Ciencias ocultas, Mike Wilson

Mike Wilson
Fiordo, Buenos Aires, 2019, 128 págs.

Ciencias ocultas (2019) es un solo párrafo de más de cien páginas, un sólido bloque de texto que comienza con “un cadáver fresco, tendido, bocabajo, sobre la alfombra”. El cadáver está en el centro de un cuadrado formado por dos mujeres, un hombre y un perro. Este inicio, que parece remitir a un problema del policial clásico —incluso al juego de mesa Clue—, genera expectativas convencionales que con el correr de las páginas se verán minuciosamente frustradas.

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Magnetizado, Carlos Busqued

Carlos Busqued
Magnetizado

En septiembre de 1984, en el correr de la misma semana, se produjeron cuatro asesinatos en Buenos Aires. Tres de ellos en la zona de Mataderos, el cuarto cruzando la General Paz. Las cuatro víctimas fueron taxistas. Los cuatro asesinados de la misma manera: un disparo calibre .22 en la sien. Los cuerpos, abandonados sobre el volante de los autos inmóviles. En ningún caso faltaba nada más allá de la documentación del auto y del chofer. Más que una serie de crímenes, el mismo asesinato repetido con exactitud cuatro veces. Por espacio de un mes la policía bonaerense buscó inútilmente al asesino, hasta que se presentó en jefatura un muchacho que decía que su hermano Ricardo tenía guardados todos los documentos de las víctimas. Al ser detenido, Ricardo no sólo no negó los crímenes, sino que ayudó a vincularlos entre sí -el que no había ocurrido en Mataderos todavía no había sido asociado a los otros tres- y confirmó todos los detalles sin resistirse. El único punto que permaneció a oscuras fue el porqué. Ricardo Melogno no puede, hasta el día de hoy, explicar qué lo llevó a matar a esos cuatro hombres.

El escritor chaqueño Carlos Busqued -muy popular por su novela “Bajo un sol tremendo” y más todavía por la adaptación cinematográfica que Adrián Caetano hiciera de ella en “El otro hermano” (adaptación que Busqued a repudiado públicamente)- realiza en esta serie de entrevistas un trabajo estupendo. Permaneciendo casi que anónimo -su aparición se limita apenas a una medida serie de preguntas que ayudan a Melogno a llevar un hilo conductor- en el proceso y reordenando luego las entrevistas para dar una coherencia cronológica, nos ordena la vida de Melogno antes, durante y después de la ola de asesinatos. Un Melogno criado por una madre déspota -muy metida en el mundo del espiritismo y la religiosidad, aspectos que acompañaran al homicida durante toda su vida-, un Melogno que desconecta en cierta manera del mundo real y en lo que los peritos forenses psiquiátricos dictaminarían luego como brote psicótico realiza los cuatro asesinatos, y luego los más de 35 años que ha pasado por distintas entidades y nosocomios carcelarios, en lo que es verdaderamente un descenso a los infiernos.

Melogno reconstruye su historia -para Busqued y para nosotros, los lectores- con minuciosidad, con frialdad pero también con cierto grado de empatía hacía aquello que hizo -no me atrevería decir arrepentimiento- y en las largas entrevistas se va dando conocer de a poco, con pequeños detalles, aspectos. Y uno no termina apiadándose del asesino pero si termina por empatizar un poco, sobre todo cuando dice cosas como (consultado al respecto de qué hará si algún día recupra su libertad): “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. Esa deuda pendiente, de ser uno más. Perdido en el montón”.

Con una pena cumplida y un sistema jurídico que no sabe qué hacer con él -Melogno está detenido hasta que se pruebe su ausencia de peligrosidad algo que probablemente no ocurra nunca- tampoco el libro de Busqued es una apología de su persona. Es una reconstrucción. De los hechos, de la persona que cometió esos hechos y su pasado y los elementos que podrían -o no, no es que abunden certezas en este tema- haberlo llevado a cometerlos. Cómo ha transcurrido su vida luego de esos hechos y con esa descripción denunciar, sí, de alguna manera las infames condiciones a las que se ven sometidos los detenidos en instituciones psiquiátricas argentinas (y me atrevo a creer que la realidad en el resto de Latinoamérica no debe ser muy distinta).

Busqued nos invita a escuchar la voz de Ricardo Melogno, asesino en serie, desde una perturbadora cercanía, a oír que tiene para decir alguien a quién seguramente, a priori, no pensaríamos nunca escuchar.

La mañana del 15 de octubre, un hombre se presentó en el Palacio de Tribunales de Capital Federal y solicitó entrevistarse con el juez encargado del caso. Dijo que venía a “deslindar responsabilidades”. El asesino de los taxistas era su hermano, y en ese mismo momento estaba junto a su padre, desayunando en un departamento del barrio de Caballito. Se ofreció a guiar una comisión policial hasta el lugar. Aseguraba que su hermano estaba desarmado y que se lo podía arrestar sin violencia.
El misterioso homicida resultó ser un joven de veinte años de edad, con un aspecto muy distinto al del identikit. Su nombre: Ricardo Luis Melogno.
Durante el interrogatorio judicial, el muchacho admitió la autoría delas tres muertes y negó haber perpetrado los dos últimos ataques sin víctimas fatales. Los taxistas sobrevivientes no lo reconocieron.
Confesó también otro asesinoa en Lomas del Mirador, cerca de Mataderos pero cruzando la avenida General Paz, del lado de Provincia. Consultada la policía de Provincia, efectivamente informó de un taxista, de apellido T., hallado en idénticas condiciones que los muertos anteriores. O, mejor dicho, posteriores: este cuarto crimen resultó ser, cronológicamente, el primero.

