La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han

Byung Chul Han
Herder editorial, Barcelona, 2019, 118 págs.

El análisis de dos libros del filósofo surcoreano, Byung-Chul Han —probablemente el nombre más popular de la filosofía mediática de los últimos años—, nos acerca a las líneas predominantes de su pensamiento y a la sugestiva potencia de su teoría para diagnosticar nuestro tiempo. Sin embargo, también nos revela el atasco aparentemente irresoluble en el que la era digital del tardocapitalismo nos ha metido.

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Señores niños, Daniel Pennac

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Pennac

El título de esta novela plantea una inversión de los valores imperantes. Permite plantearse la hipótesis de lectura de que hay implícita una ética y unos valores desafiantes. ¿Por qué? Porque, al menos desde la posición de un uruguayo que tiene número de funcionario en la educación pública, refresca el punto de vista. Los lectores extranjeros de este blog deberán tener en cuenta que, cuando se habla de “educación” en este país ignoto, se oye hablar del cumplimiento o no de acuerdos políticos, de reivindicaciones gremiales con sus consiguientes huelgas con paro de actividades (a mi entender inútiles y contraproducentes), de la decadencia del sistema público, de violencia (de los docentes, de los alumnos, del entorno), del presupuesto o del estado ruinoso de los edificios, así como de las asimetrías en los aprendizajes según las zonas geográficas. Es decir, se habla de la majada, vista desde un helicóptero cuyo ruido no permite diferenciar las voces de lo que parecen ser ovejas o lobos disfrazados de ovejas pero podrían ser gente. Pennac le da el título de “señores” a quienes debieran ser el foco de la educación.

La idea es simple. Tres alumnos reciben, como castigo por algo que hacen en clase, el deber de escribir una redacción con la consigna de que un día, al levantarse, se han convertido en adultos y sus padres en niños. El verdugo de Igor Laforgue, Joseph Pritsky y Nourdine Kader, niños de orígenes étnicos diversos y con problemas domésticos también distintos, debe sufrir, como lo han hecho treinta generaciones, al inefable profesor Albert Crastaing. Debo decir que lo sufrí un poco porque también he mandado redacciones con consignas a mis alumnos. Y estoy seguro de que por muchos momentos me he olvidado de que, como docente, los jefes deben ser ellos. (Ábrase el fuego de la polémica: ¿pueden dar órdenes?, ¿pueden exigir resultados?, ¿quejarse?, ¿destituirnos?).

La tarea les pesa, al mismo tiempo que también los atribulan sus circunstancias familiares. Crastaing tuvo la precaución, además, de citar a los “señores padres” a hablar con él, convocatoria que uno de los progenitores se resiste tenazmente a firmar, lo que deriva en un intento sexual de convencimiento por parte de la esposa. El caso es que, nadando en contra de su propia corriente, los gurises, que andan en los trece años, se disponen a cumplir con el deber. El resultado es que la producción del texto incide del modo más literal en la realidad, ya que, de buenas a primeras, los jóvenes amanecen en cuerpos adultos y sus padres se ven reducidos en edad y en centímetros. Este giro fantástico deriva en situaciones francamente grotescas y es mediante esta inmersión en el humor que se dejan ver los roles del adulto y del niño, así como la influencia de la niñez en la adultez, especialmente en el caso de Crastaing.

El libro interpela y divierte. No obstante, quedo con la picazón esa que tengo siempre: ¿hasta dónde el pensamiento puede expresarse mediante la narrativa?, ¿puede el texto ser pretexto para inocular otro texto? En este caso, la imaginación y el delirio desbordan el recipiente de la idea, así que la balanza se inclina hacia la sonrisa.

Nota: A lectores rioplatenses o hispanoamericanos en general podría interesarles que hubiera una traducción adecuada a su dialecto, ya que la proliferación de coloquialismos de Pennac son resueltos en un registro ibérico que a algunos podrá hacérseles distante. A mí, en realidad, me divierte escuchar una voz distinta y me provoca a usar la mía.

