Un odio cansado, Martín Lasalt

Lasalt
Fin de Siglo, Mvdeo. 2019, 104 págs.

En apenas un lustro, desde la aparición de su primera novela, La entrada al paraíso (Ediciones de la Banda Oriental, 2014), Martín Lasalt ha pasado a ocupar un lugar central de la narrativa uruguaya contemporánea. Los sucesivos premios obtenidos por sus libros no significarían nada si no estuvieran sustentados por el hecho, simple y veraz, de que Lasalt es el orgulloso poseedor de una voz. Novela a novela, asistimos a las exploraciones de esa voz que prueba nuevos registros, y cada prueba, fallida o exitosa, es una forma de ganar seguridad, de seguir adueñándose de sí misma.

Seguir leyendo “Un odio cansado, Martín Lasalt”

Cuentos reunidos, Francis Scott Fitzgerald

****
Fitzgerald

Francis Scott Fitzgerald escribió alrededor de 160 relatos a lo largo de su vida, aunque para nosotros, los lectores actuales, su nombre vaya siempre junto a sus novelas: El Gran Gatsby, A este lado del paraíso y Suave es la noche. Menos famosas son Hermosos y malditos y la póstuma El último magnate. Pero, como señala Matthew J. Bruccoli en el prólogo de estos Cuentos reunidos, en su época Fitzgerald fue mucho más conocido por sus relatos que por sus novelas, del mismo modo en que fueron sus relatos los que se convirtieron en una importante fuente de ingresos para él. Casi sin excepción, las novelas de Fitzgerald fueron un fracaso económico. En cambio, “en 1929 ocho cuentos vendidos al Post le reportaron a Fitzgerald 30.000 dólares, mientras que los derechos de todos sus libros ascendieron a 31,77 dólares (incluyendo 5,10 dólares de Gatsby)”. Las cifras de distribución de las revistas que publicaban cuentos eran astronómicas. La más popular de ellas, el Saturday Evening Post (en la que Fitzgerald publicó 65 relatos), tenía un tiraje de 2.750.000 ejemplares por semana. Allí publicaron relatos autores como Willa Cather, Edith Wharton, Thomas Wolfe y William Faulkner. La historia de las revistas ilustradas como el Post está indisolublemente ligada a la historia de la literatura norteamericana del siglo XX.

Pero Fitzgerald no apreciaba demasiado su producción para las revistas. Para él se trataba de literatura menor, sentía que gran parte de su caudal creativo se estaba desviando del destino que había previsto: sus novelas. Y los críticos de la época estuvieron de acuerdo con él, despreciando sus relatos, aquellos encargos comerciales que el escritor se veía obligado a afrontar en detrimento de su proyecto novelístico. La short-story carecía de prestigio (y, en todo caso, ¿esto es un asunto del pasado?), los grandes escritores eran grandes novelistas que, entre una y otra obra importante, podían permitirse escribir cuentos a manera de entremés, pero éstos no podían ser la columna central de su obra. En el caso de Fitzgerald, lo cierto es que de no haber tenido el respaldo de las revistas debería haber recurrido a empleos que le habrían quitado toda su autonomía creativa, como ocurrió al comienzo y a final de su carrera (en los primeros años de la década del 20, se desempeñó como publicista en Nueva York; y en los últimos de la década del 30 fue guionista para la MGM, en Hollywood). Por otro lado, la escritura de relatos le sirvió a Fitzgerald como campo de prueba para sus novelas. Cada novela suya tiene un corpus de relatos subsidiarios relacionados a ella por idea, tono y trama. Muchas veces, una vez publicados, Fitzgerald canibalizaba estos relatos para incluir escenas y pasajes enteros en la novela en la que estaba trabajando en ese momento. Esto explica que luego se rehusara a publicar aquellos relatos en forma de libro. Pensaba que sacarlos de las revistas para darles otro status, otra perdurabilidad, no era conveniente si ya habían sido utilizados como material para una novela. Y del total de 160 relatos, Fitzgerald sólo incluyó cerca de una cuarta parte en sus cuatro colecciones de short-stories (Flappers and Philosophers; Tales of the Jazz Age; All the Sad Young Men y Taps at Reveille); para todos los demás deseaba un piadoso manto de olvido que, tal como se ve, todavía no los ha cubierto.

