavallo se posiciona sin discusión alguna como uno de los más importantes narradores y poetas de nuestro presente, un escritor de esos a los que conviene no perderle la pista puesto que no defrauda, sea en una novela, en un relato gráfico infantil o incluso en una presencia breve como parte de una antología variada en autores.

En la novela que aquí nos ocupa, desarrolla la historia de Agustín Salerno, un hombre de treinta y algo a quien le obsesiona la historia de su padre, Enrique, “uno de esos escritores para quien el Estado ha colocado una placa recordatoria en su lugar de nacimiento. Sin embargo, si saliera a la calle y les preguntara a quinientas personas al azar quién lo conoce, no más de uno se animaría a afirmarlo”. Enrique murió en un accidente de tránsito cuando Agustín tenía seis años y desde entonces -y en su vida adulta, con la aparición de Lorena, una estudiante obsesionada también con la figura de Enrique- ha tratado de reconstruir su figura, quién era, así fuera a partir de las pocas anécdotas que logra ir recogiendo y, mayoritariamente, desde su literatura.

Así, el hijo y la estudiante -que irán a su vez desarrollando su propia relación con sus particularidades- irán construyendo una suerte de “puzzle” (como lo describe Hugo Fontana desde la contratapa) que conformará un padre, un autor, un Enrique posible. Pero no es lo único que la novela irá construyendo: por su parte, por voz propia de Agustín, iremos sabiendo más y más de él, aprendiendo que se esconde detrás de su propia búsqueda. Porque no le faltan secretos al propio Agustín, quién se ha construido a sí mismo de la misma manera que ahora construye la figura de su padre: mediante retazos, decisiones a veces equivocadas y una gran cantidad de oscuridad.

Entre novela autoficcional y tenso ejercicio de terror psicológico, Cavallo aporta además una prosa impecablemente bien escrita. Una novela que a medida que avanza se complejiza y a la que son pocas las críticas que se le pueden hacer (acaso esa constante obsesión del autor -y de muchos otros autores nacionales- con la figura omnipresente de Onetti, algo que puede cansar a los menos pacientes). A su manera, entonces, Cavallo construye la historia de un viaje. Un viaje que los protagonistas hacen conformando la figura mítica de un padre, de un escritor idealizado al que irán construyendo mediante especulaciones, imaginación, posibilidades, prueba y error, pero también el viaje que el protagonista hace hacia su propia alma y lo que encuentra allí, entre los recovecos de la memoria.

Mi padre tenía cuarenta y cinco años y tres meses su última noche. De acuerdo a la reconstrucción, que incluyó diagramas en horas de desvelo, buscaba una dirección en las cercanías de Jacinto Vera. Le preguntó a una mujer que quemaba hojas secas junto al cordón de la vereda cuál de aquellas calles era Figurita. Lo he pensado tantas veces que la imagen de la mujer señalando el final de la vereda opuesta y la silueta de mi padre con los brazos a los lados han sido parte de mis sueños las pocas veces que consigo recordarlos. Poco o nada sé de esa mujer que volvió la atención a la hoguera mientras él intentaba sin suerte cruzar Garibaldi. La he imaginado blanca, incandescente, con el rostro hundido en el hombro de su marido que vino al primer grito, que oyó la frenada, el otro grito, y persiguió el pasillo de la casa de otras veces siguiendo el alocado ritmo de su respiración. Esa mujer sin rostro, ese hombre que ha doblegado el tiempo, no pudieron hablarme de mi padre. Nunca supe si él, arrodillado, mareado por la sangre de aquel rostro, oyó una palabra. Si mi padre alcanzó a articular alguna cosa suelta, una frase cualquiera, sobre la cual yo mismo hubiera dado vueltas estos años, como si todo fueran tres palabras, tres palabras posibles.

Calificación: bueno.
Estuario Editora, 2015
ISBN: 9-789974-720206

Teoría King Kong, Virginie Despentes

Virginie Despentes y una amiga suya fueron violadas a los diecisiete años, luego de haber hecho dedo por quedarse sin dinero para regresar a la ciudad en la que vivían. Se subieron a un auto en el que iban tres hombres, que se mostraron simpáticos, y al cabo de unas horas, las llevaron a un descampado y las violaron, mostrándoles un arma de fuego para infundirles un mayor miedo. Cuando uno termina de leer el libro, de lo primero que se da cuenta es de que no hacía falta el arma, ni que fueran tres. Con dos hombres desarmados alcanza para violar a dos mujeres. Porque son hombres y tienen más fuerza, y ellas más miedo. Ahora, la pregunta es: ¿por qué las violaron? Porque el hecho de tener más fuerza explica por qué pudieron violarlas (en el sentido de por qué fue posible que la violación tuviera lugar), pero no el motivo de la acción. Desde la pregunta ¿por qué el hombre llega a ser capaz de violar a una mujer? es que podemos leer este libro.