Herodes, Damián González Bertolino

Damián González Bertolino
Herodes

Jorge Montiel es un millonario empresario argentino quien vive recluído en una finca en las afueras de Punta del Este. Vive tan sólo en compañía de Pía, su hija de diez años, lisiada de la cintura para abajo luego de un accidente en el que -se nos confirmará más adelante pero puede adivinarse desde el principio- perdiera la vida Mariana, su madre. Montiel no hace nada, aparentemente, y no tiene necesidad de hacer tampoco. Ha generado suficiente dinero y poder como para pasar varias vidas en la reflexiva inmovilidad en la que lo acompañaremos durante algo más de trescientas páginas. Porque la novela es ni más ni menos que eso: la construcción de Montiel, del alma de Montiel. Ladrillo por ladrillo, iremos descubriendo quién es Montiel, de donde viene, su relación con sus padres -comparte con su hija el haber perdido a su madre a temprana edad- su matrimonio anterior, su duelo constante que lo atormenta desde la muerte de Mariana, lo mucho que le dificulta generar vínculos con Pía o con cualquier otra persona, etc. Con una narrativa desordenadamente temporalmente -la mente de Montiel vaga para adelante y para atrás en el tiempo, despertada por activadores casuales de anécdotas- Damián González Bertolino (Punta del Este, 1980) se propone el difícil desafío de una novela que no es no sólo líneal, sino que no sigue las coordenadas tradicionales a la hora de contar una historia.

De hecho, no es exactamente eso lo que se propone. Por el contrario, no pasa nada en la novela que se adecúe a lo que tradicionalmente entendemos por “una historia”. Una vez presentada la situación de Montiel -ese rey tiránico que se sugiere desde el mismo título del libro- no hay realmente nada que cambie en su vida, o en sus relaciones. Incluso, al recorrer algunos tramos de su vida pre accidente -donde podríamos suponer todo cambió para mal y lo transformó en este ser introspectivo y meditabundo- encontramos que siempre fue así, que las raíces de su manera de ser corren más profundo -y desde hace más tiempo- de lo que uno quisiera creer.

¿Y quién es Jorge Montiel? Esa no es una pregunta fácil de responder y González Bertolino se propone que su novela esté a la altura de la respuesta. Así, cada descripción, cada accionar de Montiel, cada situación en la que se encuentre inmiscuido, será un exhaustivo viaje al interior del hombre, de sus sentires, de sus anhelos, de su personalidad. Las cosas más nimias -el viento en los eucaliptus del terreno, el crujido de los escalones de la escalera, extender un mantel en el césped- dispararán detalladas descripciones del ambiente y su interacción con el hombre. Por su parte, situaciones algo más importantes -la primera menstruación de la niña, un recorrido de Montiel niño acompañando a su padre en un juego de golf (una constante este deporte en la literatura de González Bertolino), la posibilidad de un intruso en la finca- se tornarán linderas al género de horror, disparando verdaderos climas agobiantes y opresivos.

Al igual que en la recientemente reseñada “Casa en ninguna parte” de Horacio Cavallo -con la que comparte algunos aspectos, entre ellos la marcada tendencia en la literatura uruguaya hacia la tragedia- González Bertolino se propone un giro dentro de su propia obra. Luego de la aclamada “El increíble Springer”, “El Fondo” o la policial “Los trabajos del amor” (que sigue siendo su mejor novela), ahora el autor fernandido apuesta por algo a las claras más difícil: una prosa grandilocuente (esto dicho sin ningún tono peyorativo) y detallada, una agobiante descripción de espacios, momentos y personajes (muy a la usanza del argentino Juan José Saer), una desafiante propuesta hacia el lector, a quién no le hace favores nunca sino que por el contrario le exige, pide que responda y esté a la altura. La construcción de un hombre. La construcción de Jorge Montiel. Una novela en la que no hay trama, en el concepto clásico que se entiende por trama. Lo que sí hay, fuera de cualquier duda, es un dominio extraordinario del lenguaje que hace de la lectura de esta novela toda una experiencia.

Primero oyó el golpe repetido sobre el vidrio hasta que los pequeños fragmentos se desperdigaron en el interior con un ruido preciso y breve. Luego sintió como le abrían los labios, forcejeaban entre sus dientes y entonces un líquido caliente pasaba por encima de su lengua y esta se despertaba lentamente, se arqueaba con torpezay empujaba el líquido a la garganta. En el recuerdo, la sensación de Montiel era que el líquido volvía a colocar en el mundo todo lo que tocaba. La garganta primero se contrajo y después expulsó aquello que la anegaba. El calor, o era algo que lo evocaba, se extendió por las comisuras de los labios y el medio del mentón. En la siguiente oportunidad, el líquido continuó su recorrido al interior de Montiel. Todavía en ese punto tuvo un principio de preocupación por Pía y Mariana, pero el sentimiento no llegaba a formarse. Montiel no sabía si él era la persona en particular que debía sobrellevar o desarrollar dicho sentimiento. Ni siquiera comprendía dónde debía hallarse su propio cuerpo. No podía abrir los ojos. Los párpados y las pestañas estaban pegados. Entonces dejaron de meterle el líquido y percibió durante un tiempo incalculable cómo un vago calor tomaba su rostro y el centro de su pecho. La impresión se iba y regresaba como si nunca hubiera alcanzado su inicio real.