Tres pequeños gilipollas que ofrecen un minuto de recreo a su crastaingitis. Citémoslos:
1) Igor Laforgue, sexta fila, junto a la ventana, que mete ostensiblemente una hoja muy interesante en su clasificador de francés.
2) Joseph Pritsky, su amigo y vecino, que se la quita con la rapidez del relámpago mientras Crastaing les da la espalda.
3) Nourdine Kader, que se inclina sobre los otros dos para no perderse nada de una eventual juerga.

Mientras, Crastaing prosigue su corrección recorriendo los pasillos:
-¡La verdad es que la familia es una especie en vías de desaparición! Nos machacan la pérdida de los valores familiares. ¡Tonterías! ¡Lo que ha desaparecido es la propia familia! Completamente disuelta por las enzimas mediáticas. La televisión fabrica generación espontánea y ustedes son el desastroso producto de esa manufactura.

Calificación: bueno
Título original: Messieurs les enfants
Traducción: Manuel Serrat Crespo
Mondadori, Argentina, diciembre de 2011, 234 págs.
ISBN: 978-987-658-101-1

Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke

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Rilke

Yo había leído estas cartas por internet, pero no resistí el impulso de comprarme el libro para releerlas recostado en la cama. Los libros son también un objeto físico, y cuando acunamos las palabras entre las palmas ligeras, si el mensaje es bueno, podemos sentir también la dimensión física y completa de la palabra. Este librito exiguo y liviano no tarda en volverse tibio como un bebé que te mira directamente a los ojos.

Las “Cartas a un joven poeta” que Rilke escribió en el tránsito de 1903 a 1904 al joven Franz Xaver Kappus coinciden con un cambio radical de su estética. Rilke abandonaba por entonces su perfil más hermético e intimista para desplazarse a un terreno más plástico e impersonal: lo que hace de este libro algo así como el punto medio de una encrucijada, el sitio mismo donde comienza y termina un impulso.

Las diez cartas son un testimonio fiel de una sensibilidad desbordante. Uno puede llegar a sentir envidia, sana envidia ante tanta seguridad, ante la exhibición de un mundo interior tan turbio como maduro y reconocible. Aquí el poeta habla de muchas cosas: del amor, la soledad, la mujer, el ocio, el sexo, etc… Siempre con modestia y una oscura felicidad. Pero hay un tópico que nuclea a todos los otros, y es el de la creación. La creación y sus misterios. Pareciera que todo lo dicho no puede decirse si no se proyecta o se mira desde la pretensión de crear. ¿Y qué es crear para Rilke? Pues sencillamente vivir, dejarse vivir en soledad y sin apremios: “(…) ser artista quiere decir no calcular ni contar; madurar como el árbol, que no apremia a su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano. Pero viene solo para los pacientes, que están allí como si tuvieran por delante la eternidad, de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos”. Habría que aclarar que esta soledad tan ponderada no se remite a la idea del individuo alienado y escindido de las dinámicas sociales. No, no. La cosa va por otro lado. Rilke se refiere a ese “sentirse distinto” en medio de la muchedumbre, sin despreciar o malgastar energía en penalizar al grupo, porque el grupo es también una arcilla, el gérmen de otra verdad que aguarda ser desentrañada o al menos justamente sentida.

Para Rilke la belleza está en todas partes, y es tarea del poeta desenterrarla para hacerla relucir ante los ojos del mundo. El poeta no debe culpar la realidad si esta se muestra en apariencia precaria y estéril. Es el propio poeta quien debe culparse por no ser lo suficientemente bueno como para captar honestamente ese recóndito fulgor. El problema, según se plantea entre líneas, no está en el mundo. Está en el hombre.

En todo este sincero y no tan breve tratado de verdades, Rilke nunca se detiene en recomendaciones técnicas. Su noción de arte se halla en otro sitio, y el discurso se concentra en cómo propiciar un camino vital hacia la introspección. Allí, dentro del poeta, está la semilla de una selva. Nada de lo que nos ocurre está mal, porque todo es una forma de enriquecimiento. La peripecia es en verdad un jaque que nos pone en alerta y nos obliga no sólo a ser concientes de la dimensión del tablero, sino a ser de algún modo ese tablero, y así desplegar la táctica más original de la que somos capaces. El hombre en el problema se reconoce y se completa: “¿Por qué quiere excluir de su vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía, si no sabe lo que esas situaciones producen en usted? ¿Por qué quiere perseguirlas preguntando de dónde viene todo eso y adónde quiere ir a parar? (…) Si algo le es molesto en sus procesos piense, sin embargo, que la enfermedad es el medio con que un organismo se libera de lo extraño…” Parece ser que el poeta –o el artista, para serle más fiel al autor- es una suerte de centro donde confluye el orden natural de las cosas. De nada sirve querer intervenir en ese proceso de confluencia. Intervenir es esperar, haciendo cada vez más sólida la convicción de que estamos solos. Buscando allí, enteramente solos, la respuesta.