Antes de abordar la temática en sí misma, cabe hacer alusión a la escritura del libro. A caballo entre la narrativa y el ensayo, pero también del testimonio y las “escrituras del yo”, la primera ruptura de géneros que este libro traza es la de los géneros literarios. Con un sólido peso conceptual (no académico, riguroso ni sistemático, pero sí hondamente reflexivo y amparado por las principales lecturas del área de estudios de género y culturales), este libro es algo así como la novela de una idea: el feminismo.

Desde el punto de vista del feminismo, Despentes plantea un conjunto de temas bien diversos (la prostitución, el cine porno, el punk rock) y los articula con la perspectiva de la mujer. Pero no solo son temas, que eligió abstractamente entre miles de temas que pudo haber elegido. Son partes sustanciales de su experiencia de vida: ella fue prostituta, adaptó al cine su primera novela “Baise moi” con actrices porno, y su adolescencia y juventud la transitó entre toques de punk rock.

En este sentido, propone que la prostitución es la forma que ella, como individuo, encontró para que el género masculino la indemnice por haberla violado. Además propone que nunca fue mejor tratada, mejor considerada, por el hombre que cuando vendió sus servicios sexuales. Aquí una primera conclusión: la mujer gana poder social cuando cuenta con su propio dinero, y cuando gana mucho dinero, tanto como un hombre pudiente.

Al cine porno, a diferencia de al resto del cine (“técnica de la ilusión por esencia”, dice Despentes), se le exige que sea verdadero o se le critica si parece demasiado falso. Además, se lo censura y se lo blasfema hipócritamente, pues habla de nuestros deseos más profundos, nos hace “mojar” sin pasar por el lenguaje o la reflexión; es la expulsión inmediata del instinto sexual, descargada con solo un click del mouse y un paquete de Kleenex. Nada más ni menos que eso. El porno, dice Despentes, “interviene como liberación psíquica”. En sí, no denigra a la mujer, como dice la voz del sentido común, porque no existe “el porno”: existe buen y mal cine porno, como buen y mal “spaghetti western”, buen y mal cine melodramático, buen y mal cine de terror. La tarea de los creadores es hacer buen cine porno. Pero censurar el porno, eso es un error.

Siguiendo con el cine, el comentario analítico de “King Kong” es fenomenal: el gran gorila sería el caos previo a la sociedad binaria de los géneros. King Kong no es ni hombre ni mujer, es el cuerpo inmenso, poderoso, natural, salvaje, pre-civilizado. La mujer que rapta se siente tranquila: está en peligro, paradójicamente, cuando la sociedad la “rescata”.

Sobre el punk rock, apunta que es un género musical y una movida cultural que favorece la libertad de la mujer. Permite comportamientos en la mujer que, en otros contextos, es inmediatamente reprimida y corregida: el punk rock permite a la mujer emborracharse, insultar, escupir, hacer pogo, vomitar, todo eso a la par de un hombre. El espíritu del punk, no hacer lo que te dicen que hagas, es conveniente para aceptar la igualdad de géneros.

Si una debilidad, o un conjunto de debilidades, puede achacársele al libro, es que en su brevedad, en su concisión, intente penetrar en la dificultad de describir el poder en todas sus manifestaciones (a Foucault le llevó largos y eruditísimos tomos), sin aclarar de forma clara y suficiente esas relaciones: Despentes desarrolla el poder machista, a la vez que lo asocia con el capitalismo, con la función del Estado, con la raza blanca, con la religión. A veces no puede darse por sentado que todas esas manifestaciones del poder se relacionan de forma evidente: a veces hay que ayudar a clarificar lo presuntamente “evidente”.

Y, en un momento del libro, a Despentes deja entrever la ideología francesa, moderna, ilustrada: si bien defiende la práctica de la prostitución para equiparar a la mujer económicamente al hombre, cuando describe un videoclip de 50 Cent en el que una negra mueve las “cachas” (la traducción es argentina, y es muy interesante leer el estilo de Despentes, directo y contundente como un piñazo, en español rioplatense), se le escapa el comentario de que está siendo explotada y utilizada. ¿Por qué, con la misma visión de la prostitución, no lee ese baile como el aprovechamiento de la bailarina de su bello cuerpo para ganar dinero rápido y cuantioso? Tal vez por la idea, reprimida pero presente, de que ella, siendo francesa, pudo elegir prostituirse, pero la negra nunca elige, siempre es sometida.

En varias de las críticas que Despentes le hace a la sociedad (el casamiento como prostitución elegante, no admitida: dar sexo por dinero) se nota que Francia no está socialmente tan avanzada como Uruguay, que desde principios de siglo tiene prostitución legal y la mujer no deja de salir a trabajar cuando se casa, además de que el hombre cada vez más se equipara a su esposa en las tareas del hogar. Y si en Uruguay hay violencia de género (y la hay) no está directa ni indirectamente asociada al matrimonio.

Salvando estas objeciones, la lectura de “Teoría King Kong”, a pesar de estar dedicada a mujeres, les sirve a los hombres también. Los interpela y los ayuda a pensarse. Los invita a seguir el modelo de revolución feminista, y hacer la revolución masculinista, por llamarla de algún modo, que elimine los mandatos sociales machistas que recaen sobre el hombre.