El Don apacible (Libro 3), Mijaíl Shólojov

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Shólojov

En un libro de Roberto Bolaño (¿”El gaucho insufrible”? ¿”El secreto del mal”?) hay un relato en el que se hace un chiste sobre la narrativa rusa. Si en una escena en la que dos personajes comparten un almuerzo (o algo así) ingresa el mozo, de seguro, se dice, la perspectiva de la narración abandona a los comensales y persigue de manera casi intempestiva al mozo hasta los más grandes misterios de su vida. Comentarios acerca del carácter torrencial de la narrativa rusa o la soviética, en broma o no, son habituales para destacar esa “sobre-conciencia” de la verosimilitud que existe en sus páginas. Para el caso, el tercer libro de “El Don apacible”, de Mijaíl Shólojov, el prodigio radica en sostener con tanta intensidad una narración que por defecto debe recurrir a enumeraciones, datos militares o descripciones de acciones bélicas. Mantener la tensión en una narración, aun cuando el lector esté dispuesto a ser indulgente ante tamaño objetivo como el que se propone esta obra, no es poca cosa.
Esta parte de “El Don apacible” se inicia con la escisión cosaca de abril de 1918, cuando una parte importante de los pueblos del Don se plegó a las facciones bolcheviques y la otra se mantuvo en la defensa del antiguo orden. Tuvo que haber sido, tal es lo que reflejan las páginas, algo terrible. Grigori Mélejov, hijo de Pantelei, que había estado del lado de los rojos el año anterior, toma la decisión de defender a su pueblo cosaco del avance de los rusos, por lo que ahora lucha en el mismo bando que su hermano Petró. Las marchas y contramarchas de los rojos y los blancos (los cosacos), las escaramuzas aisladas, las batallas importantes, la vida de los cercos y las avanzadas componen, sin que el término sea peyorativo, el relleno natural de la novela; sólo que el valor de la misma, radica justamente en que la función del ripio, tolerada en el género, se vea alterada por una sobre-exposición de sus valores.
Y después llegan los picos altos… El momento en que los rojos llegan al pueblo de los Mélejov e irrumpen en su casa, cuando Grigori está de permiso y no puede hacer nada que lo delate como alto mando cosaco. Los visitantes nocturnos, que comienzan pidiendo víveres, molestan más de la cuenta… Uno, en especial, observa a Natalia, la esposa de Grigori con la intención de violarla. La escena en la que Grigori prepara indirectamente a su mujer para que sea violada, se vuelve tan perturbadora como inolvidable por su sordidez y su elíptica sugestión; y en eso radica su dramatismo. O la muerte de Petró Mélejov, inevitablemente sentida por ese peso cuantitativo que son los cientos de páginas acompañando al personaje, un vínculo entre lector y personaje que termina ganando por puntos…
Tómese el ejemplo que se quiera, y se verá que no hay alguno que escape a una cierta estetización de la guerra, lo que es decir la violencia pura. Quizás porque en un mundo subvertido por el enfrentamiento entre los hombres, entre los propios hermanos, como es este caso, los actos necesitan adquirir un sentido que los trascienda, que los sostenga. Lo contrario, sería caer en la locura.
Esto último nos lleva a reflexionar en dónde estaba  Shólojov como intelectual. El mismo Shólojov fue combatiente (peleó contra los nazis en la Segunda Guerra). Para su visión del mundo, el acto de luchar era connatural al de describirlo. Shólojov, además, ganó tanto el premio Lenin como el premio Stalin. Como intelectual, fue un mimado del régimen; como intelectual, no padeció lo que Tsvetaieva o Maiakovsky. Sin embargo, fácilmente el lector podría notar que en “El Don apacible” es más fácil lograr una empatía con los cosacos que con los bolcheviques. ¿La causa? Pues que el mismo Shólojov era un cosaco, en principio. Y agreguemos algo… En su discurso para el Segundo Congreso de Escritores Soviéticos, en 1955, Shólojov sostuvo la no poco audaz afirmación de que el gran riesgo de la narrativa rusa de por esos años era caer en la mediocridad oficial, en un tipo de representación que fuera refractaria del poder, y que había que hallar la inspiración en lo primitivo y en los grandes maestros del XIX. Doble patada. Si por primitivos leemos “cosacos”, entendemos un modelo de vida feudal, de terratenientes, que el bolchevismo erradicó. Y por grandes maestros podemos nombrar a uno de ellos: Tólstoi, apellido más tolerado que otra cosa por el régimen soviético. Por lo tanto, unas preguntas provisorias para terminar estas líneas… ¿Qué vio el régimen, a la luz de una obra como “El Don apacible”, en un autor como Shólojov? ¿Una fuerza indomable y respetable, junto con su fidelidad al partido? ¿Una voz ganada a esa otra Rusia que se dejó atrás y conservada a como diera lugar? Otro pequeño misterio ruso.

No lo fusilaron. No en vano los insurrectos luchaban contra ‘los fusilamientos y los robos’… Al día siguiente fue llevado a Kazánskaia. Marchaba por delante de los cosacos a caballo de la escolta, caminaba con paso firme sobre la nieve, sus cortas cejas permanecían fruncidas. En el bosque, al pasar junto a un abedul blanco como la muerte, sonrió vivamente, se detuvo y alargó la mano del brazo sano para cortar una ramita. En ella ya se hinchaban los brotes parduscos, repletos de la savia dulzarrona de marzo; su aroma, apenas perceptible, anunciaba ya la floración de primavera, la vida que siempre se repite bajo el disco del sol… Lijachov arrancó los hinchados brotes y los llevó a su boca, los masticó, mirando con ojos nublados los claros troncos de los árboles que ya se recobraban de las heladas. Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios afeitados.
Murió así, con las negras hojitas de los brotes en los labios: a siete verstas de Véshenskaia, entre unos adustos arenales, los hombres de la escolta lo mataron bárbaramente. Antes de morir le sacaron los ojos, le cortaron las manos, las orejas, la nariz, le rajaron la cara. Desabrocharon sus pantalones y profanaron aquel cuerpo hermoso, grande y varonil. Profanaron aquel tronco sanguinolento. Por último, uno de los de la escolta, apoyando el pie en el torso que aún se estremecía, en el cuerpo caído boca abajo, le cortó la cabeza de un solo sablazo.

Calificación: Excelente.
Título original: Tijii Don (1928-1940).
Traducción: José Laín Entralgo.
Editorial: Debolsillo, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-8346-979-8

En solitario, James Salter

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Salter

Gary Hemming fue un montañista californiano que se hizo famoso en la década de los 60’ por tres hechos particulares: junto a su compañero Royal Robbins, efectuó en 1962 una ascensión por la cara oeste del Dru (un pico vertical de casi cuatro mil metros de altura perteneciente al macizo del Mont Blanc) que a partir de ese momento se conoció como “la vía americana directa”. En 1963, Hemming formó parte del cuarteto que consiguió llegar por primera vez a la cima del Aiguille du Fou, otro pico del mismo macizo, algo más bajo, pero al que por sus características se consideraba imposible de escalar. Más tarde, en 1966, encabezó el ascenso del grupo de salvataje que rescató a dos escaladores alemanes que habían quedado atrapados en la pared del Dru. El rescate convirtió a Hemming en una celebridad en Francia y una figura casi mítica en el mundo del alpinismo. En 1969, Hemming, que había retornado a los EEUU, se suicidó de un disparo.

