Magnetizado, Carlos Busqued

Carlos Busqued
Magnetizado

En septiembre de 1984, en el correr de la misma semana, se produjeron cuatro asesinatos en Buenos Aires. Tres de ellos en la zona de Mataderos, el cuarto cruzando la General Paz. Las cuatro víctimas fueron taxistas. Los cuatro asesinados de la misma manera: un disparo calibre .22 en la sien. Los cuerpos, abandonados sobre el volante de los autos inmóviles. En ningún caso faltaba nada más allá de la documentación del auto y del chofer. Más que una serie de crímenes, el mismo asesinato repetido con exactitud cuatro veces. Por espacio de un mes la policía bonaerense buscó inútilmente al asesino, hasta que se presentó en jefatura un muchacho que decía que su hermano Ricardo tenía guardados todos los documentos de las víctimas. Al ser detenido, Ricardo no sólo no negó los crímenes, sino que ayudó a vincularlos entre sí -el que no había ocurrido en Mataderos todavía no había sido asociado a los otros tres- y confirmó todos los detalles sin resistirse. El único punto que permaneció a oscuras fue el porqué. Ricardo Melogno no puede, hasta el día de hoy, explicar qué lo llevó a matar a esos cuatro hombres.

El escritor chaqueño Carlos Busqued -muy popular por su novela “Bajo un sol tremendo” y más todavía por la adaptación cinematográfica que Adrián Caetano hiciera de ella en “El otro hermano” (adaptación que Busqued a repudiado públicamente)- realiza en esta serie de entrevistas un trabajo estupendo. Permaneciendo casi que anónimo -su aparición se limita apenas a una medida serie de preguntas que ayudan a Melogno a llevar un hilo conductor- en el proceso y reordenando luego las entrevistas para dar una coherencia cronológica, nos ordena la vida de Melogno antes, durante y después de la ola de asesinatos. Un Melogno criado por una madre déspota -muy metida en el mundo del espiritismo y la religiosidad, aspectos que acompañaran al homicida durante toda su vida-, un Melogno que desconecta en cierta manera del mundo real y en lo que los peritos forenses psiquiátricos dictaminarían luego como brote psicótico realiza los cuatro asesinatos, y luego los más de 35 años que ha pasado por distintas entidades y nosocomios carcelarios, en lo que es verdaderamente un descenso a los infiernos.

Melogno reconstruye su historia -para Busqued y para nosotros, los lectores- con minuciosidad, con frialdad pero también con cierto grado de empatía hacía aquello que hizo -no me atrevería decir arrepentimiento- y en las largas entrevistas se va dando conocer de a poco, con pequeños detalles, aspectos. Y uno no termina apiadándose del asesino pero si termina por empatizar un poco, sobre todo cuando dice cosas como (consultado al respecto de qué hará si algún día recupra su libertad): “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. Esa deuda pendiente, de ser uno más. Perdido en el montón”.

Con una pena cumplida y un sistema jurídico que no sabe qué hacer con él -Melogno está detenido hasta que se pruebe su ausencia de peligrosidad algo que probablemente no ocurra nunca- tampoco el libro de Busqued es una apología de su persona. Es una reconstrucción. De los hechos, de la persona que cometió esos hechos y su pasado y los elementos que podrían -o no, no es que abunden certezas en este tema- haberlo llevado a cometerlos. Cómo ha transcurrido su vida luego de esos hechos y con esa descripción denunciar, sí, de alguna manera las infames condiciones a las que se ven sometidos los detenidos en instituciones psiquiátricas argentinas (y me atrevo a creer que la realidad en el resto de Latinoamérica no debe ser muy distinta).

Busqued nos invita a escuchar la voz de Ricardo Melogno, asesino en serie, desde una perturbadora cercanía, a oír que tiene para decir alguien a quién seguramente, a priori, no pensaríamos nunca escuchar.