Y es muy clara en un aspecto esencial: la libertad individual. No está mal que una mujer elija el matrimonio heterosexual, el ser madre, el verse bonita, arreglarse, depilarse, y seguir patrones estéticos imperantes. Lo malo es que toda mujer, lo quiera o no, se vea obligada a seguir ese curso, si no quiere ser excluida y escupida. Hay una diferencia.

Los primeros años después de la violación, sorpresa penosa: los libros no me eran de gran ayuda. Nunca me había pasado. Cuando, por ejemplo, en 1984 fui internada unos meses, mi primera reacción, al salir, fue leer. Le pavillon des enfants fous, Vol au-dessus d’un nid de coucous, Quand j’avais cinq ans je m’ai tué, y los ensayos sobre la psiquiatría, el internamiento, la vigilancia, la adolescencia. Los libros estaban, hacían compañía, lo hacían posible, decible, compartible. Cárcel, enfermedad, malos tratos, drogas, abandonos, deportaciones, todos los traumas tienen su literatura. Pero este trauma crucial, fundamental, definición primera de la feminidad, “la que se puede tomar sin permiso y debe seguir indefensa”, este trauma no entraba en la literatura. Después de haber pasado por la violación, ninguna mujer había recurrido a las palabras para convertirlo en un tema de novela. Nada, ni que guíe ni que acompañe. No pasaba a lo simbólico.

Título original: “King Kong Théorie” (2006)

Traducción: Marlene Bondil.

Calificación: bueno.

Editorial: Hekht, Buenos Aires, 2013.

ISBN: 978-987-25914-6-5 1.

¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?, Manuel Soriano

En el prólogo de “Variaciones de Koch” (Banda Oriental, 2011), Óscar Brando dice de Manuel Soriano que: “Su prosa es plana, sin sobresaltos; por momentos su lenguaje y su sintaxis, que se parece a la de las versiones en español de los narradores norteamericanos, traduce un mundo pequeño burgués, de preocupaciones estrechas.”

Si bien este juicio corresponde a un libro de cuentos, y no a una novela, como la que nos compete en esta reseña, el estilo sintáctico plano es casi una constante en “¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?” (ganadora del Premio Clarín de Novela 2015), si bien hay alguna experiencia con el lenguaje, sobre todo en el capítulo 2, cuando Luka juega contra Garrison, y resuena el constante “She’s old, she’s fat, she’s black”, que introduce una variación rítmica y traza un paralelismo interesante entre la escritura y el partido de tenis.

En cuanto a la influencia norteamericana, es bastante notoria: hay referencias claras en el final del capítulo 1, donde el escritor al que Luka le ha encargado escribir su biografía, cita a Bandini, personaje de John Fante, y a David Foster Wallace como escritor que alguna vez escribió una reseña sobre un juego de Luka. No es desquiciado proponer una influencia estilística de otros como Carver o Salinger.

Luka, una tenista ficticia, argentina, que jugó en los años ’90, mientras era una adolescente, recorre junto a su padre, Elián, los distintos torneos del mundo, hasta que varios problemas, de salud y familiares, hacen que Luka deba retirarse y que su gloria desmesurada quede en la nada. Esa es la anécdota a grandes rasgos. Pero lo decisivo de la novela pasa por una serie de tensiones que en esta novela logran su realización.

La primera de ellas es metaliteraria. En el primer capítulo se establece el entretelón esencial: el protagonista de la novela es un escritor, contactado y contratado por Luka para escribir su biografía. El escritor viaja a una modesta residencia en Castillos, Rocha, donde está viviendo la tenista en el momento en que quiere recordar su vida y dejarla registrada en un libro. El resto de la novela es una especie de “showing”, donde se muestra la propia escritura de la biografía. El juego de planos es esencial para entender una cuestión más ontológica de los personajes. El verdadero desafío es del escritor-ficticio: ¿cómo hacer de Luka, una “persona” educada de forma espartana por su padre, una insensible máquina de hacer saques velocísimos y reveses letales, un “personaje” con alma, con profundidad, con intimidad y reflexión? Es cierto que si el escritor ficticio fue contratado para escribir una biografía, no debería ocuparlo demasiado el problema estético de crear un personaje con psicología y conflictos emocionales; pero de plano sabemos que no escribirá una biografía. Luka ha dicho por teléfono que era “una historia que quiero contar”. Como la plata parece ser buena, y el protagonista está esperando un hijo, decide despedirse de su mujer por unos días e ir a pasar a la casa de Luka en Castillos para escribir el libro.

La segunda tensión es la del verdadero protagonismo: la mayor parte de la novela está narrada desde el punto de vista, o la focalización, de Elián, el padre de Luka. Él termina siendo el verdadero protagonista de la novela; él, el único personaje redondo, conflictuado, con psicología. Su dilema se basa en querer trascender su vida monótona y vacía (su mujer, la mamá de Luka, lo abandonó, es un negociante frustrado, un ajedrecista frustrado, y lo único que tiene es el talento de Luka) mediante los logros de su hija. Es la última oportunidad de darle sentido a su vida. Pero las compañías, las academias, y demás organismos, quieren su parte, su tajada, y es desde el punto de vista de Elián que la novela hace su despiadada crítica de los negocios que se esconden detrás del deporte profesional y de élite: no solo es una actividad “antinatural”, que maquiniza al cuerpo y elimina el alma, sino que mueve mucho dinero por los verdaderos talentos.