Esta es la sinopsis biográfica del hombre que inspiró a James Salter la escritura de esta novela publicada por primera vez en 1979. El protagonista de Salter se llama Vernon Rand y su periplo es prácticamente un calco del de Hemming. En este punto hay una pregunta por formular que se vuelve muy válida: ¿por qué Salter no se limitó a escribir una biografía de Hemming? Es decir, ¿por qué presentar como ficción una historia tan claramente identificable con una “persona real”? De hecho, la primera biografía de Hemming apareció 16 años después de la novela de Salter, titulada Gary Hemming: the beatnik of the Alps. La respuesta aparece con la lectura, pues En solitario es una novela que se mueve de acuerdo a unas intenciones que sólo pueden ser contempladas por la ficción, entendiendo por tal cosa la construcción de un mundo que no tiene que rendirle cuentas a nadie. Diré una obviedad: no sólo Vernon Rand no es Gary Hemming, sino que jamás podría haberlo sido. Vernon Rand no es otra cosa que el camino que recorrió James Salter para acercarse a la comprensión de Hemming.

La novela está narrada en tercera persona, con una concisión hemingwayana, y es estupenda en su capacidad de delinear personajes a través de una descripción escueta, dos acciones y una escena de diálogo. Esta economía marca una estructura de capítulos y párrafos breves de una capacidad connotativa que es señal inequívoca del tipo de talento que posee Salter. Y también hay que anotarle en la columna del saldo a favor la forma en la que logra crear el escenario, ya sean los picos rocosos del norte de California o la escarpada pared oscura del Dru alpino. Cuando, al leer uno de los varios pasajes de ascensión que aparecen en la novela, el lector sienta que le pican las manos y que la garganta se le cierra, y que eso no es otra cosa que vértigo, es probable que vuelva a preguntarse dónde está el secreto. Aquí entra en el juego un aspecto polémico: ¿cuánto debe saber el escritor de su tema? ¿Cuál es la importancia real de la verosimilitud? ¿Alcanza con investigar el tema o es imprescindible la experiencia directa? Como siempre, depende de lo que uno persiga: habrá una clase de escritores a la que estos aspectos no le importen o le parezcan demodé, y preferirá la construcción puramente intelectual de sus mundos ficticios, y habrá otra clase que se moverá en el territorio de la experiencia, que se apoyará en él para elevarse más allá de lo documental a fuerza de imaginación. Salter pertenece a la segunda clase.

Vernon Rand es un héroe romántico moderno, un salvaje cuyo lugar está claramente a un costado del curso de la sociedad. Hemming es catalogado como un hippie: “el alpinista hippie”. Salter jamás llama así a Rand. El deseo (o la necesidad) de libertad que vive en Rand es algo más que una moda o un espíritu de época, es una fuerza elemental que no puede ser explicada, sólo puede ser mostrada en acción:

Se puso en marcha temprano. La cara era como un enorme río descendente, cada vez más empinado. Su aliento era frío. Los crampones crujían en el silencio. Avanzaba metódicamente, con un piolet en cada mano. Se dejó llevar por el ritmo. La idea de resbalar –habría salido disparado pendiente abajo como por un cristal- no lo asaltó en ningún momento hasta que hubo alcanzado una gran altura, y fue una sensación extraña. En una fracción de segundo clavó las puntas de los crampones menos de media pulgada: esa media pulgada no fallaría. Al darse cuenta de ello, una especie de bendición descendió sobre él, una sensación de invulnerabilidad distinta a cualquier otra. Era como si la montaña lo hubiera consagrado. Rand no lo rechazó.

Con el alpinismo, el boxeo y otras disciplinas, pasa algo especial al ser trasladadas a la literatura: inmediatamente su potencial simbólico se rebela. Esto puede ser muy malo, pues una novela que convierta toda pelea, toda escalada, todo trance, en una metáfora de la vida, puede volverse insoportable a las diez páginas. Parecería que la forma de eludir el riesgo de la alegoría es seguir muy de cerca los hechos particulares, contener los afanes de trascendencia, no señalar con pintura fluorescente aquellos pasajes que podrían ser interpretados por el lector como “otra cosa”. Esa significación subyacente de lo narrado es inevitable, pues todo significa algo más, siempre se habla de más de una cosa a la vez; a lo que me refiero aquí es a que es deseable que esa doble significación surja sin una guía, que la voz del autor no sea más fuerte que la proyección del lector sobre la historia. Si hay un punto exacto de lo comunicable, como lector prefiero que el escritor se detenga antes de alcanzarlo a que se pase. Si se queda corto, yo puedo solucionarlo. Si se pasa, la cagó.

Para cerrar, mencionaré otro de los aspectos que más me interesó de la novela: el antagonismo entre Rand y Cabot. Son amigos y son estupendos escaladores, pero mientras Rand es casi un paria, un hombre anónimo que duerme en cualquier parte y que puede realizar una hazaña sólo por probarse a sí mismo y que luego repudia la atención que la gente le dirige (una atención halagadora y que puede marear, según se ve en el episodio de París, pero que a la larga se muestra como pura vanidad sin peso: “los afiches con su foto habían desaparecido pero él seguía allí”); Cabot vive para ser el número uno, un premio que sólo la posteridad puede otorgar. Así, mientras Rand vive para alimentar una necesidad, Cabot vive alimentando un ansia. El siguiente diálogo se produce en una escena en que alguien le cuenta a Rand que Cabot pretende escalar el Eiger, uno de los picos más difíciles de Europa. Se trata de una superproducción. La BBC va a hacer un documental con la escalada.

-Supongo que todo el mundo quiere escalarlo –dijo Bray sin convicción.
-No quieren escalarlo, quieren haberlo escalado –dijo Rand.

Se trata de un problema filosófico que bien puede entenderse como una crítica a la concepción de “éxito” de la sociedad occidental, en la que son los medios los encargados de poner las medallas en el cuello de los triunfadores. En un mundo en que sólo aquello que es comunicado y exhibido parece existir (véase la resemantización de términos como “notoriedad”, “visibilidad” o “exposición”), Salter erige la figura magnífica y ruinosa de Rand casi como un alegato de defensa por la verdad íntima, aquella que existe en solitario, más allá de toda comunicación y degradación, pura, no profanada.