La mañana del 15 de octubre, un hombre se presentó en el Palacio de Tribunales de Capital Federal y solicitó entrevistarse con el juez encargado del caso. Dijo que venía a “deslindar responsabilidades”. El asesino de los taxistas era su hermano, y en ese mismo momento estaba junto a su padre, desayunando en un departamento del barrio de Caballito. Se ofreció a guiar una comisión policial hasta el lugar. Aseguraba que su hermano estaba desarmado y que se lo podía arrestar sin violencia.
El misterioso homicida resultó ser un joven de veinte años de edad, con un aspecto muy distinto al del identikit. Su nombre: Ricardo Luis Melogno.
Durante el interrogatorio judicial, el muchacho admitió la autoría delas tres muertes y negó haber perpetrado los dos últimos ataques sin víctimas fatales. Los taxistas sobrevivientes no lo reconocieron.
Confesó también otro asesinoa en Lomas del Mirador, cerca de Mataderos pero cruzando la avenida General Paz, del lado de Provincia. Consultada la policía de Provincia, efectivamente informó de un taxista, de apellido T., hallado en idénticas condiciones que los muertos anteriores. O, mejor dicho, posteriores: este cuarto crimen resultó ser, cronológicamente, el primero.

El pecado de Midas, Anne Zouroudi

Zouroudi
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En los extensos textos que se agregan a “El pecado de Midas” -esa nueva idea de las editoriales bautizada “Nota bene” que significa un complemento al texto original, en este caso una entrevista a la autora, las recomendaciones que ella misma hace sobre sus libros favoritos, e inclusive una entrevista a Hermes Diaktoros, el personaje protagonista de la novela- se nos cuenta que Zouroudi, si bien nació en Inglaterra, es una enamorada de Grecia y que vive allí -junto a su marido e hijo, ambos nacidos en el país heleno- desde hace más de 20 años. Algo de esto mismo, esa intención terca de mostrar una pertenencia, se transmite en su texto. Continuamente Zouroudi intercala palabras y expresiones en griego, explica aspectos típicos y tradicionales del país, su cocina, etcétera. Toda su novela, inclusive desde el título con la referencia directa al mito del rey que todo lo que tocaba convertía en oro para su desgracia, está anclada en lo regional, en lo particular, en lo griego.

Podría suponerse, entonces, que una novela de estas características se enrola en la actual y saludable lista de relatos policiales de mirada casi étnica, donde sus autores ya no vienen de la novela negra estadounidense -aunque alguno aún permanece como Michael Connelly, James Ellroy o el veteranísimo Elmore Leonard- sino que parecen conformar un crisol por completo internacional. Así, Henning Mankell representa a Suecia con su comisario Wallander y su mirada interpela su famoso estado de bienestar que ya no es el que se supone que era (y que quizá nunca lo fue); Andrea Camilleri nos propone humoradas sicilianas, con su comisario Montalbano, gourmet y enemigo acérrimo de la mafia; Ian Rankin nos cuenta la oscuridad de Edimburgo a través de los ojos de su alcohólico inspector Rebus. Y por Grecia, el genial Petros Markaris nos cuenta el caos revuelto que significa su país hoy, de la mano del amargado comisario Costas Jaritos.

¿Pero cuál es entonces la mayor diferencia entre este comisario Jaritos y el detective amateur que compone Hermes Diaktoros? Primero que nada, el nivel de sus escritores. Petros Markaris es un gran escritor y Anne Zouroudi, aunque llega a escribir con gracia por momentos, no. Pero segundo, y no menos importante, el lugar donde se paran ambos autores. Markaris ambienta sus historias en la Grecia que vive, pero el entorno es eso, un entorno (de hecho, cuando traslada a su personaje a Turquía en “Muerte en Estambul” la novela no se resiente en lo absoluto). En cambio, Zouroudi construye su historia desde Atenas, basa todo en Atenas, apoya cada párrafo en la capital helena, como si se tratara de una alienada promotora de viajes. Sin el marco, el entorno, la historia de “El pecado de Midas” directamente no existe.