La tercera tensión es la cuestión genérica de Luka: gloria mundial del tenis a corta edad porque tuvo una educación típicamente varonil (a los siete años, en una aventura con su primo, mató un jabalí con un cuchillo). Este es el planteo general de las teóricas del feminismo: desde el “no se nace mujer, se llega a serlo” de Beauvoir, hasta la metáfora de Virginie Despentes de la bestia peluda King Kong como arquetipo del ser libre inclasificado previo a la sociedad binaria de los géneros. Luka es King Kong aunque también “parece una bailarina de ballet”. No es mujer ni hombre. Es una bestia con el saque más potente entre las jugadoras de su edad. “No hay esencia: hay existencia”, parece proponer Soriano.

La cuarta tensión es el avance trágico de los hechos. Y digo trágico en un sentido etimológico, griego. El héroe trágico avanza hacia su destino irremediablemente, a sabiendas de que poco a poco habrá un partido en el que la lesión lumbar no aguante más, y las glorias deportivas se esfumen para siempre. Lo mismo que Elián: la metáfora de los dientes caídos es clara con respecto al paso trágico del tiempo, al deterioro de la existencia.

Una muy buena novela que presenta una serie de tensiones estéticas que hacen de su lectura una experiencia verdaderamente gratificante.

Luka no recuerda haber llorado. Alguna vez sintió los ojos hinchados, más por rabia que por tristeza, pero le parece que nunca llegó a llorar. Ni siquiera cuando le mostraron a su padre después de la apoplejía, y le faltaba el pelo y el bigote y las fundas de los dientes que había pagado con los premios de sus primeros torneos, y Luka se dio cuenta de que todos estaban esperando que ella se largara a llorar…

Calificación: muy bueno.

Editorial: Alfaguara, Buenos Aires, 2015.

ISBN: 978-987-07-3239-6

 

Exposición Múltiple, varios autores

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La premisa es cuanto menos llamativa. 10 fotografías de un mismo número de fotógrafos fueron repartidas entre 10 escritores de Uruguay y Argentina para que escribieran relatos a partir de dichas imágenes. Posteriormente, los 10 relatos fueron repartidos entre los mismos fotógrafos, para que esta vez compusieran nuevas imágenes, inspiradas en esta ocasión por las letras.

Bielli
Bielli
Aldabe
Aldabe
Ameal
Ameal

El resultado de este juego entre imágen y palabra es “Exposición Múltiple” de Alter Ediciones, dónde los escritores Guillermo Álvarez Castro, Gustavo Espinosa, Henry Trujillo, Horacio Cavallo, Inés Bortagaray, Inés Garland, Leonardo Cabrera, Manuel Soriano, Mercedes Estramil y Rosario Lázaro Igoa trabajaron sobre e inspiraron luego trabajos de los fotógrafos Álvaro Percovich, Carlos Contrera, Guillermo Carballa, Jorge Ameal, Manuela Aldabe, Marcelo Casacuberta, Mariana Méndez, Pablo Bielli, Santiago Mazzarovich y Tali Kimelman.

Contrera
Contrera
Carballa
Carballa
Casacuberta
Casacuberta

Como ocurre normalmente con toda antología de relatos -sea de uno o varios autores- el resultado es variado en calidad y en cómo repercute en el gusto del lector. Digamos primero que nada que la calidad de la antología en cuestión es alta, ya que en su totalidad se puede afirmar que nos encontramos ante cuentos bien escritos y en su mayoría ante relatos muy efectivos.

Mazzarovich
Mazzarovich
Méndez
Méndez
Kimelman
Kimelman

Evidentemente la distinción parte del gusto de cada lector, pero en el caso personal de quién esto firma, encontré la curiosa casualidad de que los relatos que más me gustaron fueron además aquellos que mejor involucraron o interpretaron la fotografía a partir de la cual fueron escritos (para mi, al menos).

Percovich
Percovich
Espinosa
Espinosa
Cavallo
Cavallo

Probablemente los dos mejores son los que inteligentemente están ubicados al inicio y final del libro: “Fenimore y su Blime” de Espinosa y “El sabor de la nieve” de Cavallo son potentes muestras de porqué se considera a ambos dentro de los mejores autores nacionales. El primero es una construcción en primera persona sobre un peculiar personaje- el Fenimore del título- mientras que el segundo es un desgarrador drama a partir de la pérdida de un ser querido. Ambos se cuentan entre los mejores cuentos publicados en nuestro país recientemente.