Calificación: muy buena.
Título original: Solo faces (1979)
Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
El Aleph Editores, Barcelona, 2005.
ISBN: 84-7669-681-7

Señores niños, Daniel Pennac

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Pennac

El título de esta novela plantea una inversión de los valores imperantes. Permite plantearse la hipótesis de lectura de que hay implícita una ética y unos valores desafiantes. ¿Por qué? Porque, al menos desde la posición de un uruguayo que tiene número de funcionario en la educación pública, refresca el punto de vista. Los lectores extranjeros de este blog deberán tener en cuenta que, cuando se habla de “educación” en este país ignoto, se oye hablar del cumplimiento o no de acuerdos políticos, de reivindicaciones gremiales con sus consiguientes huelgas con paro de actividades (a mi entender inútiles y contraproducentes), de la decadencia del sistema público, de violencia (de los docentes, de los alumnos, del entorno), del presupuesto o del estado ruinoso de los edificios, así como de las asimetrías en los aprendizajes según las zonas geográficas. Es decir, se habla de la majada, vista desde un helicóptero cuyo ruido no permite diferenciar las voces de lo que parecen ser ovejas o lobos disfrazados de ovejas pero podrían ser gente. Pennac le da el título de “señores” a quienes debieran ser el foco de la educación.

La idea es simple. Tres alumnos reciben, como castigo por algo que hacen en clase, el deber de escribir una redacción con la consigna de que un día, al levantarse, se han convertido en adultos y sus padres en niños. El verdugo de Igor Laforgue, Joseph Pritsky y Nourdine Kader, niños de orígenes étnicos diversos y con problemas domésticos también distintos, debe sufrir, como lo han hecho treinta generaciones, al inefable profesor Albert Crastaing. Debo decir que lo sufrí un poco porque también he mandado redacciones con consignas a mis alumnos. Y estoy seguro de que por muchos momentos me he olvidado de que, como docente, los jefes deben ser ellos. (Ábrase el fuego de la polémica: ¿pueden dar órdenes?, ¿pueden exigir resultados?, ¿quejarse?, ¿destituirnos?).

La tarea les pesa, al mismo tiempo que también los atribulan sus circunstancias familiares. Crastaing tuvo la precaución, además, de citar a los “señores padres” a hablar con él, convocatoria que uno de los progenitores se resiste tenazmente a firmar, lo que deriva en un intento sexual de convencimiento por parte de la esposa. El caso es que, nadando en contra de su propia corriente, los gurises, que andan en los trece años, se disponen a cumplir con el deber. El resultado es que la producción del texto incide del modo más literal en la realidad, ya que, de buenas a primeras, los jóvenes amanecen en cuerpos adultos y sus padres se ven reducidos en edad y en centímetros. Este giro fantástico deriva en situaciones francamente grotescas y es mediante esta inmersión en el humor que se dejan ver los roles del adulto y del niño, así como la influencia de la niñez en la adultez, especialmente en el caso de Crastaing.

El libro interpela y divierte. No obstante, quedo con la picazón esa que tengo siempre: ¿hasta dónde el pensamiento puede expresarse mediante la narrativa?, ¿puede el texto ser pretexto para inocular otro texto? En este caso, la imaginación y el delirio desbordan el recipiente de la idea, así que la balanza se inclina hacia la sonrisa.

Nota: A lectores rioplatenses o hispanoamericanos en general podría interesarles que hubiera una traducción adecuada a su dialecto, ya que la proliferación de coloquialismos de Pennac son resueltos en un registro ibérico que a algunos podrá hacérseles distante. A mí, en realidad, me divierte escuchar una voz distinta y me provoca a usar la mía.

Tres pequeños gilipollas que ofrecen un minuto de recreo a su crastaingitis. Citémoslos:
1) Igor Laforgue, sexta fila, junto a la ventana, que mete ostensiblemente una hoja muy interesante en su clasificador de francés.
2) Joseph Pritsky, su amigo y vecino, que se la quita con la rapidez del relámpago mientras Crastaing les da la espalda.
3) Nourdine Kader, que se inclina sobre los otros dos para no perderse nada de una eventual juerga.

Mientras, Crastaing prosigue su corrección recorriendo los pasillos:
-¡La verdad es que la familia es una especie en vías de desaparición! Nos machacan la pérdida de los valores familiares. ¡Tonterías! ¡Lo que ha desaparecido es la propia familia! Completamente disuelta por las enzimas mediáticas. La televisión fabrica generación espontánea y ustedes son el desastroso producto de esa manufactura.

Calificación: bueno
Título original: Messieurs les enfants
Traducción: Manuel Serrat Crespo
Mondadori, Argentina, diciembre de 2011, 234 págs.
ISBN: 978-987-658-101-1

Hasta la cinta de llegada, Miguel Motta

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En este año de Juegos Olímpicos y ministros de Deporte y Turismo que declaran sentirse decepcionados por el rendimiento de nuestros atletas representantes, la novela de Motta viene como anillo al dedo. No sólo por la imaginativa competencia que inventa y desarrolla- los Juegos Leonardo Da Vinci- sino porque plantea el afán por ganar a como dé lugar, incluso si eso significa trascender los límites éticos y utilizar anabólicos indetectables que mejorarían el nivel de los atletas a niveles casi sobrehumanos.