Pues bien, los 43 relatos reunidos en este volumen abarcan el periodo comprendido entre 1920 y 1940, prácticamente toda la carrera de Fitzgerald. Ordenados cronológicamente, se incluyen clásicos como “El extraño caso de Benjamin Button”, un par de novelas cortas: “Primero de mayo (SOS)” y “El joven rico”, y pequeñas joyas como “Regreso a Babilonia”, “La tarde de un escritor” y “Un viaje al extranjero”. Una lectura continua y sostenida produce el efecto de una ensoñación pues en muchos sentidos el mundo de la ficción fitzgeraldiana posee una levedad y un resplandor de ensueño que, aún variando en calidad e intensidad, se mantiene a lo largo de cada página. Por más que muchas veces se recurra a los golpes de efecto y los mismos asuntos se repitan de forma casi obsesiva, lo que queda claro al final es la comprobación tautológica del genio: si lo tenés, lo tenés. Y Fitzgerald lo tenía, aunque haya pasado casi toda su breve vida intentando extraer de él algo de felicidad para sí y los suyos.

Dado que un análisis detenido y profundo excedería el espacio habitual de una reseña, descartaré ciertos tópicos que merecerían muchas páginas de comentarios y me concentraré en uno que me parece particularmente interesante: la economía emocional de sus personajes. Los personajes de Fitzgerald, sus jóvenes pobres, locamente enamorados de chicas ricas; y sus chicas ricas, decididas a entrar a la vida y atravesarla con la fuerza de su plenitud y su belleza, aquellos que eran jóvenes y radiantes en EEUU en las primeras décadas; se encontraban atrapados en un nuevo orden de cosas, un orden para el que no tenían otra cosa que su instinto de cachorros. La experiencia de sus padres y madres ya no sirve, son palabras que hablan de otro siglo, otro mundo: están solos. No poseen una noción del transcurrir, son seres a-históricos, una nueva clase de hombres y mujeres: ricos, jóvenes, fuertes y optimistas en un país que los toma como modelo, flotando en el presente perpetuo, en lo más alto de la nada. Si Faulkner construyó su literatura desde el fondo de la historia norteamericana, y sus personajes eran hombres que daban vida a los antiguos y oscuros dioses fundadores a través de sus historias ancestrales; Fitzgerald se ocupa de las historias de los nuevos dioses resplandecientes: púberes urbanos, sofisticados y cosmopolitas, incapaces (y sin intenciones) de construir una mitología.

Volvamos al punto de la economía emocional. Uno de los grandes temas de Fitzgerald es el de la irreversible pérdida de la inocencia. Más de una vez se refiere a ella como a un fenómeno termodinámico. Un cuerpo con determinada cantidad de calor entra a un sistema más frío y al cabo de un tiempo acaba enfriándose hasta igualar la temperatura del sistema: su calor se ha disipado. En “El palacio de hielo” (1920), la metáfora se vuelve literal. La joven sureña Sally Carroll viaja al norte con su prometido para conocer a su familia. Aquí, el cambio climático corre paralelo a las diferencias idiosincráticas entre sureños y norteños, y el frío real, físico, se convierte para la protagonista en una manifestación de la frialdad de espíritu de la gente del norte. Aquellos Estados prósperos y exitosos son el futuro del país, pero el precio del triunfo económico parece ser el de sosegar el calor de los corazones. Esta cita de “Dados, nudillos de hierro y guitarra” (1923), puede ser ilustrativa:

El otoño había llegado pronto. Cuando Jim Powell se despertó a la mañana siguiente encontró fría la habitación, y el fenómeno de su aliento helado en setiembre absorbió su atención un instante, borrando el día anterior. Y entonces, la desdicha le deformó la cara, porque recordó la humillación que había puesto fin al alegre esplendor del verano.