Fenimore trabajaba en el margen más excéntrico de cualquier cadena de producción; era un bricoleur carroñero, un predador de gomerías; lo suyo era artesanía buitre. Quizás no hubiese nada más emblemático de la basura industrial que las gomas de auto descartadas. Todo podría ser desmaterializado, reducido a irradiación pura, a flujo inasible o circuito virtual. Pero ahí estaría el cúmulo descomunal de neumáticos viejos, monstruo muerto que jamás podríamos biodegradar, la mancha voraz que iría sustituyéndolo todo, la espuma negra que iría cubriendo todos los intersticios del planeta.

(de “Fenimore y su Blime”, Gustavo Espinosa)

Soriano
Soriano
Álvarez
Álvarez
Bortagaray
Bortagaray

A la altura de estos dos hay, por fortuna, un par de relatos más. “Corazón” de Inés Bortagaray y “Fartlek” de Manuel Soriano (reciente ganador del Premio Clarín de novela por “¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?”) están al mismo nivel. “Corazón” cuenta la relación entre dos hombres a lo largo de varios años durante las primeras décadas del siglo XX en Uruguay y es un relato hermosamente escrito. Por su parte, en “Fartlek” Soriano retoma su personaje Koch (el mismo que protagonizara “Variaciones de Koch”, libro de cuentos ganador del premio Banda Oriental hace pocos años) y lo pone a correr por la rambla de Punta del Este al tiempo que especula sobre una enfermedad congénita en su hijo todavía no nacido.

Garland
Garland
Estramil
Estramil
Cabrera
Cabrera

Apenas más abajo (en mi propio interés subjetivo, insisto) se encuentra el grueso de cuentos del libro: “Perro” de Álvarez Castro, “Tormentas” de Cabrera, “Diálogo entre yo y mí” de Garland y “Manuelita y el dinosaurio” de Estramil, cada uno de ellos un relato sólido y bien escrito sobre tópicos por demás diferentes. Una mascota de verano, una posible relación padre-hijo, la conversación de una misma persona con otro probable momento de su vida y el casi cruel trato que mantiene la dueña de un kiosko con una empleada, son eje de relatos contundentes, efectivos.

Trujillo
Trujillo
Lázaro
Lázaro

Por último, me costó conectar con los dos relatos faltantes, “Pantano, continuación” de Lázaro Igoa y “El descenso” de Trujillo (este uno de mis escritores nacionales favoritos). El primero retoma aparentemente la relación entre un torturador y un torturado, mientras que el segundo narra la vida en un momento al parecer post apocalíptico. Lejos estar ambos de ser malos cuentos, no despertaron en quien suscribe el mismo entusiasmo que los restantes.
Bellamente editado -como suele ser todo el material de Alter- “Exposición Múltiple” es sin dudas un libro imprescindible para todo aquel que guste del cuento como formato narrativo o quiera tener un pantallazo de algunos de los mejores escritores en activo en nuestro Río de la Plata.

Cornelia despertó. Respondí la segunda vez que oí mi nombre, sin saber bien qué hacer con la fotografía. Primero pensé en dejarla en la caja, pero no quería que en Cornelia provocara lo mismo: ir armando punto por punto los últimos días de Sara. Así que la doblé en cuatro partes y la guardé en el bolsillo trasero del pantalón mientras me acercaba al dormitorio. Ya no era el de la mañana. Algo me molestaba en la boca del estómago. Dependíamos de Lukas y Svetlana.

(de “El sabor de la nieve”, Horacio Cavallo)

Calificación: muy bueno
Alter Ediciones, 2015
ISBN: 9-789974-848627

Compañía, Samuel Beckett

Beckett
Beckett

 

tapa
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Se cuenta que cuando Beckett ya estaba internado, en 1989, poco antes de morir, le preguntaron de qué color quería la lápida. “De cualquiera, siempre que sea gris”, parece que respondió. Este es el Beckett que aparece cuando leemos su narrativa y su obra dramática.

Solo un autor como Samuel Beckett puede escribir un relato llamado “Compañía” (1980) y concluir, como concluye el protagonista al final de la obra, que está solo, y que siempre ha estado solo. “Solo”. Esa es la última palabra del cuento.

Pero la soledad de Beckett no es comparable a la del García Márquez de “Cien años de Soledad”. En esta última, la soledad es la teleología de toda una familia y de toda una comunidad. Son las ruinas de lo que fue y ya no es. En Beckett, la soledad es el vacío, la opresión de darse cuenta de que todo lo que alguna vez se consideró un “otro” no era más que el eco de uno mismo.

Todas las actividades absurdas por las que pasa el protagonista de “Compañía” (desde gatear en círculos sin sentido, o buscar la mejor posición para estar tumbado en la cama, hasta estudiar el comportamiento de la sombra del segundero del reloj) terminan funcionando como pruebas empíricas que tienen como objetivo comprobar, no ya si uno está solo o acompañado, sino si uno se encuentra en un mundo “real”, objetivo, verdadero, y no en una ilusión o un simulacro de mundo.

Pero el punto más interesante de “Compañía” es el que nos invita a leer el relato como si fuera una alegoría. ¿Una alegoría de qué?, preguntará el lector curioso. Pues, una alegoría del cambio de paradigma filosófico. El cambio del subjetivismo existencialista que nace con la férrea suposición de un yo cartesiano, firme e inamovible, al estructuralismo y la deconstrucción, a la polifonía de Bajtín o a “lo dicho” de Ducrot: todas ellas apuntando a que los discursos preceden y trascienden al sujeto parlante o histórico.