Motta

Motta desarrolla una idea cuando menos poco común: en un mundo muy parecido al nuestro -en una historia que es casi una ucronía, pero una ucronía sin Punto Jonbar (es decir, el punto claro y exacto donde esa realidad se volvió alternativa, por ejemplo: los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial) sino más bien alimentada por una serie de mínimos sucesos que fueron constituyendo esta alternativa, casi todos ellos registrados en notas a pie de página- se celebran los Juegos Leonardo Da Vinci. Sin adelantarle al lector demasiado al respecto -una de las cosas más disfrutables de la novela es ir descubriendo en qué constan estos juegos a medida que transcurren- se componen de disciplinas deportivas que honran al artista y científico nacido en Florencia. No sólo versan de deporte, sino que además se constituyen del agregado de la construcción y conducción de alguna máquina inspirada en los diseños del mítico personaje histórico.
Pero de inmediato la novela plantea su problema: los organizadores de esta edición de los Juegos, de cuyo equipo anfitrión es capitán el narrador del relato, no quieren perder. O mejor dicho, buscan competir en igualdad de condiciones. Buscan no decepcionarse con el rendimiento de los atletas, digamos. Entonces, el uso de los anabólicos indetectables que todos los equipos están utilizando se impone por encima de cualquier restricción médica o ética. Esto plantea una dicotomía interesante: ¿vale la pena ganar una competencia que ensalza los valores morales de ser un atleta haciendo trampa porque la hacen todos? ¿Para qué ganarla entonces?
Motta fue un deportista -jugador profesional de básquetbol- y eso se transmite. Entiende perfectamente cómo se desarrolla una pasión deportiva y la plasma vívidamente en su relato. Uno pasa urgido las páginas en su afán de ver al equipo llegar a la competencia, participar en la misma y ver cuál es el resultado (momento además, donde Motta no decepciona). De hecho, no tener muy claras las reglas de los Juegos Leonardo Da Vinci (a pesar de que se incorporan en un apéndice al final, el que en lo personal aconsejo leer luego de terminada la novela) sólo hace que sea más emocionante el descubrimiento.
El relato en primera persona construye a su protagonista -el capitán del equipo- a la perfección. Un poco desdibujados quedan los secundarios, el resto de los atletas, si bien se les dedica relativo espacio. Hay algunos conflictos que no llegan a desarrollarse del todo, pero es comprensible. Además, el punto de vista del narrador, un diario íntimo, justifica esta decisión que es simplemente realista.
Algunos comentarios: uno de carácter formal. El habla de los personajes oscila entre el coloquial uruguayo o rioplatense (aunque nunca se explicita, los Juegos se realizan por estos lares) y el español neutro. Y choca por momentos la alternación entre los «¡Basta carajo!» y los «Espera aquí». Quizás unificar el modo hubiera ayudado a crear un habla más convincente. Por otra parte me resultaron demasiadas las digresiones sobre Leonardo Da Vinci y el sentir de un atleta, amenazando, por momentos, por cortar el hilo de la trama. Esto habla muy bien del resto de la novela de Motta, ya que el afán de seguir, de «saber qué es lo que pasa» me impulsó a tratar de avanzar lo más rápido por sobre esas digresiones, pero en todo caso las resentí.
Por último, y esto sí es a título ultra personal, las (mínimas) referencias a Onetti me molestaron. En ocasiones, siento que la literatura uruguaya está demasiado sujeta a referenciar a sus grandes popes (Onetti, Levrero) incluso en ocasiones que no vienen a cuento de nada. Pero claro, esto es absolutamente personal.
En suma, una novela ágil, entretenida y de veloz lectura.

Me acerqué a observar los esqueletos de las ruedas que estaban recostadas a la pared. Aún sin enllantar, los rayos encastrados en la pina daban a las piezas cierta reminiscencia marcial, cierta evocación de rueda de guerra y conquista. Después nos tocará a nosotros hacerlas girar, ofrecer sudor, huesos rotos, sangre de estirpe. Sí, giraremos hacia la victoria porque quiero mirar a los ojos la cinta de Llegada, necesito este triunfo a pesar de que más de una vez me he preguntado si hice bien en ocupar el puesto. Creo que en el fondo no elegí este camino, este lugar. ¿Alguien elige su camino? ¿Alguien puede creer que eligió su camino entre tanto laberinto, entre la infinidad de pequeños sucesos que nos rodean y empujan? Vine a dar aquí y voy a dejar todo empujando la Máquina. Seré un digno auriga; rodaremos hacia la conquista, seremos fieles a la ambición que ha movido a la civilización por encima de los cadáveres de la batalla y de la paz hasta dejarnos aquí, al borde del precipicio.

Calificación: Buena.
Editado por Banda Oriental
ISBN: 978-9974-1-0762-5

Colores, Felipe Polleri

Polleri
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Se podría comparar la postura y el gusto estéticos de Polleri con los del director de cine español Alex de la Iglesia. El loco de la ametralladora en “Mirindas asesinas”, la mujer fea y desquiciada de “Crimen ferpecto” y el final apocalíptico de “El día de la bestia” (y, en el cine local, las prostitutas surrealistas en “Alma mater”, de Álvaro Buela) tienen su versión, tal vez un tanto más onírica, obscena y esquizoide, en este libro de género inclasificable llamado “Colores”, segunda parte de la trilogía que comienza con “Carnaval” y finaliza con “El rey de las cucarachas”.

Dicha postura estética parte de una búsqueda (de la que Levrero es precursor) ciertamente interesante, y poco o nada inspirada por una sociedad como la montevideana, que, predominantemente, tiende a preferir, de un modo más o menos sórdido, e incluso descafeinado, una literatura, un cine, una música, que refleje, de forma “realista” (y esta palabrita seguro sea la culpable), la presunta estirpe grisácea y la idiosincrasia del aburrimiento, que rodea a la urbe y a sus habitantes.

En “Colores” el gris desaparece; hay una apuesta, una decisión estética que, nos guste o no, no anda con medias tintas, ni coquetea con dios y con el diablo. Tan solo lo hace con el último. El gris desaparece, porque se enfrentan, cara a cara, los colores (la imaginación, el punto de vista íntimo y peculiar, lo onírico) contra las sombras (la realidad, el sentido común, la trivialidad, la locura mecánica y cotidiana de la gente).