Un cuerpo inerte no puede decidir resguardar su calor, atesorarlo, del mismo modo en que un sistema frío no elige absorber el calor de los cuerpos calientes que ingresan en él, puesto que la termodinámica no se rige por la moral, ni está subordinada a la ética. Es significativo que esta idea “natural” pertenezca a las primeras obras de Fitzgerald, su novela A este lado del paraíso y los relatos relacionados con ella. Más adelante, con El gran Gatsby y cuentos como “Lo más sensato”, la física básica deja paso a la economía para explicar los flujos de energía emocional. Ahora, el amor se entrega como una apuesta, una inversión en la Bolsa. La pasión es calculada, premeditada al detalle. Hombres y mujeres compran el calor ajeno con su belleza y encanto, con la expresa voluntad de hacerlo, luego lo consumen, lo disfrutan, y más tarde lo desechan, todo a la velocidad de sus necesidades. Ante una lógica así, los personajes como Gatsby, perpetuamente inocentes, de una calidez casi inagotable, sólo pueden someterse a las reglas y tratar de ganar dentro del sistema, porque no hay nada fuera del sistema. No hay rebeldes, en Fitzgerald, por un lado hay desgraciados que fracasan trágicamente en sus intentos de triunfar, y por otro, personajes que en base a su ingenio, talento o buena fortuna, consiguen al final lo que buscaban. Pero todo ocurre en un orden de cosas en el que las emociones y los sentimientos funcionan como bienes transables que deben ser administrados con sensatez, que no pueden ser compartidos a la ligera, a riesgo de perderlos. Dos ejemplos más, separados por veinte años.

—No —dijo—, no voy a seguir contándotelo. Me lo estoy pasando demasiado bien, y temo perder un poco de esta alegría si la comparto con alguien más. (de “El Pirata de la costa”, 1920).

Duerme. Fue imposible: cuando me encontré con tu belleza, no quise malgastarla, pero la malgasté, no sé cómo. Duerme. Es lo único que te queda. (de “Último beso”, 1940).

El cuento que mejor ilustra la idea anterior es “Bancarrota emocional” (1931), el último de la serie de relatos protagonizado por Josephine Perry, quien “tenía la estatura perfecta para sus diecisiete años y una belleza que florecía maravillosamente”. El problema de Josephine es que, a pesar de su juventud, ha vivido demasiado. No ha sido sensata con el manejo de su capital emocional. Ha llegado el príncipe, un joven aviador francés, héroe de guerra, y todo parece perfecto. Luego de largos prolegómenos, por fin quedan solos. Se besan, pero ella no siente nada. Vuelven a besarse. Nada, otra vez. El héroe francés, herido en su orgullo, se marcha para siempre. Y ella:

Se sentía muy cansada y se echó boca abajo en el sofá. Era terriblemente consciente de que todas las frases hechas son verdad: nadie puede gastar y poseer a la vez. Había tenido el amor de su vida al alcance de la mano, pero, cuando buscó en su cesta vacía, no encontró ni una flor que poder ofrecerle, ni una. Se echó a llorar.

Del hedonismo a la apatía, ese parece ser el recorrido vital de la generación flapper, incapaz de ver la guerra como otra cosa que una oportunidad romántica de llenar de misterio y sentido una vida. Ciegos al horror real. Ensimismados. No es curioso que aparezca con frecuencia en las historias de Fitzgerald el personaje que inventa fabulosos recorridos por tierras exóticas o misteriosas tramas de intrigas (“El Pirata de la costa”, “Rags Martin-Jones y el Pr-ncipe de G-les”) para volverse atrayente a los ojos de una chica indolente.

Bastaría conocer someramente la biografía de Fitzgerald para intuir el porqué de esta recurrencia tan insistente en los aspectos económicos como reguladores de las relaciones personales. Sin embargo, la aproximación histórica puede arrojar un poco más de luz al asunto, pues no parece casualidad que una literatura como la de Fitzgerald surgiera precisamente en ese lugar y en ese momento, cuando el mercado tomó con firmeza las riendas de la sociedad, la política y la sensibilidad individual.

Empieza con un individuo y, antes de que te des cuenta, te encontrarás con que has creado un tipo; empieza con un tipo y te encontrarás con que has creado… nada, absolutamente nada. Y es que todos somos bichos raros, mucho más raros tras nuestras caras y nuestras voces que lo que dejamos que los otros adivinen, o de lo que nosotros mismos sabemos. Cuando oigo a uno que se proclama a sí mismo «un hombre normal, leal y honrado» estoy completamente seguro de que padece alguna precisa y quizá terrible anormalidad que intenta disimular, y que su declaración de que es normal, leal y honrado es una manera de recordarse a sí mismo sus imperfecciones. (de “El joven rico”, 1926).