Cuando el protagonista de “Compañía” escucha (y este es el leit motiv de la obra) esa voz que lo describe acostado en la cama, en medio de la oscuridad, pierde todo su tiempo y la poca energía vital que tiene en corroborar que no está solo, que hay “alguien” que emite esa voz.

El final es aclarador, en este sentido: no hay nadie, y sin embargo, hay palabras, hay oraciones, hay discurso.

Claro que Beckett lo expresa desde la estética del absurdo que lo caracterizó: no se muestra demasiado alentado por el hecho de que los discursos, el lenguaje, no estén supeditados a los individuos parlantes. Le parece aterrador que sean algo así como estructuras fantasmales, que se desarrollan solas, o mejor, que utilicen al sujeto para tener una existencia material.

Lo mismo parece sucederle a Jean Luc Godard en su última película: “Adiós al lenguaje”, en la que, pese a su título, el protagonista también es el lenguaje sin remitentes. Hay sentencias sueltas, hay dictámenes filosóficos, pero no hay sujetos complejos, redondos, con profundidad psicológica. ¿De dónde surge el lenguaje reflexivo? De sí mismo, al parecer.

Desde la publicación de “Compañía” (1980) a la fecha, el estructuralismo, la deconstrucción o la polifonía, tienen más pertinencia como herramientas de análisis: en un espacio digital donde el lenguaje de desarrolla sin límites materiales, sin necesidad de la correspondencia entre palabras y sujeto hablante, es un poco absurdo resolver quién dice algo, sino centrarse en lo que se está diciendo. Es un buen puntapié inicial para olvidarse de un ataque argumental como el de tipo “ad hominem”.

En la narrativa uruguaya actual cabe destacar el muy buen ejemplo de “Aunque digan lo contrario”, donde Rodrigo Clavijo hace protagonista de su novela al lenguaje. Y el resultado de esa novela es de una solidez que asombra y a la vez maravilla.

En conclusión: “Compañía” es un relato que acontece y se desarrolla como parábola del fin del subjetivismo y el inicio de lo discursivo puro. Y un Beckett moribundo expresó eso como una crisis de la existencia. Hoy podemos verlo desde otro ángulo, y la obra adquiere un valor nuevo. 

¿No podría mejorarse al oyente? Volverlo más compañía, ya que no del todo humano. Mentalmente tal vez quepa una mayor animación. Un intento de reflexión, al menos. 

Título original: “Company” (1980).

Traducción: Carlos Manzano.

Calificación: bueno.

Editorial: Anagrama, Barcelona, 1999.

ISBN: 84-339-6634-0

 

Otoño, varios autores

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Conformada en mayo de 2011, la Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas “nuclea a guionistas, dibujantes y otras personas involucradas en la producción de historietas en nuestro país. La creación de la AUCH responde a la voluntad del sector, que históricamente se ha caracterizado por ser un medio de individualidades, pero que en estos últimos años ha logrado generar trabajos en conjunto, así como tener participaciones grupales en distintos emprendimientos privados. Es así que se manifiesta la posibilidad de generar una asociación que vincule a todos los involucrados en este medio” (tomado de la propia web de AUCH). Dicha asociación ha tenido varias expresiones públicas en sus pocos años de vida, destacándose la muestra “4 Décadas de Cómic Uruguayo” (expuesta en El Subte durante 2013) y los libros anuales colectivos “Verano” y el editado también en 2013 “Otoño”.

En “Otoño” se reúne material seleccionado mediante un concurso interno de la propia AUCH (que tuvo como único jurado al crítico y especialista argentino Andrés Accorsi) con la temática en común del otoño. Así, son 7 las historietas seleccionadas en definitiva, que nos muestran que significa la estación de las hojas caídas para los historietistas uruguayos (y un español nacionalizado entre ellos). Todas ellas siguen la misma estructura: historietas autoconclusivas de 8 páginas.

Ortiz
Ortiz

El libro (que tiene una espectacular portada a cargo de Richard Ortiz a partir de una idea de Alceo) abre con “Delirio”, escrita y dibujada por Leonardo Silva. Silva, artista que viene teniendo más y más presencia en el mercado local (su “Últimate Cow” publicado en la Revista Sidekick era de lo mejor de esa publicación y ya había participado como dibujante en “Verano”, ahora más recientemente prepara junto a su hermano Andrés la novela gráfica “Prócer Zombie”) aporta una pequeña historia de amor con ribetes oníricos, que destaca mucho en su arte. No cabe duda que se confirma como uno de los autores a los que hay que estar atento.