La historia es simple, pero el escritor, en su afán por repetir ciertas escenas, ciertos episodios, y traerlos nuevamente recargados de onirismo y delirio, la complejiza y refresca constantemente. Tonio es un pintor, que vive aterrorizado por sus fantasmas: su padre ha muerto hace pocos días, resentido con la humanidad, con esos “hijos de puta” que no lo entendieron y que él no entendió jamás. El personaje, luego de la muerte de su progenitor, comienza a experimentar nuevamente un estado infantil, de desamparo, que lo agobia y no le permite un relacionamiento sano con los demás. Tonio es un ser muy sensible, y su infancia (por ende, su vida, desde una mirada psicoanalítica) ha quedado signada por una educación fuertemente religiosa y por ciertas experiencias traumáticas. A lo largo de la “novela” (Mario Levrero, en el prólogo, habla, sin dubitaciones, de una novela, aunque los textos breves que la conforman, con títulos propios, hagan pensar que se trata de un libro de cuentos con una misma temática); a lo largo de la novela, decía, un conjunto de pesadillas y de espasmos mentales gobiernan las decisiones y las ideas del protagonista, que, en esos casos, se convierte en el perverso Porky, el Cerdito Loco, su alter ego, encargado de hacer justicia con la escopeta de su padre. Las pesadillas son las que lo hacen pintar a los “demonios”, que a su vez lo aterrorizarán para llevarlo, justamente, a ese estado del alma en que se hace un imperativo pintar demonios. Y en ese círculo vicioso de demonios y miedos, donde causa y efecto se entremezclan indiferenciables, aparece Clara, una compañera de biblioteca que, haciendo honor a su simbólico nombre, viene a iluminar la vida de Tonio, a combatir con él sus fantasmas y a lograr una vida serena y colorida, aunque sean como “extraterrestres” que deben acabar con la tiranía de los “hijos de puta”, de los terrícolas y sus mezquinos y materialistas objetivos de vida.

La narración es muy rica en sensaciones: provoca risa, asco e incomodidad, de forma intercalada y aleatoria. Esto es un logro, para un escritor que opina que la escritura debe “no dirigirse al cerebro con selectos discursos, sino a los sentimientos de la manera más directa posible. Porque somos nuestros sentimientos, o nuestra falta de sentimientos”.

“Colores”, en última instancia, es un manifiesto: un alarido de horror frente a la chatura gris montevideana, que tiende a arrastrar hacia su parco epicentro a toda imaginación voladora, a toda alma colorida, lúcida e irreverente.

Me volví loco, supongo. Quería vengarme. Ellos me habían asustado, y quería vengarme. Me habían humillado, y quería vengarme. Me buscaban para encerrarme en un colegio gris, y quería vengarme.
Era como si el espíritu de otro (¿de papá?) me llevara de la mano a la última batalla. Voy a transformarlos en filósofos, pensaba. Muchos hijos de puta van a arrepentirse de haber nacido. Andaba por la mitad de la calle, con la escopeta a la vista.
–Es de noche –dije.
Y fue como si le hubiera dado una orden al cielo. El ventanal del bar se iluminó. El patrullero estaba vacío. El policía bajito, uniformado, entró al bar, le dijo algo a un policía gordo y fue a mear… Yo era invisible. No tenía cara… Abrí la puerta, y entré. Era invisible. El policía gordo estaba en una mesa, muy cerca de la puerta. Tenía la boca abierta. Un diente de oro, conté. Era extraordinariamente divertido. Dos muelas podridas. La campanilla temblando. Los ojos bizcos sobre el refuerzo (una gruesa rodaja de salchichón, lechuga y tomate) que sostenía debajo de la nariz chata y grasienta. Me vio… Sin cerrar la boca, sin apartar el refuerzo de la lengua empapada, llevó la otra mano a la sobaquera. Tal vez ese hijo de puta era más rápido que el cáncer; pero no había tocado la culata cuando ya su cerebro estaba volando hacia la minifalda de la chica que se reía a gritos en la mesa de atrás.–Llegó Porky, el Cerdito Loco –dije.
(de “El cerebro de los muslos”)

Calificación: bueno.
Editorial: Arca, colección `deúltima’, Montevideo, 1991.
ISBN: —

Mi vida como hombre, Philip Roth

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Roth

En 1975, seis años después de haber publicado la que probablemente sea su más famosa novela, El lamento de Portnoy, Philip Roth publicó Mi vida como hombre. Es necesario establecer esto pues hay entre ambas obras una relación evidente, a la vez que la segunda anticipa una línea de escritura que Roth llevaría hasta sus límites. En un autor tan prolífico como el norteamericano, con más de 50 años de carrera y decenas de obras, es posible afirmar que una octava novela deba ser vista, todavía, como una novela inicial, no en cuanto a la impericia que pueda haber en sus páginas, sino en referencia al modo en que debe ser leída, en relación a la obra global. Mi vida como hombre marca la aparición de Nathan Zuckerman, uno de los muchos alter-ego de Roth, y también el más utilizado y reconocible.

La novela comienza con dos relatos (“Candor juvenil” y “En busca del desastre”) que se convierten en dos formas de acceder al tema central de la novela. Bajo el subtítulo “Ficciones útiles”, la autoría de estos relatos se atribuye al escritor Peter Tarnopol, el protagonista y narrador del resto de la novela, cinco narraciones ordenadas bajo el subtítulo de “Mi verdadera historia”. Estamos de cabeza en el terreno de la metaficción autorreferencial. Zuckerman es el protagonista de los primeros relatos, y funciona en ellos como alter-ego de Tarnopol, a la vez que ambos son evidentes desdoblamientos de Roth. La intención de juego que difumina los bordes de lo ficcional comienza desde el epígrafe: “Yo podría ser su musa, si él me lo permitiera. Del diario de Maureen Johnson Tarnopol”. Hay que refrenar el impulso de hablar de cajas chinas. Las cajas chinas establecen también una forma de orden que aquí quiere ser subvertido o retorcido. Tarnopol no es una caja que contiene a Zuckerman, del mismo modo en que Roth no es una caja que los contiene a ambos.