El libro es un goce. Y más que un goce, un consuelo.

“La gente (con ayuda de convenciones) lo ha disuelto todo hacia lo fácil, y hacia el lado más fácil de lo fácil; pero está claro que nosotros debemos mantenernos en lo difícil; (…) Sabemos poco, pero el que hayamos de mantenernos en lo difícil es una seguridad que no nos abandonará; es bueno estar solo, pues la soledad es difícil; que algo sea difícil debe ser una razón más para que lo hagamos.”

Calificación: excelente
Título original: Briefe an einen jungen Dichter
Traducción de José María Valverde
Editorial Alianza, Madrid, 2005.

Ser escritor, Abelardo Castillo

Abelardo Castillo
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Leer un libro en el que un escritor se ponga a escribir sobre su oficio es siempre una experiencia riquísima. Por la negativa o por la positiva, en el sentido de que uno siempre está buscando contrastes, afinidades, etc. En el caso de mi lectura de “Ser escritor”, del argentino Abelardo Castillo, no hubo nada de “negativo” como si su arte poética llegara a serme indiferente. Todo lo contrario…
“Ser escritor” es en realidad una miscelánea de textos que proceden de

diversas fuentes (recortes de artículos para revistas o suplementos, entrevistas, diarios personales, etc.) y que el autor seleccionó con la colaboración de Vicente Battista. Por eso mismo uno se puede encontrar con un libro ágil, entretenido por momentos y siempre profundo. Aunque si habría algo que le tendría que achacar es cierto impulso reticente o de cautela extrema que se nota a lo largo de muchas de sus afirmaciones sobre el credo de escribir. Varias de las sentencias, citas, consejos u opiniones (siempre sumamente estimables, desde luego) están formuladas desde una negación de algo por lo que se demuestra un determinado valor, o lo enclenque de cierto valor preestablecido en el mundo de los escritores que empiezan a escribir o simplemente tienen el deseo de hacerlo. No tengo problemas mayores con eso, salvo que los libros de este tipo deberían dejarte con un impulso o una emoción grandes por escribir. Hablo de que en muchos momentos el libro parece regido por aquella figura retórica del “lítotes”. Pero es tan sólo una opinión, por supuesto.
Más allá, mucho más allá de la pasada consideración uno puede encontrarse con páginas realmente bellas, como las opiniones de Castillo sobre la huella que dejó la obra de Freud a la hora de leer Literatura, un par de estampas sobre Cortázar y, en especial, sobre Borges, y sus consideraciones acerca del realismo o de la “realidad de escribir”: “¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido La segunda es precisamente la que hoy no parece estar de moda: el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe”. Verdaderas frases que te tocan y que te generan las ganas de apuntártelas recuadradas en alguna libreta, para siempre (bastante).

La realidad es más vasta y más cambiante, y más sorprendente, de lo que capta por lo general un profesor de estética. Vivir en Grecia, en tiempos de Homero y no hablar de dioses, coturnos alados y gigantes de un solo ojo, siendo poeta, hubiera sido una casi monstruosa mistificación de la realidad. La objeción de que gigantes y dioses no existían es harto bárbara. En principio, porque si Homero no cabe en el realismo, peor para el realismo, y luego porque la realidad -la confusa y mítica y disparatada realidad humana- admite dragones y centauros, toneles donde encerrar los vientos, y violaciones de muchachas del tamaño de un clítoris, sobre todo si uno vive en la Hélade unos mil años antes de Cristo. Y digo ‘sobre todo’ por una especie de cortesía.

Calificación: Bueno.

Editorial: Seix Barral, Buenos Aires, 2007.
ISBN: 978-950-731-555-8