[Descarga el libro]
Calificación: muy bueno.
Traducción: Justo Navarro.
Edición y prólogo: Matthew J. Bruccoli
Editorial Alfaguara, Madrid, 2010.
ISBN 9788420405735

Los mejores cuentos de Saki, H.H. Munro

Munro
****

Héctor Hugh Munro (cuyo seudónimo literario fue Saki),  nació en 1870 en Birmania, hijo de un escocés que ocupaba el cargo de inspector general de la policía birmana (como se sabe, en esa época el mundo era de Su Majestad). La madre de Saki murió corneada por una vaca. Este detalle tiene su importancia. El niño sin madre fue trasladado a Inglaterra, para ser criado junto a su hermana Ethel, con bastante severidad por ciertos parientes. Ya en su juventud regresó a Birmania y, siguiendo los pasos de su padre, se convirtió en agente de policía, pero la precariedad de su salud le obligó a buscar una ocupación más reposada. Eligió el periodismo. En paralelo, comenzó su carrera como escritor de ficción. Más tarde se alistó como soldado raso para combatir en la Primera Guerra Mundial y un francotirador alemán le puso fin a su vida cerca de Beaumont-Hamel, Francia, en 1916.

Los doce cuentos breves reunidos en este volumen son una buena muestra del talento de Saki y de sus temas y métodos preferidos. Sin pretensión de ser exhaustivos podríamos hablar de lo salvaje, lo bestial incontrolable, que viene a irrumpir (con aterradora naturalidad) en un orden social que ignora su propia fragilidad. Hay aquí un impulso que podría identificarse con ciertas intenciones lovercraftianas, pero ese impulso no se eleva a la magnitud colosal de las oscuras divinidades antediluvianas creadas por Lovercraft, sino que encuentra su justa expresión en un nivel más terrenal. Y es que, al fin y al cabo, para un hombre desarmado no hay mucha diferencia entre vérselas con Cthulhu y hacerlo con un enorme lobo hambriento. Más allá del chiste, es necesario señalar que hay algo aterrador en Saki, algo que funciona aterradoramente bien, y es el manejo del tono de sus relatos, en los que un cómico cinismo funciona como entrada oblicua al asunto. Digámoslo: el humor de Saki no mejora las cosas, pues se trata de un humor que está siempre preparado para dejar lugar a algo más. Uno no puede distraerse con la ironía o la mordacidad porque hay algo en ellas que anuncia, como en una segunda voz por debajo de la melodía principal, la terrible verdad: somos un chiste, la cultura humana es una broma, la ciencia es burda, una delgada capa de hielo sobre un lago al inicio de la primavera. Las apariciones de lobos, hienas, bueyes, ciervos, hurones y gatos parlantes son resquebrajaduras en el hielo. Yendo un poco más allá en la comparación con Lovercraft, para Munro no existe la necesidad de que una gran deidad terrible se levante de lo profundo para aniquilar la vida humana, pues la verdad del mundo, la verdad subyacente, es que la fuerza natural de la vida es tan poderosa que jamás se ha dormido. Hay aquí algo de un tardío romanticismo vitalista y, a la vez, atávico. Mientras leía, pensé en algunos poemas y pinturas de William Blake.

-Esto es muy salvaje –le dijo a Mortimer, que se le había reunido-, hasta se podría llegar a pensar que en un lugar como éste no haya desaparecido completamente el culto a Pan.
-El culto a Pan nunca desapareció –afirmó Mortimer-. De vez en cuando la atención de sus devotos ha sido distraída por nuevos dioses, pero él es el Dios de la Naturaleza a quien todos deben regresar tarde o temprano. Ha sido llamado Padre de todos los Dioses, pero la mayoría de sus hijos nacieron muertos.
-Supongo que tú no crees realmente en Pan –dijo Sylvia, incrédula.
-Yo he sido un imbécil respecto de la mayor parte de las cosas –respondió Mortimer tranquilamente-, pero no soy tan imbécil como para no creer en Pan cuando estoy aquí. Y te aconsejo que no dudes de él demasiado abiertamente mientras estés en sus dominios.
(de “La música en la colina”).