Lo que nos lleva al segundo problema -y sin dudas el más grave- de la novela. Su inmersión en el género policial. Para Zouroudi parece que la construcción de una investigación radica en la creación de un protagonista -Hermes Diaktoros (a quien la campaña editorial compara con Hercule Poirot o Phillip Marlowe)- quien no hace absolutamente nada más que pasearse por la ciudad, come alguna cosa, nada y habla con la gente. Y ¡oh casualidad! encuentra gente que no sólo está absolutamente predispuesta a contarle todo, todo lo que sea, sino que además ¡siempre tienen datos relevantes sobre lo que a él le interesa! Como muestra, alcanza esta situación: ya involucrado en la resolución del misterio que da cuerpo a la novela -la muerte de un anciano amigo suyo que puede tener que ver con asuntos de bienes raíces- Hermes decide ir a darse un baño al mar. Esquiva las playas más turísticas y termina por llegar a una cala apartada y desierta. Una vez allí, en pleno baño, se da con un barco pesquero, entonces el pescador lo invita a subir. Arriba del barco, es tanta la fortuna de Hermes, el pescador le revela que además es peluquero y que le corta el pelo justo a la persona sobre la que Hermes quiere saber. Esto no es todo: en su última cortada de pelo, el sujeto en cuestión dejó escapar varias indiscreciones que el peluquero-pescador escuchó y ahí de inmediato resuelve que lo mejor que puede hacer es contárselas al desconocido que acaba de invitar a subir a bordo. ¡Pero esto no es todo! Además, el mismo pescador encontró hace años un anillo que Hermes había perdido en el mar mucho tiempo atrás. Un anillo. En el mar.

Y así va Hermes desentrañando el caso. Acompañado por una pareja de policías que nunca, pero nunca, cumplen ninguna función en la trama, va topándose una y otra vez con gente que le cuenta sus miserias y así desentraña el caso. Que no nos preocupemos por si podrá encontrar pruebas que condenen a los culpables, ya que la fortuna de Hermes es tanta que no uno, sino los dos posibles culpables, encuentran la muerte de manera accidental al final del libro. En fin…

Sonó el timbre y entró un hombre: era de mediana edad y complexión normal, y no tenía nada llamativo salvo el pelo, que parecía demasiado negro para su edad.

Kali mera sas– dijo, sonriente- ¿Qué tal le va hoy, barbero?

-Bienvenido, Costas, bienvenido- dijo el barbero- Me va muy bien, ahora que ha venido usted. Con un poco de suerte, saldré a pescar antes de la una.

Costas cogió el diario conservador Kathimerini y se sentó cruzando las piernas, la derecha sobre la izquierda. Al leer el titular- “Nuevo incremento de los subsidios agrícolas”- frunció el ceño.

Malakes!- exclamó- Por el amor de Dios, ¿que han decidido ahora estos payasos? ¿Ha visto esto?- Levantó la primera página del diario. Sostis leyó el titular, y sonrió. La mirada de Paliakis seguía clavada en su imagen reflejada en el espejo- Ya sabe quién va a pagar esta locura- dijo Costas, golpeando el periódico con el dorso de la mano-. El hombre de a pie, como siempre. Saldrá de nuestra cartera, muchachos, tendremos que apoquinar.

Calificación: Malo.
Título original: The Taint of Midas (2008).
Traducción: Marta Pina Moreno.
Editorial: Duomo Ediciones, Barcelona, 2011.
ISBN: 978-84-92723-42-3