Rodríguez Juele
Rodríguez Juele
Alceo
Alceo

La segunda historieta es “El otoño es un linyera borracho” (guión de Alceo, dibujos de Nicolás Rodríguez Juele) y si no es la mejor del libro, pega en el palo. Alceo imagina una delirante competencia entre las estaciones, todas ellas enfocadas en ver cuál elimina más seres humanos de la faz de la Tierra. Alceo es otro de los que se confirma- si tal cosa era necesaria- en su caso como uno de los mejores guionistas uruguayos (su libro “El Viejo”, ilustrado por Matías Bergara, es así mismo otro gran ejemplo de esto) y Rodríguez Juele lo acompaña con gran altura, no en vano es uno de los dibujantes más experimentados de nuestro medio (responsable del díptico “Muxica” entre muchas otras obras).

Magnus
Magnus
Gezzio
Gezzio

“Guerra Secreta” es la tercera historieta del tomo y es el encuentro entre Magnus (guionista) y William Gezzio (dibujos). En clave de relato infantil, fresco y divertido, se nos cuenta una guerra entre seres subterráneos y unas misteriosas sombras, pero todo desmitificado, apoyado en un gran trabajo de Gezzio y pequeños mini chistes que va plantando Magnus en el devenir de la historia. Este último se cuenta entre los bienvenidos guionistas ascendentes (y viene con una carrera meteórica: dos Fondos Concursables ganados en años consecutivos, para su libro “Grimorio del Plata” y para el posterior “Crononautas”). En cuanto a Gezzio es imposible resumir su carrera sin dedicarle una nota al completo. Es uno de los más talentosos veteranos dibujantes en activo del país y se mantiene saludablemente al día, colaborando una y otra vez en nuevos proyectos.

Alvez
Alvez

Abel Alvez es español, nacido en Ferrol, Galicia, y residente en Uruguay durante varios años. Su aporte a la antología, “Mañana empieza el Otoño”, se desmarca del resto del libro, tanto por su encare grafico (profundamente minimalista) como por su argumento (hermanado con el horror lovecraftiano). Una interesante historieta para conocer al creador de “Zombess”, “Sangre y Sol” y “Aram el armenio”, entre otras.

Vecino
Vecino
Alcuri
Alcuri

La quinta historieta es “Mechas” del escritor, comunicador y periodista Nacho Alcuri y el dibujante Santiago Vecino. Si bien se puede acotar que el relato se pasa de críptico- nunca me quedó claro cual es su relación con el otoño, por ejemplo- los poderosos dibujos de Vecino valen por sí solos la lectura. Vecino es un experimentado artista dedicado en estos últimos años a la realización de “story boards” en cine (el remake de “Evil Dead”de Fede Alvárez contó con su trabajo, por ejemplo).

Roy
Roy
Maco
Maco

La penúltima historieta cuenta con la participació de Roy (guión) y Maco (dibujos), un combo que por fortuna se viene repitiendo bastante (en la Revista Lento, en el libro “Novelas Ejemplares”, en “Las Moradas” de Santa Teresa, entre otros). En “Serendipity” juegan con las casualidades y los desencuentros, así como con la reiteración gráfica de un mismo escenario en una misma página. Meláncolica y dueña de un humor triste, destaca también en el conjunto del libro.

Y el cierre está a cargo de Gabriel Ciccariello, uno de los más interesantes historietistas del momento. Ya en “Verano” era su historieta “Cantera” la mejor del volumen y aquí con “Una cabeza de muerto en un frasco” no se queda atrás. Una historia de infancia, aventura y descubrimiento, que destaca por la buena vibra que transmite tanto su argumento como sus dibujos. Luego de esta publicación la carrera de Ciccariello directamente estalló: ganó el mismo año el Concurso Nacional de Historietas de Mojito Colectivo Editorial (con la estupenda “Los Pasajeros Perdidos”) y el Onetti en Historieta (con “Sombras”) publicando ambos libros posteriormente.

En resumen, un muy buen libro que se sostiene por sí mismo pero que sirve también como muestrario de la buena historieta que se está produciendo a nivel local.

Roy Maco

Calificación: muy bueno
Edición de AUCH, 2013, con apoyo del Fondo Concursable para la Cultura
ISBN: 9-789974-993082

Micaela Moon, Miguel Avero

Con la reedición de “Micaela Moon”, surge el necesario planteo de si estamos o no ante una incipiente generación literaria. Cuando un libro se reedita es porque, al menos, desde el público lector, se ha definido una aceptación y una demanda, además de haberse demostrado cierta valía. Y Miguel Avero (1984) no se trata del único autor con un libro reeditado dentro de esta camada de escritores nacidos en los ’80 y que, como hemos dicho, bien podrían, aunque no haya una intención de manera explícita, ser partícipes de una generación. También se ha reeditado “El increíble Springer” de Damián González Bertolino (1980) tanto para nuestro público lector a través del sello HUM Estuario como para Argentina a través de la editorial Entropía. Y, para redondear con el género ensayístico, “Tomar el suelo por asalto” de Martín Palacio Gamboa (apenas mayor que los demás, nacido en 1977) es una compilación de textos críticos que ya habían visto la luz a través de medios virtuales y de prensa. Tres reediciones de libros de un grupo de autores “jóvenes” (para los demorados criterios uruguayos) cuya obra se comienza a publicar ya empezado el nuevo milenio dice mucho. Dice mucho de la expectativa, la confianza y la apuesta que generan en el público lector y en las editoriales locales y regionales. La nueva generación, que provisoriamente podríamos llamar “Generación del Milenio” (por haber nacido con el nuevo milenio), “Generación 21” (por el siglo en que surgen) o “Generación Blog” (en referencia a los nuevos soportes virtuales y digitales que forman parte ineludible del imaginario y la forma de producción de estos nuevos creadores) dará muchos frutos y se convertirá en un capítulo enriquecedor de la historia de la literatura uruguaya.