A la sofisticación de la sociedad victoriana (racionalista, positivista, puritana), Munro le cuenta historias absurdas, graciosas, crueles, terribles, haciéndole remangar la nariz. Y algo más, la concepción de la mal. Munro no emite juicios. Sus narradores se mantienen discretamente al margen de la cuestión. La naturaleza no es bondadosa o malévola, la naturaleza simplemente es lo que es. Sus leyes no son morales, y la ausencia de moralidad es preferible a la falsa moralidad. Esa parece ser la letanía que suena detrás de algunos cuentos. Frente a las artificiales estructuras de una sociedad concebida como farsa seriamente representada, basta un gesto mínimo, una nimiedad poderosa, para que todo tiemble. El efecto del temblor puede ser espeluznante. Un ejemplo muy claro de la cuestión del mal se da en el cuento “Esmé”. El horror no se da allí en la hiena o en la muerte del niño gitano, sino en la calma con el que la narradora acepta las circunstancias y busca el máximo provecho de ellas. La fría impasibilidad ante lo horrible es peor que el horror mismo.

Podría leerse a Munro desde muchas perspectivas distintas. El acercamiento psico-biográfico la prematura muerte de su madre y una infancia demasiado rígida bajo la tutela de un par de tías (retratadas sin piedad en los magníficos cuentos “Sredni Vashtar” y “El cuarto de leña”); mientras que el acercamiento histórico-geográfico podría atender a la oposición entre la ordenada civilización imperial británica y la caótica barbarie colonial birmana, así como a la transición entre siglos, el avance apabullante del progreso, los primeros embates del psicoanálisis, la muerte del Dios cristiano. O podría simplemente leérselo como a un narrador de historias capaz de provocar en sus lectores una carcajada, un suspiro o un grito reprimido, todo en el mismo párrafo.

Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión (…)

Sredni Vashtar avanzó,
Rojos sus pensamientos, blancos sus dientes,
sus enemigos clamaban piedad, pero él les daba muerte
Sredni Vashtar, el hermoso.

En el siguiente link encontrarán una buena cantidad de cuentos de Saki, todos los que corresponden a esta antología y algunos más: [Cuentos de H.H.Munro]

Calificación: muy bueno.
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1985.
Prólogo de Washington Benavídez.
Traducción: —
ISBN: —

La causa secreta y otros cuentos, Joaquim Maria Machado de Assis

*****
Machado de Assis

Se trata de un libro de cuentos ejemplar. Machado de Assis debe ser el primer gran narrador de la literatura iberoamericana. Me llevaron a este libro las ansias de confirmar de una vez y para siempre sus bondades. Hace unos años había leído su obra cumbre, Memorias póstumas de Brás Cubas, una novela en la que el narrador y casi todos los protagonistas, mucho antes que el Pedro Páramo de Rulfo, están correspndientemente muertos. En aquel momento me había encantado esa novela. Me había parecido superior. Y supuestamente era lo mejor de su extensa producción. Pues bien… debo decir que este libro de cuentos algunas veces iguala y otras supera a la mencionada novela.

Creo que la pregunta es algo así: ¿qué es lo importante para Machado de Assis? Aquí creo que varios de mis amigos se van a poner contentos. Dice uno de sus personajes:

– Ya lo entenderás. Los hechos explicarán mejor los sentimientos. La mejor definición de amor no vale un beso de una muchacha enamorada; y si bien recuerdo, fue un filósofo de la antigüedad quien demostró el movimiento andando.

Con esta premisa, las cuentos fluyen con ánimo aventurero y el verbo es siempre protagonista. Generalmente se trata de una anécdota central que sirve para desarrollar un personaje con una o dos manías severas que después quedan al desnudo. En la causa secreta, por ejemplo, el protagonista siente un marcado interés por presenciar (y disfrutar) el dolor ajeno:

García, ante él, lograba dominar la repugnancia del espectáculo empeñado en observar la cara del hombre. Ni rabia, ni odio; tan sólo un vasto placer apacible y profundo, como cualquier otro lo experimentaría oyendo una bella sonata o contemplando una estatua divina, algo parecido a la pura sensación estética. Le pareció, y era verdad, que Fortunato lo había olvidado completamente. Siendo así, no estaba fingiendo, y las cosas debían ser de ese modo, no más. La llama iba muriendo, no era posible que hubiese en el ratón un solo residuo de vida, sombra de una sombra como era; Fortunato aprovechó para cortarle el hocico y bajar por última vez la carne hasta el fuego. Por fin, dejó caer el cadáver al plato, y apartó de sí toda aquella mezcla de carne chamuscada y sangre.


Al incorporarse vio al médico y se sobresaltó. Entonces, se mostró enfurecido con el animal que le había comido el papel; pero la cólera evidentemente era fingida.