Si muero antes de despertar, Sherwood King

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Decía Alfred Hitchcock en alguna parte que no había nada como llegar a casa un sábado después del mediodía, luego de haber finalizado la semana de trabajo, almorzar y sentarse al lado del fuego a leer una buena novela policial. Quizás por una especie de representación de lo vicario que es el acto de leer. De ahí que Hitchcock contrastara en esa frase la tranquilidad burguesa y/o proletaria con la tensión que nos provoca un buen relato policial al llevarnos a los extremos de lo que nos permitimos moral o pasionalmente. En este sentido, leer “Si muero antes de despertar”, la novela de Sherwood King, le despierta a uno esa siempre encantadora sensación de saber que un asunto pendiente lo está esperando guardado en unos pocos centenares de páginas, sobre la mesa de luz.
La novela tiene todos los elementos del clásico policial “noir” o del “pulp fiction”. Una dama fatal, celos, deseo sexual, ambición, crímenes, etc. Laurence Planter es el narrador y protagonista de esta historia. Su vida cambia cuando en un día de playa un hombre lo ve nadar. Inmediatamente ese hombre, Mr. Bannister, ve tal fuerza, tal espíritu de juventud en ese muchacho de casi 30 años que sale del agua, que decide acercársele y ofrecerle trabajo como chofer. El muchacho acepta.
Como chofer de los Bannister, y viviendo en sus dependencias para criados, Laurence frecuenta el trato con Elsa Bannister, la esposa de su patrón, una mujer mucho más joven. Este es como el punto de partida sobre el que los acontecimientos irán complicándose hasta prácticamente las dos o tres últimas páginas, sin que el lector pueda adelantarse demasiado en ese juego de “lectura-adivinación” que nos acomete cada vez que leemos un relato del género. Ese punto de partida, decía, recuerda mucho por el tratamiento del objeto del deseo a “El amante de Lady Chatterley”, de D.H. Lawrence. (Quizás, se me ocurre, el nombre de pila del narrador sea un guiño más o menos explícito hacia la novela inglesa). Por un lado tenemos al esposo bastante mayor que está imposibilitado de satisfacer sexualmente a su mujer; por otro lado la misma mujer, bastante menor que su marido. Y para completar el cuadro la aparición de un empleado que le ofrece a su patrona lo que el patrón no le podrá dar. En las primeras páginas la relación “Mr. Bannister-Elsa Bannister-Laurence” recuerda aquella de “Clifford-Connie-Mellors”… Pero la gravitación de un cuarto personaje: Lee Grisby, socio de Mr. Bannister, le da un giro decisivo a ese tratamiento del objeto del deseo en “Si muero antes de despertar”; pero un tratamiento casi siempre subterráneo, que el lector debe percibir entre líneas, todo lo cual vuelve a esta historia bastante más atractiva a medida que se avanza.
Laurence está en un momento de su vida en el que tiene que tomar decisiones. Ha vagado por el mundo, ha intentado establecerse, etc. Su patrón (ver texto destacado al final), que ya pasó por la mitad del camino de su propia vida, trata de infundir en él cierto ánimo de decisión, sino es que, hasta inconscientemente, trata de vampirizarlo, es decir, contemplar o tomar de su chofer, como sea, el impulso vital que él no posee. En esas estamos cuando Lee Grisby le propone a Laurence un extraño trato por el que este debe contribuir a la simulación de la muerte del socio de Mr. Bannister. Esto propone algo nuevo, pero no por eso desconectado de toda la situación inicial del relato. La complicación, ya que empecé hablando indirectamente de cine más arriba, es propia de una película del mismo Alfred Hitchcock (del tipo “La sombra de una duda”) en cuanto a mostrar algo y luego relativizarlo y tener en ascuas al espectador. Pero fue Orson Welles quien adaptó esta novela de Sherwood King e hizo de ella nada menos que “La dama de Shanghai” (1947), que protagoniza el mismo Welles con su esposa de esa época: Rita Hayworth (Oh, lovely Rita / May I inquire discreetly / When are you free to take some tea with me?)…
No voy a decir nada más de esta novela, salvo comentar que es un buen ejemplo de todo un montón de notables narradores norteamericanos que quizás quedaron soterrados bajo la presencia de los grandes-grandes de su país, pero que dieron un sinfín de historias (hasta como guionistas de Hollywood) más que ejemplares.

