Uno y el universo, Ernesto Sabato

Sabato
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Además del hechizo de una buena historia, de establecer una ligazón secreta entre dos almas ajenas y desbaratar -a veces para siempre- lo que creemos del mundo; la literatura cuenta con muchos otros dones. El don, por ejemplo, de ofrecer por añadidura el espectáculo de una inteligencia en acción. Este libro nos permite presenciar ese milagro. Vemos cómo la semilla de una idea en apariencia pobre, pequeña, inaudita, se arraiga y va ganando altura como un árbol urgido por crecer, aunque sin disociarse de esa armonía inasequible que hace al proceso de todas las cosas vivas.
Siendo este el primer libro de Sabato, se guarda algo más que la sola condición del debut o el primer paso en el ámbito público de las letras. Recordemos que con un Doctorado en Física bajo el brazo -y con el complemento de estudios de Filosofía-, el joven Sabato fue mirado como una de las personalidades científicas más prometedoras de su generación. Pero ya trabajando en el Laboratorio Curie a comienzos de los años cuarenta, su vinculación con los surrealistas y la acechanza insoslayable de la guerra provocaron una verdadera fractura en su vocación de hombre. Entonces volvió radicalmente a la Argentina, y contra toda injuria y amenaza se instaló en un rancho de las sierras de Córdoba para dedicarse enteramente a la literatura. La historia ya es bastante popular y está mejor narrada en su autobiografía “Antes del fin” (1998), pero creo que es una de las anécdotas más formativas y emocionantes a la hora de comprender el valor de un individuo por serse fiel. Todo este preámbulo hace que “Uno y el universo” sea algo más que el libro de un amante de ciencia autoexiliado. Se trata, ante todo, del testimonio de una pasión. No es una puerta que se abre trémula tras los pasos de alguien que escudriña las sombras de un nuevo territorio, no. Esta es una puerta que se rompe en mil pedazos por la fuerza de un intelecto decidido.
Aunque el tópico central de estos breves ensayos sea la ciencia, no se trata ni por asomo de un homenaje. La idea es consignar sus dotes al tiempo que se la va desglosando, y así poner en evidencia sus contradicciones y letales efectos. Hay algo que nos recuerda en este sentido a los razonamientos de Russell y, más atrás, a las paradojas de Zenón; pero aquí se procura algo más que la demostración de la matemática cayendo por su propio peso. Como un niño que desmiembra el juguete amado en busca de un corazón oculto, Sábato va tomando autores y teorías –desde Pitágoras a Galileo, desde la expansión del universo hasta el concepto de infinito-, y los desparrama deliberadamente. Una vez hallado ese corazón, procura demostrar cuán frío y oscuro es; acercándose a la tesis de que la visión de la ciencia por la ciencia en sí –esto es, desligada de otros aportes- ha sido en buena medida responsable de los males que aquejan la vida moderna. El hombre, abrumado por el avance apremiante de la información, no tiene otra chance que la de especializarse en una rama concreta del conocimiento, anulando la posibilidad de diálogo con otras áreas específicas y universales del saber. Lentamente se va enclaustrando en su propio capullo, extraviado en un mar de abstracción intransferible, perdiendo empatía y noción del mundo; lo que tal vez explique la errática aplicación que hace de sus descubrimientos. La tarea es aún más difícil para el filósofo, que por incomprensión de la ciencia termina erigiendo sus ideas sobre témpanos fantasmas. ¿Cómo articular, entonces, lo particular y lo universal? ¿Cómo hacer de la ciencia algo útil? ¿Cómo despejarla de esa canalización feroz que el hombre le ha dado? ¿Cómo calentar aquel corazón? La respuesta está en el arte, pero no en un arte escindido de todo aquello que al parecer no le compete. Hablamos del hallazgo omnipresente de la belleza, que se conmueve ante la luz de un cuadro de Velázquez igual que ante las posibilidades de la proporción áurea, o al descubrir la relación matemática oculta en la armonía de un acorde.
De esta manera, el libro se torna un híbrido curioso que teje vasos comunicantes entre dos legiones que el imaginario colectivo ha puesto en guerra. “Uno y el universo” es la manifestación del propio sueño que promulga: la muestra tangible de una conversación entre el arte y la ciencia, ordenada por una mente sensible y humanitaria; quizá el único medio para erradicar el imperio de la tiranía tecnolátrica e instaurar, de una vez por todas, el imperio de la conciencia, la esperanza y el amor.
En suma: la despedida de un hombre decidido, el primer paso en otro mundo, un testimonio oscuramente golpeado que no se priva de algunos destellos de humor, un alegato por la vida, por la literatura, una reflexión lúcida y luminosa sobre nuestro tiempo y los que vendrán. El esperado abrazo de Minerva y Afrodita.

La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable- es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte. Si el mundo matematizable fuera el único mundo verdadero, no sólo sería ilusorio un palacio soñado, con sus damas, juglares y palafreneros; también lo serían los paisajes de la vigilia o la belleza de una fuga de Bach. O por lo menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona.

Calificación: muy bueno.
Grupo Editorial Planeta/ Seix Barral, Buenos Aires, 2003.
ISBN: 950-731-373-7

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4 comentarios en “Uno y el universo, Ernesto Sabato

  1. Me gustó muchísimo la reseña y, por supuesto, me inundaron las ganas de leer el libro. Cuando vos decís que el abanico de información crece tan desmesuradamente que uno no tiene más posibilidades que optar por una rama de todo aquello, me viene a la cabeza aquella reflexión de Ortega y Gasset que alegaba que los modernos éramos “bárbaros especialistas”, ya que nos destacábamos solo en un rubro y ignorábamos ciegamente el resto. Por cierto que el sueño renacentista de Ortega es utópico…

    ¡Un abrazo!
    F.

    1. Sabato es único, Uno y el universo encierra las pasiones de él, es el mundo de Sabato. No creas todo lo que lees. Así mismo habían acusado a Borges injustamente y se dieron cuenta que la publicación de este escritor se conoció mucho más temprano que la Cortázar. Hay genios que no necesitan copiar sino que ellos están expuestos a replicas.

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