“Castiga sin rabia”, pensó el médico, “por la necesidad de encontrar una sensación de placer, que sólo el dolor ajeno le puede brindar: no es otro el secreto de este hombre.”


Fortunato subrayó la importancia del papel, el trastorno que le ocasionaba su pérdida, el tiempo que le insumía rehabilatarse de su falta justamente ahora en que cada minuto era preciso. García se limitaba a oír, sin decir nada ni darle crédito. Recordaba sus actos, graves y leves; a todos les encontraba la misma explicación. Era el mismo cambio de teclas de la sensibilidad, un diletantismo sui generis, una reducción de Calígula.

El resultado es el descubrimiento de una humanidad bizarra y decadente. En esas fronteras se mueve Machado de Assis y en ellas retozan esta serie de personajes trágicos y luminosos. Es increíble, además, lo parecidos que resultan estos relatos (en extensión, tema y forma) a algunos de Guy de Maupassant, que era más o menos contemporáneo.

Sin mucho más que agregar, los dejo con mi primer excelente.

Calificación: Excelente.
Editorial: Centro editor de América Latina, Buenos Aires. 130 págs (letra chiquitititita).

Os limites do impossível, Aldyr Garcia Schlee

Aldyr Garcia Schlee
***

Aparentemente, el libro es un conjunto de doce historias, cada una de ellas con el nombre de una mujer por título. El primer relato empieza con lentitud, casi anodino, relatando el amor platónica de una muchacha recluida por el lechero que llega todos los días. Lo que pasa es que no pasa nada. Sin embargo, el texto descriptivo abre la puerta a la trama familiar que se verá en adelante, donde hay una madre, un padre y el futuro matrimonio arreglado con el desconocido recién llegado. El cuento es machacón, ya que la voz de la protagonista, que le habla en segunda persona al lechero ya ausente, va repitiendo lo mismo, denotando el encierro del que es objeto.

Los relatos sucesivos van convirtiendo la idea de “cuentos” en lo que se percibe como un hilo narrativo que liga los que ya empiezan a verse como capítulos de una novela de ritmo en aumento. El engaño en cuanto al género discursivo es parte del espíritu lúdico del autor, que de historia en historia va dosificando la expectativa. Las miradas de las mujeres del libro configuran un panóptico que lentamente va cercando y forzando a avanzar un relato que no se ha hecho aún con fuerza en Uruguay: el de la familia que tiene como patriarca y padrillo a Carlos Escayola, un jefe absoluto de Tacuarembó cuya batuta es su pene insaciable y ajeno a todo escrúpulo. Se explora la secuencia de matrimonios del Coronel desde la visión que pudieron haber tenido las involucradas. Una atmósfera calenturienta de fiebre de oro florece en un prostíbulo y en nacimientos a granel. El grupo de historias va tornándose una vorágine que, como un embudo, desemboca en el nacimiento velado de un niño que se llamará Carlos.

Capítulo aparte merece la exploración de un lenguaje de frontera. El libro está escrito en portugués, pero las voces de los personajes evidencian un mapa lingüístico de fronteras  bien difusas. Esta vocación fronteriza, largamente transitada por Schlee, lo inunda todo. En lo estético y en lo ético. En Uruguay debería leerse.

Nós sabemos que a dedicação existente era por conta de adoração. Sabemos que, mais do que tudo, Cisa adorava Juana. Achava Juana a mulher mais bonita como nunca tinha visto outra igual ou parecida; a mais bonita: de todas bonita sempre bonita, muito bonita –bonita desde pequena, desde moça, até depois de casada.
Desde guria ela acompanhava Juana no banho: tomavam banho juntas. Uma ajudava a outra a se despir, uma tratava de ensaboar a outra, uma dedicava-se a lavar a outra, a perfumar e a secar o corpo da outra (o corpo de Juana, que Cisa não se cansava de olhar, de tocar, de admirar –e que já não poderia esquecer).

Aí Juana diria não e lhe levaria a mão por baixo da saia, afrouxando-se o vestido. Cisa então lhe enfiaria a mão entre as pernas, as pernas de Juana, tocando-lhe as coxas, afagando-lhe as coxas, na direção pretendida.

Calificación: Bueno.

Título completo: Os limites do impossível. Contos gardelianos
Editorial: ardotempo, Porto Alegre, 2009. 201 págs.
ISBN 9778-85-62984-00-6