El tono paródico-irónico de “Candor juvenil” es un gran comienzo para la novela, en cierto modo, una excelente muestra de un ejercicio de estilo que muestra cómo casi cualquier asunto puede pasar de ser serio a cómico con apenas una leve variación de la mirada. Allí se nos cuentan las circunstancias de la adolescencia y juventud de Zuckerman. Luego del amable preludio llegamos a “En busca del desastre” donde el propio Zuckerman toma la posta narrativa para contar en primera persona los escabrosos avatares de su matrimonio con una mujer desquiciada. Este es el corazón de la novela. El gran asunto. Si la primera parte es una catársis creativa de Tarnopol, la segunda es una larga pesquisa psico-literara para entender (y poder liberarse de) las fuerzas que lo llevaron a atarse a la demonizada Maureen. El argumento es, si se quiere, pobre. Un joven profesor universitario con prometedora carrera literaria por delante, se casa con una mujer algo mayor que él. Rápidamente el matrimonio se convierte en un monstruo que devora la salud física y mental de Tarnopol, del mismo modo en que socava su literatura. Entre amenazas, peleas violentas, intentos de suicidio, separaciones, amantes, solicitudes de divorcio rechazadas y psicopatía a granel, la novela se estira excesivamente, dando cuenta fiel de los mecanismos de la fijación obsesiva. El psicoanálisis cumple un rol central aquí (¿no es el psicoanálisis, siempre, una forma de metaficción?). Uno de los apartados de la segunda mitad lleva por título, precisamente, “Spielvogel”, el nombre del psiquiatra de Tarnopol. Allí se realiza una psicocrítica a fondo de los primeros relatos, de modo que la novela se convierte a su vez en una discusión sobre sí misma, volviéndose auto-consciente. El riesgo, claro está, es la saturación, pues hay un punto en el que el tono plañidero de Tarnopol llega a hartar (pero esto es una cuestión de empatía, no de valoración literaria, salvo que la novela buscase la empatía, algo de lo que no estoy muy seguro).

Más allá del relato social que se entreve -y donde es especialmente interesante las transformaciones en la sexualidad en la década de los 60 y 70, y la forma en que esto influyó en la concepción que las mujeres tenían de sí mismas-, la verdad es que bien podría haber abandonado la novela en la página 213 (de 330), cansado de un juego que, luego de más de cuatro décadas de experimentos meta-narrativos e inter-textuales, parece haber dado ya todo de sí.

Ha sido muy amable al enviarme sus dos nuevos cuentos. Los he leído con gran interés y placer, y, como siempre, con admiración ante su talento y su perspicacia. Los dos cuentos son tan diferentes y a la vez están tan expertamente escritos que, a mi juicio, se equilibran a la perfección. En el primero me parecieron especialmente divertidas las escenas con Sharon, y en el segundo, la meticulosa atención que la voz del narrador se presta a sí misma me pareció perfecta, dado su interés (…) ¡Qué historia tan triste y cargada de dolor! Y también moral, en el sentido mejor y más serio. Parece que le va muy bien. Le deseo que siga teniendo éxito en su trabajo.
Le saluda cordialmente,
Otto Spielvogel

Calificación: bueno.
Título original:  My life as a Man (1975).
Traducción: Lucrecia Moreno de Sáenz y Mercedes Mostaza.
Debolsillo, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-987-566-826-3

La muerte llama al arzobispo, Willa Cather

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Cather

Una vez un profesor de didáctica de la literatura dijo algo así como que los clásicos son clásicos porque siempre (y recalcó el adverbio con el tono de voz pertinente), siempre enseñan. Esta novela de la escritora estadounidense Willa Cather enseña y enseña bien. ¿Qué es lo que uno aprende? Diversas cosas: cómo resultó ser la anexión por parte de los EEUU de territorios como Nuevo México, las penurias y adversidades de esa gente que habitaba regiones desérticas, pedregosas y de terrible calor. A esas tierras llega el Obispo Jean Latour y su ayudante, el padre Vaillant, una especie de dupla complementaria al mejor estilo Quijote-Sancho Panza, aunque con roles cambiados. Latour representa un abordaje de la fe mediante la estructura racional mientras que Vaillant, inquebrantable en su adoración de santos y vírgenes, es la fe pura, sin pensamiento ni tiempo ocioso para pensar. Ambos son buenos curas, buenos sujetos que reivindican la justicia en una especie de caldero hirviente donde conviven mexicanos pobrísimos, indios navajos y estadounidenses aventureros. Las arbitrariedades, los conflictos, los abusos de otros curas y, por supuesto, la propia insatisfacción existencial son el motor de esta novela hermosa.
Willa Cather, probablemente lesbiana (podemos decirlo ahora que ya hace sesenta y dos años que ha abandonado este mundo sin dejar descendencia), mujer de una extraña fe, toma partido por los desvalidos de una forma sutil, sin llegar a explicitarlo nunca, una toma de posición desde cierta relativa lejanía que hace que esta novela no se pueda nunca confundir con el panfleto. Además arremete contra la perfidia utilitarista (la misma contra la que arremete un contemporáneo suyo de este pequeño rincón del mundo) de un EEUU totalmente arrebatado por la fiebre del oro, que no es otra cosa que la fiebre del poder.
Por si esto fuera poco, Willa Cather escribe muy bien. Muy claro. Jamás sobreabunda y jamás pesa. El final, anunciado desde el comienzo, es lo que todo el mundo sabe que va a pasar. El tema es cómo pasa (igual a Crónica de una muerte anunciada, por ejemplo).
La contratapa (o tal vez sea el prólogo) dice algo así como que Willa Cather es una voz fundamental de la narrativa estadounidense de principios de Siglo XX. Parecería un elogio tal vez excesivo viendo los otros nenes que hay para ese trompo. Después de la lectura de La muerte llama al Arzobispo se comparte el juicio del editor.

Una noche, alrededor de tres semanas antes de la Navidad, estaba tendido en su cama sin poder dormir y con la idea del fracaso aguijoneándole el corazón. Sus oraciones no fueron más que frases huecas que no pudieron traerle consuelo alguno. Su alma se había tornado un erial. No hallaba dentro de sí nada que pudiese dar a sus sacerdotes o a su pueblo. Su labor se le hacía superficial, un edificio levantado en la arena. Su enorme diócesis seguía siendo una tierra pagana. Los indios persistían en marchar por las sendas antiguas del temor y las tinieblas, disputando contra los malos presagios y las sombras inmemoriales. Los mexicanos eran niños que jugaban con su religión.
A medida que la noche fue avanzando, la cama en que reposaba el Obispo se tornó un lecho de espinas.

Título original: Death comes for the Archbishop
Ediciones de la Banda Oriental, 2009. 221 págs.
ISBN: 9789974-1-0626-0

Calificación: Muy bueno