Era más bebedor de lo que yo había supuesto. Entonces localicé la botella en la manta, y comprendí que había ido bebiendo durante todo el rato que habíamos estado nadando. Me senté y le dejé que hablara, sin prestarle mucha atención. Hablaba sobre las cosas que a él le estaban vedadas a causa de su pierna, de modo que no podía apresurarse aunque lo quisiera. Pero lo que le enfurecía más era que los que podían no hacían nada de eso, como yo. Estaban dormidos y tal vez no despertarían nunca. Tal vez nunca, hasta que estuviesen cerca de la muerte. Y entonces sería demasiado tarde para despertar.

Calificación: Muy bueno.

Título original: If I die before I wake
Traducción: Luis Jordá
Editorial: José Janés Editor (colección ‘Manantial que no cesa’), Barcelona, 1947.

La mujer de verde, Arnaldur Indridasson

Arnaldur Indridasson
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Un niño encuentra un hueso que rápidamente es identificado como humano. Llaman a la policía y se localiza el lugar donde había sido encontrado el hueso. Interviene un arqueólogo y queda establecido que los huesos tienen unos sesenta o setenta años de antigüedad. Habrá una excavación lenta en la tierra. Y, más aun, tendrá lugar una excavación minuciosa del pasado, de las desapariciones. A cargo de la investigación está un policía llamado Erlendur, a cuyas órdenes están una mujer llamada Elínborg y Sigurdur Óli, que estaba en pleno acto con su mujer cuando sonó el celular.

La estructura de la narración plantea la alternancia de un tiempo en el que sucede la investigación, la actualidad, y un tiempo pretérito en que una familia sufría los embates de un hombre violento en la Islandia de la segunda guerra mundial, en la que había campamentos militares, primero ingleses y después norteamericanos. El libro se adscribe a la etiqueta de “novela negra”. La oscuridad está dada por las violencias y el dolor que van siendo dosificados al paso que la narración se va acercando a la verdad, goteo que se va acumulando a medida que avanza la historia del pasado y que los investigadores hurgan en las raíces del lugar y de las gentes que vivieron allí. La solidaridad entre los dos relatos es total, al punto de construir una trenza en la cual una hebra explica a la otra. Los virajes sorpresivos de la trama, unos cuantos, son introducidos de la manera más sutil e inesperada, como por ejemplo con un pronombre cuyo género reorienta la lectura.

Los personajes tienen una profundidad que tiende al abismo. El cambio social de una Islandia rural a una concentrada en Reikiavik, la violencia, las pérdidas, las separaciones, los deseos de las mujeres. El conjunto no se aparta ni un segundo de la coherencia férrea de una narración muy fluida e ilustrativa (¿quién sabe algo de Islandia?).

Tiene puntos de contacto con otros narradores nórdicos como Henning Mankell y Stieg Larsson. Con el primero, por el énfasis puesto en la humanización del investigador y, con el segundo, por la tendencia a la denuncia social.

-¿Recuerdas cómo se llamaba?
-No. Vivía con su familia en una casucha sin pintar. Allí encontramos mucha mercancía procedente del almacén de intendencia. Según el diario tenía tres hijos, entre ellos una inválida, una niña. Los otros eran dos niños. Su madre…
Hunter calló.
-¿Qué pasaba con la madre? –dijo Elínborg-. Ibas a decir algo sobre la madre.
-Creo que no tuvo ni una semana buena en su vida.

La miró mientras ella intentaba calmar a los niños, y comprendió que intentaba ocultar su aspecto físico.
Estaba ocultando su vergüenza.
Los niños guardaban silencio. El mayor de los chicos se acurrucó junto a su madre. Él dirigió la mirada al marido, se dirigió hacia él y le asestó una estruendosa bofetada.

Calificación: Muy bueno.

Título original: Grafarƥörg
Editorial: RBA, Barcelona, 2009.
Traducción: Enrique Bernárdez
ISBN: 978-84-9867-263-3