Pero dejando de lado los pronósticos, el relato que nos ocupa en esta reseña, relato o cuento, pero no novela, posee varios elementos que es necesario comentar.

Comencemos por lo ya adelantado en el párrafo anterior: no es una novela, es un cuento. Lo es por su brevedad, por la concisión escritural abocada a una sola acción, a un solo nudo narrativo, con un solo personaje realmente redondo, consciente y dotado de un lenguaje: el propio narrador. Los otros, al decir del poeta y crítico Mathías Iguiniz “no tienen profundidad ni volumen, son íconos sin un referente extralingüístico. Se trata de personajes-usuarios que se relacionan a lo largo del texto mediante las redes sociales”. En este sentido, en el final, se hace evidente la condición de solitario del protagonista, leyendo los poemas que fue a oír sin que nadie lo escuche realmente. El espíritu de “El túnel” de Sábato recorre sus líneas: con la muerte/no existencia de la amada se confirma la soledad enfermiza del amante.

“Micaela Moon” trata de la obsesión de un escritor/lector frustrado e improductivo por una hermosa escritora española, veinteañera, niña prodigio, que conoce por Facebook y que puede verse como su cara opuesta: exitosa, prolífera para su edad, ansiosa por conocer mundo (cuando la actitud del protagonista es más bien provinciana y ombliguista) y por relacionarse con los demás (de aquí surgen los celos del narrador por el amigo virtual de Moon llamado André). Esta escritora española promete visitar Montevideo para presentar su último poemario y el protagonista comienza una obsesiva cuenta regresiva hasta el día de la ansiada cita.

Por otro lado, el despliegue de la acción, basado en contactos a través de plataformas digitales, nos permite cuestionarnos el relacionamiento humano. Pero sería un error suponer que la referencia a las redes sociales es la causante de los males que infligen al protagonista: si este cuento es algo, ese algo es un revival del romanticismo, donde el héroe sufre por su propia obsesión hacia el amor imposible, no por el amor virtual en sí mismo.

Los males que aquejan al personaje no son virtuales, son demasiado reales. La soledad, la falta de sentido trascendente en su vida, lo obligan a abrazar la primera bandera que se le cruza. Del mismo modo, podemos cuestionarnos si Lotte es realmente el objeto de deseo de Werther o si esta es simplemente una excusa para que Werther queme lo que le resta de vida en una lucha por la búsqueda de la trascendencia.

También el tópico quijotesco de realizar una hazaña aparentemente imposible luego de la locura contraída por la lectura ensimismada adquiere una presencia insoslayable: la obra de Micaela Moon funcionarían como las novelas de caballería. El inconveniente del protagonista es la soledad extrema: es no tener un Sancho para medir su accionar, para reflejarse en un espejo opuesto, convexo, como sí pudo hacer Don Quijote, y lograr suavizar, relativizar, su perspectiva del mundo.

La brevedad es una virtud en esta obra. Si una sola cosa le sobra, es la parodia al crítico literario uruguayo Romario San Chiz; no porque no sea entretenido hacer este tipo de guiños, sino porque su introducción a la obra se da de forma muy aislada, poco orgánica, sin función narrativa alguna y sin retomar el guiño en otro momento de la obra. Simplemente se pierde.

El final de la obra es lo que hace de ella un muy buen relato: es el momento donde la lectura se vuelve vertiginosa, la trama se va cerrando sobre sí misma, perfecta, envolvente, vibrante, cargada de un aura mágica que llega a plantear cierto giro de literatura fantástica. El último poema del último libro de Micaela Moon justamente hace referencia al momento en el cual el protagonista lee dicho texto en esa noche: como una cinta de Moebius digna de “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar. Y es allí donde se establece, a mi entender, la hipótesis central: Micaela Moon es ese “otro” que un poeta recluido, enfrascado en el anonimato, reprimido, desearía ser, necesita ser, para hacer púbica su obra. Es, al fin y al cabo, una alegoría de la heteronimia, del Nickname, de la relativización de la identidad. “Madame Bovary c’est moi”, expresaría Flaubert en su momento.

Estoy un poco mareado, demasiado alcohol, tengo que apoyarme en las paredes para no perder el equilibrio, siento el creciente sonido de un lejano tambor. Dios… es mi corazón! Miro hacia el tumulto, un montón de rostros que no conozco, una voz que me presenta (hasta mi nombre me parece ajeno), leerá un poema de Micaela Moon…

Calificación: bueno.

Montevideo: Trópico Sur Editor, 2015.

ISBN: 978-9974-735-00-2